Capítulo 2. Intercambios

Capítulo 2. Intercambios

Mi colección de canicas y de notas era de cinco, y yo no podría ser más feliz. Me preguntaba cómo podría hacer que él me dijera su nombre y cualquier otra cosa, y qué podría hacer para que él también tuviese recuerdos de nuestros encuentros.

Luego de una búsqueda infructuosa en internet y redes sociales, y de que mis amigos me diesen las respuestas más rebuscadas del mundo, opté por confesarle a mamá que tenía un “amigo de banca” que me regalaba ramunes.

No sé de qué forma le describí al hombre, el señor oficinista, porque a mamá le pareció encantador que mi amigo me hiciera comenzar a coleccionar canicas y fuese tan tímido como para no haberme dicho su nombre hasta ese momento. Yo solo pensaba que era reservado, pero mamá pensaba que mi amigo era un niño de primaria.

—¿Por qué no envuelves los panes que le lleves con tela encerada? Es un poco cara, pero si quieres que conserve algo como recuerdo, es ideal.

El domingo entero lo dediqué a recorrer Tokio hasta que encontré la bendita tela encerada. Era muy fácil de usar, pero muy difícil de reutilizar según las instrucciones. No obstante, no me importaba, porque mi propósito era que el señor oficinista guardara la tela, no que la volviera a usar.

Así que el lunes, media hora antes de salir, elegí la tela que mejor combinaba el pan de queso y envolví mi regalo. Papá me miró con suspicacia cuando abordé mi auto y me fui rumbo al parque.

Él ya estaba ahí cuando llegué.

—Buenas tardes, Sato-san —me saludó.

—¡Hola, señor! El pan de hoy está envuelto con tela encerada. Puedes conservarla, si gustas.

Admito que me puse nerviosa al explicar esto, pero no quería que el hombre tirara la tela a la basura sin saber que valía veinte veces más que la servilleta de papel que envolvía mis propios panes. Él desenvolvió la tela con cuidado en la palma de su mano grande y comió con propiedad. Los panes de queso eran pequeños, del tamaño de bisquets, así que se los tuvo que comer de dos bocados en lugar de los acostumbrados tres.

Toda la semana hicimos lo mismo, y también la siguiente y la siguiente. Había pequeñas variaciones. Una vez una ardilla nos birló el último trozo de stollen. En otra ocasión, el señor oficinista regaló la mitad de su kebab a un indigente. Y en otra, le di la mitad del mío a un pastor alemán que se le soltó al dueño.

Cuando cumplimos los dos meses, él me dijo:

—Me siento como un tonto por haber dejado pasar tanto tiempo, pero mi nombre es Kento Nanami.

Sonreí, porque era cierto que él había dejado pasar mucho tiempo. Aunque éramos compañeros de banca y yo tenía casi cuarenta canicas en mi escritorio, el señor oficinista apenas se abrió lo suficiente dos meses después de conocernos.

—Kento… Nanami-san. Ahora puedo ponerle nombre a su cara, Kento-san.

—Creí que iba a burlarse, Sato-san, por eso no le dije mi nombre al principio —confesó, con un gesto de preocupación—. Está este anime popular de romance, la chica se llama Nanami. Uno de mis senpai solía molestarme mucho por eso.

—¿Kamisama Hajimemashita? —Pregunté, estupefacta—. A mi hermano y a sus amigos les gusta el anime, pero la verdad es que yo no acostumbro, ja, ja… Más bien, yo estoy acostumbrada a que se burlen de mi nombre.

—Pero si es lindo. ¿No usa el significado de “ser exitoso” o “superar adversidades” en katsu?

Aquello me hizo reír un montón. Nanami no solo fue el primero que no se burló de mi nombre, sino que ni siquiera pensó en las chuletas de cerdo cuando me presenté.

—En realidad es por el katsu sado —confesé.

Nanami parecía confundido, lo que era encantador.

Cuando nos despedimos, me dijo:

—Escuche, Sato-san, mañana no podré venir.

Aquello me tiró de la nube en la que andaba, pero traté de recomponerme.

—¿Vendrá pasado mañana?

—Tal vez. Hay una fluctuación en la bolsa y… ah, puede que pueda venir el… ¿viernes de la próxima semana?

—… ¡Claro! El trabajo es importante, Kento-san.

—Hasta pronto.

—¡Bye bye!

Cuando llegué a la casa me comí la mitad de la cena y pregunté a papá:

—¿Qué es una “fluctuación en la bolsa”? ¿Cuál bolsa?

—Si te soy sincero, hija, no tengo la más mínima idea de lo que estás hablando.

Mamá, Ichiro y mis amigas tampoco sabían. Koji, que estudiaba Economía, fue quien me trató de explicar, pero era un pésimo maestro. Hiromi le ofreció asesorías gratis para que pudiera enseñar mejor, y aquello desató los celos de Takashi, quien ya no tenía nada que ver con ella desde hacía como un año.

Durante aquellos días me dediqué a conseguir y cortar telas enceradas, a investigar recetas con pan y a clasificar mi pequeña colección de canicas. Leía una y otra vez las pequeñas notas hechas en el mismo papel adhesivo de postit de oficina, de un clásico color amarillo, parecido al cabello rubio de Nanami. No solo escribía “Lindo día”, sino “Feliz viernes”, “Bonita semana”, “Noche tranquila”, “Use sombrilla”, etcétera. Siempre pequeñas frases de dos o tres palabras.

Yo también comencé a escribirle notas y a ponerlas junto a las telas enceradas. Las mías estaban hechas con un bloc de Rilakkuma y tintas de gel, así que eran mucho más coloridas y femeninas que las sobrias notas que Nanami me regalaba. Procuraba seguir su tendencia de dos o tres palabras, con cosas como “Buen trabajo”, “Anímate”, “Bien hecho”, “Descansa bien”, etcétera.

No sabía si Nanami guardaba sus notas y sus telas con el mismo cariño, pero quería pensar que sí. Quería creer que nuestros encuentros en el afanado Harajuku eran un soplo de aire fresco para él y que podía contar conmigo para tener sus diez minutos de tranquilidad.

Nanami no volvió el viernes que prometió, ni tampoco el lunes siguiente ni el martes. Regresé a casa con la desilusión pintada en la cara, así que mamá guardó mi cena en el refrigerador, por si me daba hambre.

Papá despertó con un fuerte resfriado al día siguiente. Me mandó a abrir la panadería con normalidad, enseñándome para qué era cada llave, y me permitió cerrar el local a las cinco de la tarde, para que yo pudiera pasearme con mis panes envueltos como siempre.

En mi fuero interior, pensé que no hacía falta que me diera permiso, porque Nanami había desaparecido, pero no comenté nada a papá. La única que sabía de mi “amigo de banca” era mamá.

Manejé por la silenciosa ciudad, que apenas despertaba, y estacioné el carro en el mismo cajón de todos los días, a unos metros de la puerta principal de la panadería. Esta vez la cortina estaba abajo y todo el lugar estaba a oscuras.

Entré al callejón y abrí por la puerta trasera, encendiendo todas las luces que fui capaz de prender antes de que el sentimiento ominoso se apoderara de mí. No me gustaba la oscuridad ni la soledad y, aunque la panadería siempre había sido cálida y acogedora, no me acostumbraba a estar por mí misma en ese espacio tan silencioso y solitario.

Hice todo lo que tenía que hacer y a las 6:40 de la mañana me peleé con la cortina de la entrada para poder subirla. Era sucia y pesada, y solo hasta casi las 7 fue que descubrí que había un largo tubo de metal con el que era más sencillo manipular la cortina. Me sentí como una tonta por un buen rato.

Los oficinistas arrasaron con los panes sencillos y los estudiantes con los panes dulces. Atendí a todos por igual, hombres y mujeres, y tuve pequeños instantes de crisis porque en algunos momentos parecía que la pequeña panadería estaba a reventar.

A las 8:30 un hombre entró a la panadería. A esa hora siempre estaba en la cocina, desayunando, así que era la primera vez que lo veía. En cuanto la puerta se cerró tras él, se quedó parado en su lugar, sorprendido.

—¡Nanami! —grité, emocionada. Un momento después, carraspeé y me corregí—: Kento-san, ¿cómo ha estado?

—Buenos días, Sato-san —él se recompuso rápidamente. Tomó una bandeja, colocó el último casse croute del día y lo depositó en el mostrador.

Separados por una mesa, parados frente a frente, podía notar la diferencia de altura. Mi frente coincidía con sus labios delgados y mi coronilla con su nariz, pero solo porque detrás del mostrador teníamos una pequeña elevación y una alfombra para reducir el impacto del suelo, con el propósito de que no nos cansáramos al permanecer tanto tiempo de pie. Estaba casi segura de que mi coronilla le llegaba a los hombros, y pude confirmar mi teoría con el tiempo.

No sabía si cobrar el aperitivo que se estaba llevando, porque a diario le regalaba los panes que le llevaba, pero mientras hacía malabares con la caja registradora, porque no sabía qué hacer, Nanami depositó un billete de 10,000 yenes en el mostrador y se llevó el casse croute en la mano antes de decir:

—Hasta luego, Sato-san.

—¡Ah! ¡Su cambio, Kento-san!

—Puede dármelo después.

Aquello prometía un nuevo encuentro, así que le sonreí.

—Espero verlo hoy —comenté, pero luego me arrepentí—. ¡No! Es decir… no se sienta presionado…

Él sonrió brevemente pero no dijo nada.

El resto del día estuvo tranquilo. Mamá llegó a eso de las tres, asegurando que papá ya se encontraba mejor. Ella casi nunca atendía la panadería, así que cerramos a las cinco en punto y ella se quedó preparando las masas del día siguiente .

En general, papá se quedaba hasta las ocho, así que era comprensible que hubiese caído enfermo luego de trabajar dieciséis horas diarias durante cuarenta años. Cada que tenía oportunidad, le recordaba que debía contratar a más ayudantes, al menos a uno que cerrara y uno que abriera, pero no quería saber nada sobre hombres conviviendo bajo el mismo techo que yo.

Nanami me dio ramune de fresa y yo le llevé una bolsa de galletas que combinó a la perfección con el calpis que compró. Le di el cambio de la mañana, aunque mi mano tembló cuando mis dedos sintieron la palma de su mano y una moneda de 500 yenes se resbaló de su mano y fue a dar al suelo.  

Me puse en cuclillas para tomar la moneda y dársela, pero nuestras miradas se encontraron por unos segundos que me parecieron intensos. Él parecía escrutarme, como si buscara algo en mí. Yo desvié la mirada, como si no me hubiera dado cuenta, y le devolví su moneda.

Cuando llegué a casa, renovada y con más energía, mamá le estaba cantando las cuarenta a papá porque era obvio que seguía enfermo pero él quería ir a revisar la panadería. Al final del día, entre mamá e Ichiro convencieron a papá de que lo mejor era contratar ayudantes para que él pudiera descansar más, así que habló con Takashi para que lo ayudara a abrir la panadería y con Akiko para que lo ayudara a cerrar.

Mi horario se redujo a una jornada de 7:00 a 4:00, pero mi sueldo siguió siendo el mismo. Sin embargo, mis encuentros con Nanami también disminuyeron. La bolsa seguía fluctuando, lo que sea que significase, y a veces era un poco pesado esperar durante horas a que él pudiera darse un respiro del trabajo para ir a nuestra banca en el parque.

Así pues, nuestros nuevos encuentros eran más breves y menos cercanos. Nos habíamos acostumbrado a comer y platicar durante veinte minutos, y ahora solo podíamos intercambiar saludos durante la mañana, cuando él iba a la panadería para comprar su almuerzo.

Al principio sentía la mirada vigilante de papá, pero su presencia en la panadería se fue reduciendo hasta que solo iba tres o cuatro horas, durante la tarde. Le dio la razón a mamá, porque por primera vez en su vida papá podía descansar con comodidad sin sentirse ansioso de que la panadería fuera a quemarse.

Así que Nanami y yo comenzamos a intercambiar regalos una vez más. Él me llevaba una bebida y una nota cada mañana y yo le daba panes envueltos en telas enceradas, con una bonita nota de Rilakkuma coronando el paquetito.

Nanami siempre pagaba por estos panes, así que en cierto momento no me pareció suficiente, porque no era como que pudiese ponerme a platicar con él si tenía toda una fila de clientes esperando detrás.

A principios de julio le di un bento junto a la bolsa de su casse croute y lo miré expectante, sintiendo que la cara se me ponía roja.

—No tiene ningún significado, es solo que quise hacerlo.

Él se quedó callado por un buen rato. No había clientes esa mañana y Takashi estaba ocupado en la cocina, detrás de la puerta. A efectos prácticos, era como si estuviésemos solos.

—Lo acepto de buen grado, Sato-san.

Suspiré, aliviada.

Nanami se fue muy serio ese día, pero a la mañana siguiente, cuando le di un nuevo bento, esperando no presionarlo, Nanami depositó la primera vasija en el mostrador con una nota distinta de las notas que dejaba en las bebidas.

Al principio se quedó parado, con el nuevo bento en una mano y el casse croute en la otra, pero luego agradeció y se despidió.

Mi vasija tenía un guiso que yo nunca había visto encima de una cucharada generosa de arroz jazmín. En la nota ponía “Esto es pollo con chile, espero que sea de su agrado, Sato-san”. La bebida de ese día era una soda, que con su textura gaseosa y fría combinaba muy bien con la comida. La otra nota decía “Bonita mañana”, siguiendo el mismo patrón de siempre.

Los intercambios de almuerzos comenzaron. Yo le daba bentos arreglados con ternura, con ingredientes específicos como hierbas finas, ajo, especias y aceite de oliva, porque parecían gustarle mucho, y él a cambio parecía que experimentaba con comida de todo el mundo y me llevaba platillos maravillosos cada día.

Las telas enceradas y las notas no dejaron de intercambiarse, y en lugar de las canicas de ramune, Nanami me llevó el tercer almuerzo con un tulipán de papel encima. Aquello me hacía sonreír.

A veces me daba tulipanes, uno por uno cada día, hasta que formaba pequeños ramos que ponía en macetas en la repisa detrás del mostrador. A veces me daba sakuras, y a veces también rosas de todos los colores. Todas eran de papel, hechas con delicadeza.

Me preguntaba a qué hora Nanami hacía todo eso. Parecía trabajar casi tanto como papá. Tenía ojeras y las mejillas hundidas, así que lo más probable era que el trabajo lo mantenía constantemente estresado. No sabía sus horarios ni lo que hacía, así que no tenía idea de cómo ayudarlo, más allá de dedicarle sonrisas sinceras y prepararle un bento cada mañana.


Cuando logré completar tres ramos de flores, Nanami me preguntó mi información de contacto. Me guardó como “Sato Katsumi”, pero yo lo guardé como “Nanami”. Estaba tentada a agregar un corazón al nombre, pero no quería que se me notara la emoción.

Por la noche, me mandó su primer mensaje. Era un simple “¿Le gustan los tallarines?”. Le respondí con el sticker de un Rilakkuma asintiendo, pero no sabía si Nanami entendía eso, así que también le mandé un mensaje “¡Me gustan mucho!”.

Aquello me dio la idea de correr al minimercado a comprar algunas pastas pero, como si Nanami supiera de mis intenciones, un nuevo mensaje llegó a mi celular. “Odio los tallarines, Sato-san. Que tenga linda noche”, seguido de un sticker de gatito sonriendo que no pintaba nada en la conversación. Por alguna razón, aquello me dio risa.

Mi almuerzo al día siguiente consistió en fetuccini con salsa carbonara. Yo le hice todo un complemento de pan pita con ajo rostizado en aceite, además de su almuerzo. A eso de las diez, Nanami me mandó un “Estuvo delicioso” acompañado del sticker de una máscara de tengu furiosa. Volví a reírme.

Los mensajes se limitaban a girar en torno a los almuerzos del día siguiente, a agradecer por la comida o a quedar para ir a nuestra banca en el parque. Todos los días preguntábamos si nos gustaba tal o cual cosa, y solo una vez Nanami se atrevió a poner “Quiero un poco de chocolate”. Su mensaje me hizo sonreír, porque aquello significaba que comenzábamos a forjar un lazo de confianza entre ambos.

Llegué a la panadería con chocolates dulces y amargos que yo misma hice, y los envolví junto a algunas galletas y un poco de café para él.

Esta vez, mi almuerzo tenía una rosa de verdad. Nanami esperó con paciencia cuando levanté la rosa. En el tallo tenía una nota pegada.

“¿Saldría conmigo el sábado?”.

Levanté la mirada luego de leer la nota. Él no me estaba mirando, pero todavía estaba ahí, parado delante del mostrador.

—¿Nanami-san? —probé. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre desde que grité con sorpresa al verlo entrar en la panadería.

Él me miró a los ojos y yo, aprovechando su atención, asentí con la cabeza. Me dedicó su sonrisa cansada, se despidió y se fue.

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