Se llegó el día de la fiesta. Sería realizada en el Viñedo desde media tarde hasta la medianoche, por lo que el camino a la mansión se llenó de carruajes antes de mediodía. Toda suerte de insumos era llevada. Los cocineros de la ciudad, e incluso los cazadores de Aguaclara, se levantaron al despuntar el alba para cumplir con las cantidades exorbitantes que el dueño del Viñedo estaba pidiendo.
Había caballeros y aventureros apostados a ambos lados del camino, cuidando que los hilichurls no se acercaran. Alrededor del Viñedo también había caballeros, para desgracia de Diluc, quien les había insistido durante tres meses que no era necesaria su presencia. En el último momento, llegaron comandados por Kaeya.
Los trabajadores vinícolas seguían cuidando de las vides, pero Diluc les dio la salida a mediodía, para que pudiesen unirse a la fiesta exterior junto a los pueblerinos que anduviesen cerca. Todo era un frenesí de actividad cuando el sol ni siquiera terminaba de iluminar el horizonte.
A las tres, puntuales, Amy, Bennett y Razor llegaron a la puerta del Viñedo. Los invitados comenzarían a llegar en cualquier segundo, pero parecía que había un atasco a medio camino. Diluc no estaba por ningún lado, y Kaeya ya tenía las manos llenas atendiendo a los caballeros.
—¡Ahh, amo Bennett, por favor haga algo! —pidió Tunner—. ¡A alguien se le cayó esencia de flor dulce! ¡Hay slimes por todos lados!
Bennett no esperó a que le dijeran todo. Se quitó la elegante chaqueta, se arremangó la camisa y el pantalón y le preguntó a Razor si quería ayudarlo a eliminar unos cuantos slimes. El muchacho ya estaba sacando su capa de a saber dónde; nunca se mantenía demasiado tiempo con las ropas restrictivas de la ciudad.
—¡Esos rufianes cobardes que osan irrumpir tan excelso día no son dignos de coexistir en la presencia de la Princesa del Juicio!
Gritó Amy, sin cambiarse. De entre los aventureros, ella era de las pocas personas que no terminaban con las ropas hechas harapos.
Los tres corrieron entre carruajes y personas hasta que llegaron al epicentro del problema. A un carruaje se le había soltado uno de los barriles, que contenían esencia de flor dulce, por lo que había una concentración absurda de slimes a la que no podían controlar los caballeros y los aventureros sin visión. Lo peor era que, un instante después de que Bennett llegara, dos megafloras pyro aparecieron, como si lo hubiesen estado esperando.
—¡Los que no puedan hacer nada, apártense! ¡Amy, Razor!
—¡El Juicio del Crepúsculo! —exclamó la muchacha. Se transformó en un cuervo que comenzó a electrocutar a slimes y megafloras por igual.
Razor corrió entre ellos, cercándolos con su mandoble. Bennett no podía hacer mucho con las megafloras, pero se iba sobre los slimes que podía cortar de inmediato con su espada. A lo largo de sus aventuras se había hecho poderoso y, si bien no hacía tanto daño como Diluc o como Aether, Bennett estaba seguro de que poseía un buen control de su poder.
Parecía que la situación estaba resuelta, pero, de un momento a otro, Amy gritó:
—¡Bennett!
El muchacho vio los proyectiles de una megaflora ir directo a su cara. No alcanzaría a esquivarlos, por más rápido que fuera. Se resignó a obtener una quemadura. No era nada si podía continuar peleando. Protegió su cuerpo con sus brazos y cerró los ojos con fuerza.







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