Escribí este fanfic como una especie de auto consolación después de sufrir la pérdida de Nanami. Traté de no hacer tanto self-insert en la chica, pero el maldito Gege ni siquiera nos dio un nombre para ella lol
Aun así, espero que disfruten esta versión sobre «Qué pasaría si Nanami se hubiese casado con la chica panadera que lo inspiró a volver al mundo de la hechicería».
Investigué una cantidad cabronsísima de cosas, ¡helo aquí!
PD.: Se suponía que iba a ser un oneshot o un twoshot, pero al final me salió esta cosa larguísima, por eso no hay cliffhangers ni tantos sobresaltos como en un longfic, una (mini) disculpa. Ya no quiero modificarlo, porque al final este fic es solo un consuelo para los que quisiéramos reventarle la cara a Gege por matar a Nanami.
PD.2: La historia se divide en cuatro partes y cada una la narra una persona distinta. La primera parte es narrada por la chica panadera, la segunda por Nanami, la tercera por Ijichi y la cuarta (todavía en producción para ir al día con el anime) será narrada por Yuuji.
¡Espero que les guste!

Creo que cuando mis padres eligieron mi nombre no estaban pensando en que pasaría la mayor parte de mi infancia, mi adolescencia y mi juventud rodeada de niños molestos que aprovecharían la más mínima oportunidad para burlarse. Siendo objetivos, el nombre es un poco lindo, aunque no quise reconocerlo hasta que fui lo suficientemente mayor para perdonar a mis viejos padres.
Papá fue quien decidió la raíz de mi nombre, y mamá fue quien se aferró a la terminación. No importaba qué raíz eligiera papá, mi nombre debía terminar, sí o sí, en -mi, que significa “belleza”. Mamá no quería que continuara la tradición familiar de llamar a las hijas con la terminación -na (verduras), como ella, que se llamaba Nabena (olla de verduras).
Sin embargo, papá solo sabía hacer una cosa en la vida, así que decidió llamarme como su creación favorita: Katsumi. Katsu, como en katsu sado, el pan relleno de chuleta de cerdo. Así que yo era un bello pan de chuleta.
A decir verdad, aquello no era lo peor, sino la combinación estrepitosa con mi apellido. No debería quejarme, pues mi apellido es el más común de todo el país. A donde quiera que vayas podrías conocer a un Sato. Pero no creo que vayas a conocer jamás a una Sato Katsumi.
Cada vez que los profesores me llamaban para decir presente, los niños siempre estaban ahí para burlarse.
—¿Sato Katsumi?
—¡Sa-ton-katsu-miii!
—¡Oink, oink!
Y luego una oleada de risas que no se callaban hasta que el profesor pronunciaba el siguiente nombre.
No, todavía faltaba lo peor de lo peor: aun después de que los niños se aprendieran mi nombre como Tonkatsu-san y nadie se molestara en corregirlos, papá me recibía en la puerta de la panadería con un:
—¡Mi pequeña Buta! ¡Dale un abrazo a papá!
Así que todos en la familia, incluida mamá, quien tanto se había aferrado al -mi, me llamaban Buta-chan incluso cuando cumplí la mayoría de edad hace tres años. Hace una semana, cuando cumplí los 23, fueron tan lejos como para hacerme un pastel coronado con un pequeño cerdo hecho de mazapán.
Hice un berrinche y descabecé al animal antes de que la celebración terminara.
—¡Me vuelven a llamar cerdo y no respondo!
Mi hermano Ichiro se desternillaba de la risa, con la cámara grabando todo menos lo importante. Mis padres y mis amigas, que también querían aguantarse la risa, fueron contagiados por Ichiro más temprano que tarde. Al final el enojo no me duró lo suficiente, pero al menos logré mi cometido, y fue el mejor regalo de cumpleaños que me pudiesen haber dado.
—Oye, Katsumi, no has conseguido trabajo, ¿verdad? ¿Quieres comenzar el pre-grado hasta el año que viene y ayudarme en la panadería? —Me preguntó papá al día siguiente.
Bueno, apenas era licenciada, pero mi propósito era empezar un pre-grado en medicina, luego una maestría y al final un doctorado para hacer una carrera como doctora. Era una profesión bien remunerada, respetable y que ayudaría a llevar dinero a la casa. Ichiro, como el heredero de la familia, ya manejaba el ryokan por parte de la familia de mamá, así que mis elecciones eran un poco más libres.
No obstante, ya me había tomado un año de descanso. Si comenzaba el pre-grado hasta el 2015 y no en 2014, como tenía previsto, no acabaría mi educación hasta 2027, lo que ya era bastante malo, porque no podría ejercer hasta los 36 años.
Me lo pensé seriamente toda la noche y, al final, decidí que lo mejor era descansar del estudio un año extra. Si podía hacerlo ayudando a mis padres en el negocio, qué mejor manera de hacerlo.
Papá me ayudó a conseguir ropa y una filipina de mi talla, además de redecillas para cubrirme el cabello. Estaría manipulando masa y otros ingredientes, así que no quería que los clientes comenzaran a quejarse de que había pelos en sus sándwiches.
Encontré un verdadero encanto en hacer distintos tipos de masa, revolver la harina con agua de diferentes temperaturas y levaduras no solo de trigo, sino también de sake. El arte de hacer pan era algo nuevo para mí, porque por mi culpa de mi nombre, jamás me había interesado en acercarme al oficio de papá.
Para llegar a la panadería había que viajar desde casa. Estaba cerca de los grandes edificios de oficinas de Harajuku y a cinco minutos de la estación con el mismo nombre. Para efectos prácticos, Shibuya quedaba a solo quince minutos a pie, así que era ideal para salir a pasear en cuanto terminaba mi turno en la panadería.
En 2014 solo había dos opciones: o trabajabas 10 horas diarias durante seis días a la semana, o trabajabas 12 horas durante 5 días para un total de 60 horas laborales. El contrato con mi propio papá no fue distinto. Me pagaba cada yen por mi esfuerzo, pero el dinero apenas me hubiera alcanzado para vivir en la precariedad y comer una vez al día. Gracias al cielo, en casa de mis padres tenía una cama blanda que me esperaba todas las noches.
La primera semana fue una tortura total. Me dolían los brazos, la espalda y las piernas, e incluso llegué a marearme con el calor de la cocina. Papá chasqueó la lengua una vez, pensando en que a lo mejor se había equivocado al ofrecerme trabajo, pero no hizo ningún comentario.
Después de todo, él también necesitaba empleados. La energía que se gastaba haciendo pan no era cosa de risa, y a lo largo de los años los trabajadores no duraban más que una semana o un mes como mucho. Ni siquiera Ichiro había podido con la presión y prefirió irse al campo a regentar un ryokan, que representaba un tipo diferente de estrés, pero que le gustaba más.
Yo, por supuesto, demostré el gen panadero tan pronto como me acostumbré al local. Me levantaba a las 4:30 de la mañana, cuando ni siquiera los gallos cantaban, y me apuraba a lavarme la cara, cambiarme y salir rumbo al metro para llegar a las 5:30 a la panadería y ayudar a papá para que los oficinistas pudiesen comenzar a comprar pan a las 7 en punto.
Papá manejaba un pequeño Atos, pero él solía estar en la panadería a las 4:00 de la mañana. Después de un tiempo trabajando de esta forma, me di cuenta de que las calles oscuras y solitarias no eran la cosa más segura para una chica.
No se trataba solo de que hubiese borrachos o secuestradores escondidos en los callejones, sino que a veces sentía presencias ominosas que me seguían o se acercaban a mí. A veces con más intensidad, a veces menos, pero siempre estaban ahí.
Cuando le conté a mis padres, durante la cena, papá se quedó callado por un buen rato. A la noche siguiente, mientras mamá servía la cena, papá me llamó a la mesa de la cocina para hablar conmigo.
Él era un hombre muy tradicional, muy metódico, pero también muy amoroso. Me entregó las llaves de su Atos y me dijo:
—Tienes un mes para aprender a manejar. Entre Ichiro y yo te compraremos un auto. Así puedes salir de la casa más tarde y llegar a la panadería por tus propios medios.
Aquello supuso algo inesperado para mí, aunque bien recibido. Papá apartó un poco de dinero y me dio jornadas de cinco horas para que pudiera ir a la escuela de manejo. Al cabo de dos semanas, ya había aprendido lo básico, y durante las siguientes dos semanas papá me dejó manejar el Atos de regreso a casa.
Luego del mes acordado, papá e Ichiro tuvieron una enorme discusión porque papá solo quería comprar algo barato y funcional, pero Ichiro quería darme un deportivo con descapotable. Yo también lo creía innecesario, pero yo ni siquiera era la que lo compraría, así que decidí aceptar lo que sea que me dieran. Al final llegaron a un acuerdo: me comprarían un deportivo barato.
El proceso de acostumbrarme del pequeño Atos al deportivo me tomó alrededor de tres semanas, un pequeño choque y dos visitas al mecánico, pero al final lo logré. Dejé de temer por mi seguridad y por los callejones oscuros de Harajuku.
Mi sueldo, por supuesto, no alcanzaba para pagar un carro de ese estilo, así que papá decidió que yo pagaría por todo lo demás: la gasolina, el mantenimiento, los impuestos y los trámites. Eso me enseñaría, además, a ser una persona independiente cuando se tratara de mi propio auto.
Además, fue todavía más fácil moverme hacia Shibuya y los alrededores. Me encantaba dar algunas vueltas al salir de la panadería, viendo la actividad frenética del cruce más transitado del mundo, y luego ir a casa.
A veces papá me mandaba a comprar algunos insumos, o mamá me llamaba para pasar al supermercado por ingredientes para la cena. A veces papá despertaba fatigado, pues ya era viejo, y se sentaba a esperarme en la cocina, con una taza de café negro en la mano, para ir a la panadería a mi hora y no a la suya.
A veces, simplemente, estacionaba el carro cerca de los parques cerca de las oficinas de Harajuku y me acababa un helado de dos bolitas o una malteada con tapioca antes de volver al auto e irme a casa.
Algunos dirán que me conformaba con poco, pero mis aspiraciones eran simples y mi vida también lo era. Fuera de que a veces sentía frío o pequeños momentos de pánico, como si alguien malvado me estuviese observando, la verdad era que mi vida era de lo más común.
Tenía solo tres amigas: Akiko, Hiromi y Yumi. La primera quería ser chef, la segunda maestra y la tercera estaba casada con el novio que tenía desde la secundaria, Sano. Tenía solo dos amigos, ambos ex compañeros de Ichiro: Takashi y Koji, quienes, al ser siete u ocho años mayores que nosotras, nos cuidaban como a hermanas pequeñas. Por supuesto, no faltarían los queveres entre Takashi y Hiromi, pero Ichiro siempre los mantuvo a raya para mí. Nunca tuve mascotas, nunca tuve enemigos y, aunque me enamoré en cada nivel escolar de mi vida, desde el preescolar y la primaria hasta la secundaria, la preparatoria y la universidad, mi vida amorosa era una tabula rasa.
A veces salía en los gokon que organizaban los senpai de la universidad, pero lo hacía más por compromiso que por otra cosa. Después de todo, Ichiro solía molestarme hasta el cansancio cada vez que me veía cerca de un chico. Nunca me quedé sin mis pequeñas venganzas cuando eso pasaba: apenas veía a alguna chica revoloteando alrededor de mi hermano, corría a abrazarlo y fulminaba con la mirada a la interesada en cuestión.
Si yo no podía tener vida amorosa, él tampoco.
Sin embargo, Ichiro se fue a vivir al ryokan cuando yo cumplí la mayoría de edad. Cada vez estaba más atareado y era difícil ir y venir desde Kioto, así que decidió que vendría a casa solo en las festividades y cumpleaños, y aun solo en estos porque las festividades solían ser temporadas muy ocupadas.
Así como así, cesaron los celos y el control absoluto que solía ejercer mi hermano mayor sobre mi vida amorosa. Aunque todo se debía a la educación conservadora de mis padres, no dejaba de ser molesto que Ichiro anduviera a mi alrededor como perro guardián cada vez que olía a un chico acercarse.
Él comenzó a tener novias casi de inmediato. Conoció a alguien en el shinkansen, luego en la estación del tren, luego en el ryokan, luego en los baños del ryokan. Era un casanova total, pero poco podía hacer en Tokio cuando su hermanita andaba alrededor retribuyéndole los celos y la antipatía que él había mostrado hacia mis compañeros de clase durante tantos años.
Yo era más tranquila en todo sentido, sobre todo porque, aunque ya no tenía a Ichiro, veía a papá todos los días, y él era un hombre tradicional y apegado a sus principios. Tal ves por eso, la atención en la panadería se dividía por sexos: yo siempre sonreía y cobraba a las damas, y papá siempre se dirigía a los varones.
Un día de marzo, de esos últimos tirones que da la temporada de frío antes de dar paso a la primavera, fui a los parques de Harajuku y me compré un helado de tres bolitas. Me senté en una banca debajo de un árbol, frente a un pequeño lago artificial. Nunca había ido a esa parte del parque.
Mientras disfrutaba de la brisa fresca en la cara y el sabor de la primera bolita, me felicité por haber encontrado tan extraordinario lugar. No siempre se encuentran lugares tan tranquilos y armoniosos, mucho menos en un lugar tan ajetreado como los alrededores de Shibuya.
En ese momento, un hombre, con toda la pinta de ser un salaryman, se sentó en el otro extremo de la banca. Lo miré de reojo, pero el hombre no dijo ni fu ni fa cuando se sentó, con una bolsa de konbini en el regazo.
Sacó un casse croute, que parecía bastante manido, se lo comió de tres bocados y luego se bebió de tres tragos una bebida gasificada antes de meter la botella vacía y el envoltorio en la bolsa, amarrarla y depositarla en el bote de basura que había cerca. El hombre no me miró, no dijo nada en absoluto. Simplemente se marchó pasando por delante de la banca.
Tal vez su presencia era un poco imponente para mí, porque tan pronto como se fue, sentí que se me quitaba un ligero peso en los hombros.
Era muy alto para ser solo japonés y, de hecho, tenía un cabello rubio que parecía ser natural. Además, conociendo las tendencias de las empresas japonesas, dudaba que ese hombre tuviese permitido teñirse el cabello, así que debía ser rubio natural.
Tenía el cabello peinado hacia su costado izquierdo y su vestimenta era convencional, por no decir aburrida: una impoluta camisa blanca, traje de dos piezas a rayas con fondo negro y una corbata guinda con lunares, bien ajustada en el cuello.
Mi primera impresión de él fue muy vaga, o acaso yo la recuerdo así. A pesar de que no me había interesado en absoluto, revisé la hora, terminé mi helado y al día siguiente volví a la misma banca y a la misma hora.
El oficinista llegó unos minutos después. No dijo nada, no me miró. Solo se sentó en su lugar (el que sería su lugar a partir de ese momento), comió su aperitivo y se marchó.
Al día siguiente hizo lo mismo, y al siguiente, lo mismo. Lo único que variaba era que, en ocasiones, podía sentir misteriosos pesos levantándose de mis hombros, como si hubiera estado cargando algo. Cada vez que revisaba no había nada en absoluto, así que me convencí de que solo eran ideas mías.
El viernes no llegó, aunque lo esperé dos horas, pero el lunes, puntual, el oficinista se presentó en el parque y se sentó en su lugar. El martes, decidida a entablar amistad con el silencioso oficinista, llevé un pequeño anpan cuidadosamente envuelto y, cuando lo vi presentarse, le dije:
—Hola, señor, ¿quiere un poco?
En retrospectiva, siento que parecí un poco sospechosa, pero ya éramos como mínimo compañeros de banca. Teníamos una semana sentándonos juntos, así que al menos había un pequeño atisbo de confianza, ¿no?
—Eh… gracias.
Su voz era profunda, grave. Reverberó en mis oídos como música parsimoniosa, desconocida.
Miró el anpan por unos momentos. Tenía ojos pequeños, cansados. Luego se lo comió de tres bocados, igual que todo lo que comía sentado en esa banca. Sonreí al verlo comer. Quise presumirle que yo misma había preparado la pasta anko del anpan, pero retrocedí. Sentía que no era el momento para revelar algo así.
—Sabe muy bien, muchas gracias.
Luego se comió su aperitivo, se tomó su bebida y se marchó, pero esta vez me dirigió una mirada de despedida.
No volvió a hablar en toda la semana, pero yo le dije el miércoles:
—¡Hola, señor! Hoy traigo melon pan, ¡es muy crocante!
Y el jueves:
—¡Hola! Este es pan de curry.
Y el viernes:
—¡Hola! Este es dorayaki.
El lunes, por fin, me decidí a llevarle katsu sado. Odiaba ese pan debido a mi nombre, pero el señor oficinista no tenía porqué saberlo. Además, los clientes de la panadería amaban la receta de papá.
El hombre me saludó con su voz grave y cadenciosa, un sereno:
—Buen día, señorita.
Y luego se dispuso a comer su katsu sado. Esta vez, sin embargo, cambiaron algunas cosas. El hombre no llevaba ningún aperitivo aparte del pan que le regalé. Cuando se levantó y se fue, despidiéndose, dejó en su lugar un ramune de fresa con un postit pegado a la tapa: “Lindo día”.
Sonreí. Era un hombre muy propio, con modales, quien parecía ser tan tranquilo y resoluto como su voz y su mirada.
Cuando llegué a casa saqué la canica del ramune y la puse en una pequeña cajita en mi escritorio, junto a la nota cuidadosamente escrita. La letra del oficinista era simple, pero de cierto modo parecía elegante.
Al día siguiente llevé suficientes panes de curry para que ambos comiéramos y, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, él compró un té verde para él y un ramune de piña para mí, junto a una nueva nota de “Lindo día”.
Comimos en silencio, él dando tres bocados a cada pan, yo sin contarlos. Cuando se levantó para tirar la basura, se despidió con su voz grave y se fue.
El siguiente día él ya estaba ahí. Me ofreció un ramune de melón y él se tomó un calpis. Yo llevaba un par de bagels con huevo y tomate. Nos agradecimos los regalos mutuos, nos despedimos y cada quien tomó camino.
El jueves me compró ramune de limón y yo le llevé pan de ajo tostado. La cara se le iluminó al verlo, así que supuse que ese debía ser de sus favoritos. Tomé nota mental de llevarle más panes hechos con ajo.
El viernes también llegó antes que yo y me dio un ramune de piña. No me gusta la piña, pero él no tenía porqué saberlo. Yo preparé un par de focaccias con mortadela y cebolla caramelizada en aceite de oliva. No combinaba para nada con el sabor artificial de la piña.
Pero él dijo:
—Que tenga un lindo fin de semana, señorita.
Y sentí mi corazón revolotear.
—Me llamo Katsumi, señor. Sato Katsumi.
Él no se burló ni trató de ocultar sonrisa alguna. En cambio, su cara se iluminó como cuando vio el pan de ajo, como si le diera algo invaluable.
—Que tenga un lindo fin de semana, Sato-san.






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