Carmesí ardió la estrella de la locura que antaño admiré tan bella;
todo era triste donde hubo felicidad
LOVECRAFT, Astrophobos
Dieciséis años más tarde,
a las afueras de alguna ciudad, Báthory Manor:
Lilith tomó aliento antes de sacar una hoja nueva y escribir sobre ella:
Espectro oculto de mi ser olvidado
sí, recostado en la oscuridad del cielo late regular, los fluidos feroces
sigo andando por confusos caminos
Firmó por fin su pequeña estrofa (“Lilith, 5 de enero de 2013”), prometiéndose que la terminaría tarde o temprano.
Se vistió, se arregló y miró su reflejo por largos minutos. Se preguntaba si realmente sería tan parecida a mamá como papá le había comentado en múltiples ocasiones. Ahora estaba enfundada en su linda y corta ropa de fiesta, un vestido negro de una sola pieza sin hombros y con un delicado volante de seda alrededor de la cintura. Su cabello, peinado para la ocasión, ofrecía docenas de largos bucles hechos con esmero, y a la chica le pareció como si se tratase de tiras de chocolate. Le encantaba el chocolate.
Aspiró, sin duda nerviosa. El café de sus ojos resaltaba de un modo peculiar con el juego de sombras que Viviana había utilizado en sus párpados superiores y la fina línea de sus pestañas inferiores.
Ella estaba chic, como dirían las compañeras de trabajo de Isaac, que siempre alucinaban con disfrazar a la chica como top model. Aspiró y espiró con fuerza, y pareció más como un refunfuño por su parte.
Isaac era modelo, y como modelo lo había conocido. ¿Por qué renegar de la profesión de una de las personas a las que más quería, aun si se ocupara constantemente?
Alguien tocó a su puerta. Un llamado seco, quedo, único. La chica tenía un oído demasiado fino, tal vez herencia de su familia; no había un solo integrante de la familia Báthory que no tuviese buen oído.
—¿Bebé? Pasa —permitió, girándose apenas cuando la puerta se abrió, dejando entrever a alguien que definitivamente no era el bebé que ella esperaba.
—Me encanta cuando me llamas bebé, ¿sabes?
—Edgar… —suspiró ella con decepción. Edgar solía aparecerse por su habitación de esa manera, a pesar de que su obligación era estar exclusivamente junto a Ferencz y a Elizabeth Báthory.
—Te sienta de maravilla ese vestido. Pero deberías cambiarte. Al señor le dará un infarto si te ve con esa cosa tan pequeña.
Ella lo desdeñó con una mano impaciente. ¡Era su cumpleaños dieciséis! Además, habría personas a las que, como la única integrante de los Báthory de su última generación, tendría que conocer. Ella no sabía si a Renau no lo tomaban en cuenta porque ya era bastante mayor o porque era bastante estúpido. Estaba segura de que era lo segundo.
—Quiero que Isaac me vea —expresó en voz alta. Sabía que era un mero capricho por su parte, pero no le importaba. Era su cumpleaños, así que podría hacerse cumplir uno que otro capricho, ¿no? Sus vestidos siempre eran tan largos y llenos de cintas y volantes, así que un cambio momentáneo no haría mal a nadie.
—Debería bastarle verte los tobillos —comentó Edgar, absorto. Estaba mirándola de la misma manera que lo hacía cuando la chica se ponía shorts deportivos para acompañarlo al bosque: fijamente y
con ansiedad, como quien mira a un cadáver esperando que no se mueva. Ella nunca había comprendido esa mirada en Edgar.
—No seas idiota…
—Un insulto más y te obligaré a recorrer todo el bosque a zancadillas, Lilith Báthory —anunció el muchacho, instalándose en él una de esas pronunciadas caras de seriedad con que enfrentaba cosas que le desagradaban. Ser insultado era una de ellas.
—Lo lamento, sensei —farfulló ella, inclinándose hacia Edgar. Aunque parecía que lo hacía con respeto, sus palabras estaban cargadas de burla.
Joven, perezoso y muchas veces altivo, el muchacho en el marco de la puerta era, en resumidas palabras, una importación asiática para servir como perro fiel a los Báthory. Tenía una piel aceitunada y ojos rasgados, un fuerte tórax y brazos musculosos, y el laceo cabello ya sobrepasaba sus orejas y su nuca. A Lilith, Edgar le parecía hermoso en el mismo sentido en que una geisha le parecería hermosa a un extranjero. Su verdadero nombre era Ren, maestro consumado en artes marciales, pero de eso sólo estaban enterados ella y su padre.
—Siempre puedes llamarme anata —Edgar se encogió de hombros, restándole importancia al asunto. Cuando Lilith no se disculpaba, entonces su reacción era completamente diferente—. Elizabeth quiere hablar contigo antes de que te presentes.
—Ni de broma —se negó ella en redondo, asustada.
Si veía a mamá antes de la ceremonia de presentación, vomitaría sobre quien fuera su gentilhombre.
Y no pensaba pasear durante el resto de la noche junto a un hombre cubierto de vómito.
—Sólo soy la humilde posesión de los Báthory —o sea, que le valía un cacahuate lo que pasara con ese asunto. Edgar se retiró antes de que Lilith volviera a quejarse.
Ella suspiró.
Su habitación ocupaba toda el ala oeste en la segunda planta de la mansión. Casi parecía una casa independiente, anexada por pasillos y escaleras a la casa principal. Las paredes estaban empapeladas con hermosos motivos florales y paisajes que, para Lilith, de otra forma, serian desconocidos. En su parte de la mansión no había un solo adorno, y el dormitorio de la chica era el único lugar en kilómetros a la redonda que poseía luz eléctrica, por lo que el resto siempre estaba tenuemente iluminado por candelabros distribuidos por los pasillos, los compartimentos y los baños. Siempre había querido luz eléctrica en el resto de la casa, cosa que no le habían proporcionado jamás.
Sin embargo, a pesar de la casi inexistente electricidad en otra parte que no fuese su dormitorio, Lilith agradecía los arcos, las claraboyas, los tragaluces. En el resto de la mansión, el único sitio que poseía ventanas era la cocina, lugar que la chica visitaba solo en aquellos casos extraordinarios en que no conseguía dar con su nana.
Anochecía. Lilith podía ver el cielo, de un azul zaíno, y los contornos de los abetos y los pinos más cercanos, recortados contra la oscuridad del bosque. Allá, en algún lugar entre los árboles, algunas copas se estremecieron incontrolablemente por un momento. Eran, sin duda alguna, las tétricas y mortales armas de Edgar, de las que solo Lilith sabía. Aquellas cosas eran lo más maquiavélico que ella había visto en su vida, que ella recordaba como la más rosa de las infancias y la más mimada de las adolescencias.
El pasillo principal del ala oeste conectaba directamente con los dormitorios del piso superior de la casa, y para Lilith siempre era la transición entre dos mundos. Desde el seguro hasta el peligroso, desde el rosa hasta el negro, desde la luz, hasta la oscuridad.
Y en la oscuridad sólo brillaba papá.
Cuando avanzó unos metros más, pudo escuchar los murmullos que ascendían por la escalera principal. Los invitados estarían reunidos en el salón de la casa, ése en el que una vez Lilith, papá y
Edgar habían dibujado una cancha de basquetbol de proporciones reales y habían terminado por destrozar el único cuadro que quedaba de la abuela de Lilith, una mujer regia de cabellos dorados.
Tenues gemidos, procedentes de la habitación de Renau, apuraron a Lilith a bajar cuanto antes por las escaleras. Era obvio, tan obvio que su hermano no haría acto de presencia esa noche. Cuando había reuniones familiares, él solía ausentarse por puro gusto. Tal vez fuera esa la razón por la que consideraban a Lilith la heredera legítima del apellido Báthory.
—¿Comenzaron sin mí? ¡Qué urgidos! —opinó una chica, llegando en ese momento hasta la puerta de Renau. Llevaba un vestido más pequeño que el de Lilith, y la secundaban una segunda y una tercera en mini vestidos, entrando a la habitación sin el menor interés en Lilith.
—Debe ser Lorena, ya ves cómo siempre llega temprano a los banquetes que da Renau —comentó otra, antes de que las risas se ahogaran tras la puerta y los gemidos.
Ella se molestó. Su hermano era un idiota, de esos que daba ganas de golpear hasta sacarles los sesos para comprobar que no fuesen solo tumores. ¿Cómo podía ser una música, progenie de dos legítimos genios, y tener por hermano a un genuino estúpido? No podía comprender la ironía de aquello. Descendió la escalera, ignorando los ruidos de placer tras ella. Sus zapatos de tacón bajo hicieron pequeños chirridos contra las baldosas, formando por ya repetidos momentos una burbuja de nervios contra su pecho.
A pesar del ruido, digno de una fiesta con alcohol a la mira, no había una sola alma en el vestíbulo. Lilith se pasó por un momento a la cocina, deseando tomar un poco de agua para humedecer la garganta seca. No había nadie entre las ollas de comida, pero eso no le extrañó ni un poco; los sirvientes debían estar siendo aplastados por el ingente trabajo en el salón. Lilith se sirvió un vaso de agua, se lo tomó de un trago y salió de la cocina luego de depositar el vaso en el fregadero.
De regreso, la sensación de que algo fuera de lo normal pasaba, atenazó las entrañas de Lilith con bastante fuerza. El vestíbulo seguía desierto, y el ruido de la fiesta se apagó de golpe cuando Lilith
estaba a mitad de su camino hacia el salón. Un rugido ensordecedor la estremeció hasta las puntas del cabello. Luego sonidos de cristales rotos, gritos, forcejeos y más rugidos. No. no rugidos. Gruñidos.
Aullidos.
Como si una jauría estuviese luchando encarnizadamente.
Uno de los invitados salió al vestíbulo, con la cara vuelta en un rictus de horror y las ropas manchadas de sangre. Un río rojo nacía de su yugular y se derramaba como agua corriendo entre montañas. Se desplomó, apuntando hacia el techo, aterrorizado.
—¡Vam… vampiros! ¡Sangre! ¡Aaah! —logró decir antes de que la sangre le borbotara por la boca y lo ahogara.
Lilith, congelada en su lugar, miró al techo. Sombras oscuras se movían a toda velocidad, haciendo cimbrar las telarañas de cristal. Una figura se desprendió de entre el remolino de oscuridad y Lilith gritó con fuerza. La sombra la golpeó en la cabeza.
Antes de perder la conciencia, un dolor asfixiante se extendió desde su cráneo hasta las puntas de los dedos.
Todo, absolutamente todo se había oscurecido.
Como la luna, como su vida. Como los recuerdos de ese día.

Lilith despertó en una bruma de confusión. Le tomó un rato acostumbrarse a la pálida luz de su habitación, y todavía más tiempo le tomó poder sentarse sobre la cama de almohadas. Sentía un dolor palpitante que se extendía por su cabeza y su cuello. No sabía qué día era, ni porqué le dolía tanto la cabeza.
Cuando Edgar entró a su dormitorio, miró a Lilith con una mezcla de alivio y sorpresa.
—Creí que no despertarías. ¿Cómo te sientes?
—Mal. ¿Por qué me duele tanto la cabeza?
—Te golpearon. Fuerte —explicó el muchacho, sentándose en la orilla de la cama. Reposó los codos en sus rodillas y se quedó un rato en silencio, pensativo. De repente, le dijo a Lilith—: Tengo que informarte de la situación.
—¿La razón por la que me duele la cabeza?
—Eh, sí. Tú, eh… Un ladrón. Un, un grupo de ladrones entró a la casa. Pensamos que podríamos detenerlos y terminar las cosas en paz, pero… Hubo… Hubo decesos. Diecisiete invitados murieron. Uno de los ladrones te atacó, tu padre te defendió… Te defendió y murió.
Estaba mintiendo, porque el remolino de sombras en el techo y el hombre ensangrentado no podían ser el resultado de simples ladrones. Así que su padre no podría estar muerto. ¿Pero qué había dicho el hombre…?
—Vampiros.
—¿Qué?
—No eran ladrones. Él dijo “vampiros”. El hombre que murió frente a mí.
Edgar se incorporó con brusquedad. Caminó como león enjaulado por unos segundos, se llevó las manos a la cabeza y luego le gritó a la chica—: ¡El golpe debió dejarte atontada! ¡Podrías ser seria por una vez en tu vida, Lilith! ¡Tu padre está muerto! ¿Vampiros? ¡Y yo soy un puto duende!
Se marchó en ese instante, dejando a Lilith ahogándose en las dudas, la conmoción y el dolor.
Recordaba las siguientes horas como una nebulosa sin sentido. Elizabeth lloraba alto, muy alto, gritando el nombre de su marido. La planta baja estaba arrasada, como si un tornado hubiese pasado por ahí. Había sangre, mucha sangre. En la escalera, en las paredes, en el suelo formando charcos. Los sirvientes se afanaban en limpiar el desastre, con una máscara permanente de miedo.
Cuando Lilith preguntó, todos le dijeron lo mismo: que sí, que su padre había muerto. Su papá.
El único Báthory en el mundo entero al que Lilith amaba.
Dorottya, su nana, la acompañó a lavarse y vestirse. Lilith había caído en un profundo shock luego de ver el desastre. Se quedó todo el día en cama, sin querer recibir a nadie en su habitación.
El velorio fue todo menos cómodo. Lilith veía el cielo plomizo a través de las ventanas, pero el calor era casi tan agobiante que bien podría estar el sol en su punto más alto y no habría ninguna diferencia. Enfundada en un vestido negro que juraba no volver a usar, yacía apática, cerca del féretro de su padre. No quiso acercarse a verlo. Alrededor estaban apiñados muchos vecinos de las casas cercanas, y muy pocos familiares que la chica conocía.
Otros más llegaban diciendo—: Que Dios lo perdone —y los presentes les respondían con el mismo saludo. No obstante, Elizabeth no respondía a aquellos saludos. El nombre de Dios jamás había tocado sus labios ni por error.
Esta señora era una mujer exquisita. Poseía un espectacular cuerpo a sus casi cincuenta años, y su cara no tenía una sola arruga, a pesar de que la crispaba constantemente maldiciendo la existencia de su hija menor. Su cabello era tan largo y sinuoso como el de Lilith, pero había sido decolorado de un color rubio apagado casi diez años atrás, cuando la señora sentía que estaba a punto de perder la clase.
No eran sus reprimendas y sus golpes lo que más fastidiaban a Lilith, sino sus ojos, redondos y de mirada afilada, del color de la miel clara, tan parecidos a los de ella.
Lilith no sabía si era para llamar la atención, pero Elizabeth se había vestido con lo más provocativo que había encontrado en el guardarropa, como si en lugar de asistir al funeral de su marido acabara de llegar de una parranda.
Del otro lado del reconstruido salón, sin el menor interés de lo que pasaba en el lugar del entierro, Renau abrazaba cariñosamente a una chica que acababa de conocer dos días atrás. Éste era el hermano mayor de Lilith: grande, petulante e idiota. Medía metro noventa y uno y tenía una musculatura que hacía a Lilith vomitar. Era muy popular entre las muchachas del instituto al que asistía, aunque su
hermana no acababa de entender si era porque las alumnas estaban locas o si por el contrario no existían chicos menos tontos que Renau estudiando en el mismo lugar. A diferencia de Lilith, Renau era de tez morena, y muy seguido tenía que rasurarse la barba. Aunque se distinguiera cierto atractivo en él, ni siquiera Elizabeth comprendía cómo Renau tenía a la mitad del instituto a sus pies.
Lilith le dirigió una mirada despectiva a su hermano cuando este le sonrió con sorna. Para la chica era mejor que Renau estuviera a cincuenta metros de distancia y no ahí, porque de lo contrario daría un espectáculo más aterrador que el de su madre. Si la mujer trataba de parecer serena ante la perspectiva de haberse librado de su marido, Renau no habría sido menos obvio y se hubiese reído a los cuatro vientos. Después de todo, Renau nunca se había llevado bien con su padre. Siempre andaba por la casa tratando de sacarlo de quicio; a su madre, por el contrario, si bien parecía que tampoco le tenía una pizca de amor, por lo menos la respetaba.
Una brisa caliente se coló por la ventana. Lilith quiso cerrarla sólo para hacer algo, pero no se atrevía a ir en contra de los ritos. Su familia le había enseñado por tanto tiempo que no debía creer en ninguna de las supersticiones a las que los transilvanos estaban acostumbrados, pero al final, habían hecho el velatorio de Ferencz Báthory respetando todas y cada una de las tradiciones. No obstante, ningún familiar parecía especialmente dolido por la muerte de Ferencz; todos platicaban en voz baja entre ellos, como si estuviesen en una pequeña charla social antes de una función teatral.
Lilith no sabía cómo sentirse. Estaba su inexplicable confusión acerca de las sombras. El hombre apuntando al techo y diciendo claramente “vampiros”. La sangre. Las muertes. La muerte de su padre. El doloroso golpe en su cabeza. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Era tal como Edgar se lo había contado? ¿Ladrones matando a diecisiete personas en una fiesta de cumpleaños?
Por la madrugada, cuando los asistentes cenaron y se marcharon en silencio, Lilith seguía sumida en la confusión. Se ató un pañuelo negro a la muñeca cuando su nana se lo entregó, sin decir ni hacer nada más. Ni siquiera volteó a mirarla.
No obstante, Dorottya estuvo todo el tiempo con la chica. Lilith nunca terminó de entender cómo hacía la mujer para ejercer de ama de llaves y nana por veinticuatro horas sin desfallecer, pero en esto radicaba el amor que la chica le tenía: en que Dorottya no desistía cuando se trataba de cuidarla. Siempre había sido así, y Lilith lo agradecía profundamente.
Pero ya no podía soportar un minuto más ahí sentada.
El cuerpo de su padre estaba ahí, pero era como un siniestro adorno, una parte del paisaje. Era como si solo hubieran asistido para ver cómo quedaba un cadáver luego de acicalarlo, pero nadie levantaba la tapa del féretro. Un silencio intermitente cubría a los asistentes cada cierto tiempo. Lilith de pronto creyó ser parte de una película de Charles Chaplin en donde solo se podían ver las imágenes, sin ningún sonido de por medio, esperando en vano que alguien, siquiera Elizabeth, demostrara el menor atisbo de pena.
—Lilith, ven acá —llamó una voz gruesa.
Ella se levantó de su lugar sin alzar la mirada. Sabía quién era mucho antes de poder verlo. Le tomó unos segundos disponerse para poder enfrentarlo. Respiró profundo, verificó que sus ropas estuvieran limpias y su pañuelo bien atado y practicó una cara de póker. No preocupación, no tristeza, no lágrimas; cualquiera de las tres y tendrían que preparar un segundo ataúd para ella.
Lilith le sostuvo la mirada, firme.
Dorottya hizo una profunda reverencia al hombre y a su séquito, sin levantar la mirada del suelo. A diferencia de Lilith, que era familia, Dorottya no podía hacer algo tan irrespetuoso como mirar a los ojos al líder de la familia.
—Pueden dejarnos —concedió el hombre.
Los cuatro consejeros y diez guardias que lo acompañaban se alejaron a una distancia de tres metros. Dorottya volvió a hacer una reverencia y fue con el resto de la servidumbre de los Báthory.
—Abuelo —saludó la muchacha, inclinando la cabeza en señal de respeto.
—No deberías estar triste, hija —le dijo él, comenzando a caminar para que ella lo siguiera. Lilith echó un pequeño vistazo en dirección a su padre antes de salir tras su abuelo—. Ferencz no murió en vano: sigues viva. Él era prescindible, debes estar consciente de eso.
—¿“Prescindible” dices, abuelo? —procuró no imprimir ningún sentimiento en su voz. Prescindible había dicho su abuelo. Su papá era un simple peón en un juego que Lilith nunca había terminado de comprender.
—Vaya que lo era. Lo admiro por contribuir a nuestra causa. Estás a salvo y eso es lo importante.
Ahora nadie podrá alejarte de tu hogar.
El abuelo de Lilith era apodado “Alfa”, y ella siempre pensó que era por su ineludible carácter y por su estridente vozarrón. La muchacha no sabía si realmente se llamaba así, pero todo mundo lo conocía de esa manera. Era un hombretón enorme, fuerte y temible, y, sobre todo, bastante más inteligente que sus congéneres. No había una sola persona que lo hubiese contradicho y siguiera viva. Gobernaba sobre un grupo selecto de familias con poder y dinero, y antes que acudir al alcalde de Salaj, quienes tuvieran asuntos en el lugar, debían acudir primero a Alfa.
—Me vas a escuchar, Lilith —ordenó Alfa. Era muy improbable que él conociera la palabra “petición”—. No te mezcles con nadie. No formes alianzas, amistades o camaraderías con nadie, ni siquiera con los que están más cerca de ti. Tu lealtad debe ser sólo para mí, ¿de acuerdo?
Su familia hablaba constantemente de la lealtad. Para ellos no existía el amor, el cariño o la confianza. Todo se trataba de poder, lealtad y venganzas. Incluso su padre era así cuando Lilith no estaba presente.
Alfa solo necesitaba de Lilith su lealtad. Eso significaba, efectivamente, no tener amigos, no relacionarse con Isaac, tal vez ni siquiera casarse a menos que Alfa lo aprobara. En resumidas cuentas, la lealtad lo era dar todo de ella.
—Eres mi abuelo, haré lo que sea para tenerte contento —prometió ella. No habló de lealtades ni traiciones. El consuelo de su abuelo era eficaz provocándole dolor estomacal y una terrible quemazón en el pecho.
Él sonrió, revolvió el cabello de la chica y se marchó. Con él se marcharon todos los familiares, en el más profundo silencio. Hicieron una procesión lenta y ordenada, saliendo por la puerta hacia el oscuro bosque.
Una vez que Alfa ya no estaba a la vista, Elizabeth se quitó con desdén el pañuelo negro y lo tiró sin más al piso. Se fue, sin presentar sus respetos a Ferencz. Renau hizo lo propio, riendo a carcajadas por algo que la chica entre sus brazos le acababa de susurrar.
A excepción de los sirvientes, Lilith se quedó completamente sola en el salón.
Se acercó al féretro de su padre, que yacía cerrado. Lilith llevaba horas preguntándose porqué estaba cerrado. Levantó la tapa con sumo cuidado, sin que ninguno de los sirvientes la detuviera.
Ahí estaba él, como dormido, el pelo despeinado y la ropa ensangrentada. Su cuerpo no había sido lavado, ni sus pies habían sido enfundados en zapatos nuevos. Su tez estaba pálida, sus manos estaban fláccidas a los lados. No tenía la mandíbula atada, ni las manos, ni los pies. En sus manos no había monedas ni crucifijo alguno en su pecho. No había preparado ningún ajuar. Lilith estaba segura de que en todo el tiempo que llevaba el cuerpo ahí, pudriéndose, Elizabeth no había encendido una sola vela.
Un gemido brotó de la garganta de Lilith. El dolor de cabeza disminuyó en importancia cuando el corazón se le comprimió, atormentado. Comenzó a llorar amargamente, angustiada. No podía creer la monumental falta de respeto hacia un difunto.
—¿Por qué está así? ¿Por qué no está listo su cuerpo? —preguntó, pero nadie le respondió.
Los sirvientes debían estar amenazados. Lilith lo sabía. No había otra razón por la que hubieran desobedecido a siglos de tradiciones funerarias.
Lloró y lloró hasta que se quedó dormida, y entonces no quiso saber nada más. Se quedó durante días en su habitación, sin comer y sin dormir, repleta de malos sentimientos y odio hacia su familia.

Lilith no había dormido lo suficiente aquellos días, así que, unos días después, había despertado más desvaída que en toda su vida. Tratando de disimular su insomnio, aunque fuera un poco, Dorottya le había colocado un poco de maquillaje en las ojeras. La chica siempre se había opuesto a que alguien le pintara la cara, pero todo se había ido al trasto y poco importaba que se comportara como autómata.
Elizabeth entró a su habitación esa mañana. La miró de arriba abajo, desdeñó su aspecto y le dijo—: Prepárate —antes de salir sin más.
Lilith frunció ligeramente el ceño. Otras madres habrían consolado a sus hijos si su padre moría de pronto protegiéndolos, pero Elizabeth Báthory no era así.
—¿Para qué me preparo? —preguntó, queriendo salir de la habitación para alcanzar a su madre y gritarle en la cara.
—Tu padre, el difunto señor, te iba a informar de esto durante la fiesta. Fuiste aceptada en el Hunyad.
En su cumpleaños aquello le habría parecido la mejor noticia del mundo. Lilith nunca había salido de la casa o de los límites del bosque de su familia. No conocía a otras personas salvo las que se acercaban lo suficiente, o quienes iban cada año a la feria anual que se suscitaba en las lindes del bosque. Fuera de eso, incluso Salaj le era desconocido.
Se dejó llevar por la marea de acontecimientos, mientras su nana la ayudaba a vestirse un colorido vestido con cintas y olanes. Cuando se miró en el espejo, Lilith repudió la visión. Salió de inmediato de su habitación, y no regresó hasta que tuvo en manos lo que parecía ser una camisa negra de Edgar, en la que se leía “Your face is a complete POO”, y la cual el muchacho usaba solo cuando lo dejaban descansar en la casa.
Dorottya la miró desafiante, como si apostara su vida a que Lilith no se pondría esa basura para ir a su primer día de escuela en un colegio en el que asistían la mitad de los hijos más adinerados del país, y se cruzó de brazos cuando la chica acudió a su guardarropa a buscar los jeans negros que se pondría. Cuando Dorottya no pudo aguantar más la testarudez de Lilith, le preguntó con molestia cuál era la razón para vestirse con semejante camisa.
—Quiero seguir llevando luto en la ropa —respondió simplemente la chica, sin ninguna emoción, vistiéndose la camisa y los pantalones, y agregó cuando se calzaba un par de zapatillas deportivas—: Además, siempre me ha gustado esta camisa. Ya quiero ver cómo se ponen cuando lean lo que dice…
—¿Pero a ti se te zafó un tornillo, o qué? —preguntó la mujer con verdadero hastío.
—Sigo perfectamente cuerda… —replicó la chica, tomando la mochila que comenzaría a llevar desde ese día.
—¡Mínimo ponte algo encima! —le ordenó Dorottya, bastante incordiada, lanzándole a la cara un chaleco de cuero, con mil braguetas y hebillas, que Lilith casi no usaba y solo tenía por el simple capricho. Dorottya estaba actuando como si la chica hubiese decidido asistir desnuda a la escuela.
Ver a su nana fastidiada le provocó una ancha sonrisa, la primera que se le había visto en días. En ese momento, Edgar entró a la habitación, chocando de frente con ella. Él tenía esa mala costumbre de entrar sin tocar, y esto realmente llegaba a incordiar a Lilith en ocasiones.
—Oh, te ves realmente divina con esa camisa, mis felicitaciones Lilith… ¿ahora yo tengo que usar tus sostenes? —preguntó con sorna.
—No molestes —le espetó Lilith, pasando de largo. Edgar echó una risita antes de murmurarle algo a Dorottya y salir antes que la chica de la habitación.
—Bueno, vamos Lilith, el colegio queda al otro lado de la ciudad. Ya podrás desayunar allá: el menú de la cafetería es muy selecto y siempre está dispuesto una hora antes de las clases —le explicó Dorottya con apuro.
Aparte de Edgar y Viviana, su mucama favorita, nadie despidió a Lilith cuando ésta abordó el auto en el asiento del copiloto. Dorottya apenas se acomodó en el asiento del chofer y arrancó de inmediato.
Vivía en un lugar vistoso por todos lados. La Hacienda Báthory estaba ubicada casi a las afueras del pueblo, al oeste, y resultaba ser que el Colegio Hunyad estaba sumamente alejado. Así que Lilith tendría que hacer viajes largos todos los días para llegar al colegio, aunque se deleitaría con las vistas de los cerros y lomas, puesto que cerca de su residencia solo podían verse los enormes árboles.
Ya que había sido educada de forma autodidacta desde los cuatro años, Lilith no tenía un solo amigo y no tenía más idea de lo que se hacía en un colegio que lo que Dorottya le había explicado: obedecer los timbres y estar en el salón correcto antes de que el profesor llegue; no hablar a menos que se permita, no comer, no hacer algo que robe la atención de la clase, no responder a un profesor aun si está equivocado, respetar a los superiores y a los compañeros, cumplir con las tareas, y un largo etcétera.
No obstante, todo aquello se tornaba fastidioso para Lilith. El mundo había cambiado drásticamente de color, tal como el cielo ese día, anunciando que soltaría un torrente de lluvia en cualquier momento. Ella se desabrochó el cinturón por un momento, mientras veía cómo una viejecita paseaba a su French poodle por la acera.
No estaba tan impresionada por los nuevos paisajes como debería estarlo.
No habían hecho medio camino cuando a Lilith comenzó a antojársele fastidioso el itinerario que llevaría. ¿Por qué tenían que viajar dos horas para llegar hasta el lugar donde iba a estudiar? ¿Por qué no había estudiado desde preescolar con maestras y compañeros y toda la cosa, como pasó con Renau? ¿Por qué fue solo ella la privada del privilegio de asistir a la escuela? Molesta, suspiró contra la ventanilla a medio abrir, la que se empañó por un momento con el hálito de la chica.
Sintió que algo se gestaba en su interior. Una especie de bola de fastidio, frustración, miedo y dolor.
No se sentía lista para salir de lo que conocía. No quería conocer nada.
Prefería no vivir más la vida.

Cuando vio por primera vez el Colegio Hunyad en todo su esplendor, Lilith tragó en seco, segura de que no sería una empresa fácil acomodarse a ese lugar. El lugar era enorme e impenetrable castillo rodeando de árboles que brillaban de verdor. Una enorme torre con chapitel rojo se tragaba el puente que conectaba el castillo con la tierra, la única entrada. Otras tres torres se alzaban a la derecha, y cuatro ventanales terminados en chapiteles más pequeños se disponían a la izquierda antes de una ancha galería. Se alzaba sobre el casi inexistente arroyo Zlaști, que seguía recibiendo sus cristalinas aguas del Cerna.
El colegio era de lo más insólito, dada la nula experiencia de Lilith fuera de su mansión, pero ella no sabía cómo describir el sentimiento que la embargaba al ver llegar a dos o tres alumnos de la misma forma que ella: sobre automóviles de lujo, e incluso uno en limosina, como si fuera lo más normal del mundo. Los autos desentonaban completamente con el ambiente gótico que se desprendía desde el castillo.
—Después de aparcar, vamos con el director —anunció Dorottya, sonriendo a los celadores del lugar. Ahí había más autos y camionetas, seguramente del profesorado y el resto de trabajadores.
Cuando bajaron del auto, los alumnos comenzaron a mirar sin disimulo a la muchacha, pues parecía como si fuera la única pieza fuera de lugar en un rompecabezas armónico. Ella caminó junto a Dorottya sobre el puente. Caminando por los pasillos rumbo a la dirección de la escuela, los alumnos lucían ropas de marcas carísimas, celulares en mano y el más mínimo detalle desde el cabello hasta los zapatos, todo muy pulcro y en boga.
Las zapatillas deportivas de Lilith estaban sucias, y los jeans que usaba eran ya muy gastados, hasta el punto de parecer grises y no negros. Y ni se diga de la extraña combinación de la camisa de hombre que llevaba puesta y el chaleco. Una chica abrió bastante los ojos cuando leyó lo que la camisa decía, como si jurara y perjurara con la pura mirada que una loca de atar se había equivocado de institución.
Cuando no pudo soportar más que la gente mirara con desprecio sus ropas y luego su largo cabello castaño, Lilith abrió su mochila y extrajo de ella una gorra negra que se colocó de inmediato, tapando sus ojos y la parte superior de su cabello.
—Qué estupidez, abróchate el chaleco Lilith Báthory… ¿Quieres que el director te eche nada más ver la pinta que traes, verdad? —le espetó la nana, apremiando a la chica para que se apurara a ocultar la obscena leyenda de la camisa.
A Lilith le encantaba que su nana despotricara de esa manera; ella nunca decía “¡Por el amor de Dios!” o “¡No puede ser!”. No. Ella decía bien alto “¡Me follo a todos los Dioses y Cristos de tu madre!” cuando estaba exacerbada.
Lilith volvió a sonreír, esperando para sus adentros no verse bastante ridícula como la estaban haciendo sentir las miradas escandalizadas de los alumnos.
Para llegar hasta la oficina del director, primero tenían que pasar a una espaciosa recepción, donde tres secretarias administraban lo concerniente al papeleo del colegio. Este lugar contrastaba bastante con el resto de pasillos y fachadas que Lilith había visto, pues si esos eran extraordinarios e imponentes, la recepción no pasaba de ser una oficina bastante sosa.
Ya que las mujeres aún no andaban muy atareadas, fue una de ellas quien consultó con Dorottya cuál era el motivo de la visita.
—Traje a Lilith Báthory para que se presente con el director del colegio. Mi señora ya habló ayer con él —argumentó Dorottya, bastante sumisa. Lilith enarcó una ceja, pues era una de las pocas oportunidades en que podía ver a su nana adoptando facetas desconcertantes.
—Ah, claro… permítame anunciar su llegada —pidió la mujer, yendo hasta la puerta de roble en la que se leía “Dirección”, y pasando después de tocar.
Un minuto después, la mujer dijo a Dorottya que podían pasar, dedicando a Lilith una sonrisa sincera. Cuando Lilith cayó en la cuenta de que podía ser posible que la mitad de los presentes supiera
porqué había tenido que comenzar en miércoles y no en lunes como el resto del alumnado, tuvo deseos de cachetear a la mujer por sonreír de esa manera, y solo la miró con desdén antes de que la cara de esta pasara de la serenidad al disgusto y le dejara el paso libre, indignada.
La estancia que tenía por nombre dirección era un lugar amplio del color del carmín y la madera oscura. Los contrastes del lugar invitaban a relajar. En las paredes, además de diplomas y reconocimientos al colegio, estaban dispuestas las fotografías de todos los alumnos que se habían graduado con notas excelentes en sus generaciones, sentados en un cómodo sillón de orejas y sonriendo ampliamente. Al fondo, a espaldas de un ventanal enmarcado por pesadas cortinas de terciopelo, y detrás de un escritorio con repujado, el director estaba sentado en una silla ejecutiva, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas.
—Señorita Lilith Báthory, bienvenida —habló el hombre, señalando un silloncillo frente al escritorio. La chica se sentó de inmediato, y Dorottya se quedó detrás de ella, de pie.
El hombre estaba ya casi en la tercera edad. Tenía un rostro atezado y arrugado, y los penetrantes ojos habían perdido el color. Vestía un escrupuloso traje gris que bien no se diferenciaría del cielo detrás de él. El cabello y las cejas eran canas, y aunque no había sufrido de calvicie (aún), cierto era que poseía muy poco pelo. Tenía un aspecto solemne a pesar de la cantidad de años que se adivinaban en las manos arrugadas como pasas.
—Bien, tengo entendido que ha tenido dificultades estos días y esa fue la razón por la que no ha podido asistir a su primer día en Hunyad —soltó el hombre, con una voz bastante grave—. Su madre ya me habló del asunto, y pienso que es algo bastante delicado y personal como para tocar el tema en este momento… Mi más sincero pésame —dijo, y a continuación se incorporó de su asiento y se dirigió con parsimonia a su ventana, con las manos entrelazadas en la espalda.
Lilith se desconcertó por un momento, pues si de verdad la mujer allá afuera no sabía nada de lo ocurrido, entonces había sido muy injusta.
—El Colegio Hunyad ha sido por casi cien años una prestigiosa casa de estudios para los hijos de las familias más adineradas del país, además, claro está, de muchachos con gran inteligencia. Estoy seguro de que, siendo autodidacta, su estancia aquí será de su agrado. Así que no le quitaré más el tiempo, señorita Báthory: frente a usted tiene un portafolio con los horarios de sus clases e indicaciones generales. Si surge alguna duda respecto a la ubicación de casilleros o salones, pregunte a sus compañeros. Para cualquier cosa, estaré dispuesto a escucharla. Sea bienvenida nuevamente. Ha sido un placer conocerla.
Lilith se incorporó, tomando el portafolio que el director le había indicado. Antes de salir, la misma chica se sorprendió al despedirse educadamente y salir junto a su nana.
Cuando estuvieron de nuevo en la recepción, Dorottya decidió que lo mejor era solicitar un croquis del lugar para que la chica no se perdiera si no tenía deseos de preguntar a alguien en caso de tener dudas. Lilith, que no aguantaba estar en el mismo sofocante lugar que la mujer a la que acababa de despreciar, le susurró a Dorottya que saldría a esperar en el ancho pasillo.
Lilith pudo apreciar aún más a los alumnos una vez estando fuera de la oficina. Al parecer la dirección estaba ubicada de manera que todos los alumnos pudieran pasar frente al lugar, porque era como un desfile de chicos que miraban peyorativamente a la chica antes de murmurar cosas entre risas.
Lilith era, sin duda alguna, carne fresca.
Trató de ignorar a los alumnos que circulaban frente a ella, y realmente estaba logrando no tomarlos en cuenta hasta que, como si se tratase de una película americana, aparecieron en escena cuatro chicas, envueltas en aires de superioridad.
En realidad, no eran exactamente cuatro, sino la reina y sus tres fervientes seguidoras. Lilith prescindió de las “seguidoras”, y concentró toda su atención en la chica principal.
La joven parecía como sacada mágicamente de una revista de modelos. Era de piel tan blanca como la de Dorottya, y tenía una cabellera de un intenso negro, tan lacea y brillante que parecía todo menos
natural. Estaba enfundada en un vestido rojo, llevaba cinto de charol y calzaba zapatos de tacón. Tenía pulseras y anillos de oro, una gargantilla y un par de pendientes a juego. Incluso por su manera de hablar, parecía como si acabara de terminar con una sesión de fotos.
Sus miradas se encontraron, y entonces la chica modelo reveló una perfecta línea de dientes blancos.
—¿Esta pordiosera es la nueva? —preguntó en voz alta, con burla, como si los que comenzaban a amontonarse alrededor pudieran responder a su pregunta. A continuación, rio con gracia, como si la presencia de Lilith fuera una broma buenísima—. Dios, qué asco… Por tu apellido pensé (qué equivocada estaba) que vería en persona a una joven de mi nivel, y no a una porquería sacada de las alcantarillas… ¿Cómo vienes así? ¿Te dio por llegar directo desde la casa de tu novio vagabundo?
La tipa sabía que Lilith tenía novio, lo que no era muy agradable de escuchar si el muchacho llevara días sin aparecerse por la mansión. Ni siquiera había ido a su cumpleaños.
—Perdone usted no presentarme antes, supongo que estoy ante la reina del lugar —le habló Lilith por fin, cuando las risas provocadas por las palabras de la chica modelo, eran acalladas. Todos se desconcertaron al escucharla—. A insultar a otro lado, ¿por qué no te largas ahora? Me das sueño — despreció, una voz bastante dulce saliendo de su boca, cargada de cinismo y burla.
Ahí estaba: la Lilith mala, la que se parecía a su madre, la que era tan despreciable como cualquiera con la misma sangre que Alfa.
La modelo miró con displicencia a Lilith cuando una bulla recorrió el lugar, como si los presentes se sorprendieran y apoyaran a la que se atrevía a encararla.
—¿Disculpa? No entiendo…
—Hablé claro, ¿cada cuando te bañas? ¿Tienes las orejas llenas de mugre? Tal vez por eso no me oyes bien —le dijo amistosamente, encogiéndose de hombros. Provocó una ola de risotadas entre los presentes.
—Creí que estábamos hablando de ti…
—Pues no —dijo de pronto Lilith, quitándose el chaleco y tirándolo junto a la mochila y la gorra al suelo. La modelo y sus seguidoras pusieron la misma cara de gresca al leer lo que la camisa decía, y Lilith rio mientras se acercaba lo suficiente a ella—. Así son las auténticas cacas: exactamente la cara que están poniendo, punta de idiotas.
Entonces vino el primer golpe desde la mano derecha de la reina modelo. Lilith la esquivo con facilidad, y sonriendo ante lo que seguía, tomó a la chica por la cintura y la hizo dar una vuelta completa en el aire antes de azotarla de espaldas contra el piso. La modelo gritó junto con los presentes, y sus amigas acudieron de inmediato a verificar que siguiera viva.
—¡Oh, esto es la gloria! ¡Las trae negras y con encaje! —exclamó un chico, sacando el celular para fotografiar a la muchacha, tan emocionado como si acabara de recibir el primer juguete de su vida. Todos los chicos empezaron a silbar y a vitorear, aplaudiendo la oportunidad de ver la ropa interior de la chica más popular de Hunyad.
Eva Masson rompió a llorar haciendo pucheros. Mientras Lilith trataba de contener un ataque de risa, la puerta de la recepción se abrió de par en par, y Dorottya y las tres secretarias salieron de inmediato para averiguar cuál era la razón de tanto barullo.
—Creo que aquí me irá bien, Dorottya, puedes irte a casa —le dijo la chica, pisando a su paso la bolsa que Eva Masson había soltado cuando giraba en el aire.
Dorottya, al igual que las secretarías, miraban la escena de hito en hito. Lo curioso era que el director ni siquiera se había molestado en averiguar qué rayos había pasado.






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