Los perpetuos han poblado los confines de la Tierra Humana por mucho tiempo. La habitaron desde antes del primer hombre Humano, Adán; y Jah les permitió permanecer en existencia junto al segundo de ellos y toda su descendencia.
Pero jamás los favoreció.
Jamás los amó como amaba a la humanidad. No, sin embargo, dirigió su atención a ellos con un solo propósito: jurar.
Los perpetuos no serían más que fauna habitando una Tierra que nunca les habría de pertenecer. De lo contrario, si subyugaban a los verdaderos herederos, Jah los eliminaría de la faz del Universo.
Y ellos sabían que Jah siempre cumplía sus promesas.
Había, no obstante, tan variopintos perpetuos como humanos poblando la Tierra.
Era obvio que, en algún momento, las especies no encontrarían puntos de común acuerdo.
Tuve que matar
y de sangre alimentar
a este pobre ladrón de eternidad
WARCRY, Vampiro
En algún lugar, 1997
La lluvia arreciaba conforme se adentraban en el bosque. Los nubarrones del cielo provocaban que los alrededores se distinguieran apenas. Un potente trueno hizo que tomaran aún más impulso para correr. Contrario a lo que creían, todo había resultado ser un desastre de proporciones épicas que probablemente no terminaría ahí.
Se cercioraron de no disminuir la velocidad, pero con el accidentado terreno era difícil hasta para ellos. Tenían que mantener el ritmo de la huida, de lo contrario, su perseguidor les daría alcance en cualquier momento.
La tribu volvió a avivar el paso cuando un desgarrador grito los delató. No protestaron.
—¡Tenemos que parar, Ferencz! ¡Ya! —suplicaba Elizabeth a su esposo, agitada. El agua le mojaba la cara y no soportaba la turbulencia del repentino viaje.
—Eso es imposible, mi amor… No estaremos seguros hasta que lleguemos a la guarida…
—Es mejor que la señora dé a luz aquí mismo —sugirió uno de los súbditos, dándole la razón a Elizabeth. Ferencz miró a su lacayo con impaciencia—. ¡No podemos arriesgarnos a que la señora muera, señor!
Ferencz se detuvo en seco; esta acción desconcertó de momento a todos, no obstante, los soldados diezmados se detuvieron detrás de él. Elizabeth jadeaba, intentando contener el dolor.
Algunos de los presentes comenzaron a gruñir al aire, descontentos, mostrando los dientes en clara señal de pelea. Frente a ellos apareció el hombre que peleaba por eliminarlos, y junto a él una hueste incalculable de subordinados vestidos de negro y envueltos en sombras. El recién llegado avanzó apenas un paso.
Capadocius Tepes.
Alto y delgado, con un porte regio y orgulloso, el hombre sonreía ampliamente ante lo que parecía ser un espectáculo de sombras que le diera una enorme gracia. Se sentía triunfal, pues estaba seguro de que, bajo esas circunstancias, esa indomable tribu tendría que ceder a sus caprichos. Sus ojos centelleaban en la oscuridad, volviéndola más siniestra.
Los más cobardes temblaban al verlo, y Capadocius solo podía ensanchar aún más su sonrisa, mostrando los relucientes dientes, más pronunciados de lo normal. La piel paliducha, característica en él, contrastaba enormemente con la sangre que le manchaba con salvajismo las mejillas, la boca y la barbilla, dándole un aire todavía más funesto.
—Oh, pobre Elizabeth… Si me hubieran escuchado ella no estaría sufriendo. ¡Sólo mírenla, está a punto de dar a luz… bajo la lluvia! ¿No es la lluvia un símbolo de mala suerte para los tuyos, Ferencz?
—se expresó el hombre con un tono bastante tranquilo, aunque con un matiz de socarronería, como quien se burla de un error.
Obtuvo como respuesta gruñidos amedrentados. Elizabeth volvió a gritar de dolor, ignorando lo que pasaba a su alrededor. El tiempo apremiaba.
—¿Y bien, Ferencz? ¿No me digas que no estarías dispuesto a hacer de ella la valiosa mujer que les salve la vida a ti y a tus perros? —le preguntó Capadocius con burla.
Súbitamente pareció como si la cara de Ferencz delatara cuán nervioso estaba, pero era un hombre firme, y amaba a su esposa a pesar del lío en el que ahora se veían envueltos.
—Tendrás que enviarme a los aposentos de tu dios antes poder ponerle un solo dedo encima a ella
—reclamó Ferencz, mirando con desafío al maligno ser al que se aventuraba a amenazar.
—Bueno, no hay porqué apurarnos… —Capadocius pareció cambiar de opinión, suspirando con gesto teatral, como si de pronto sintiera fragilidad—. No deseo quitarles más el tiempo… Elizabeth: tú sabes lo que es más conveniente para tu clan, puesto que tú eres la señora de la tribu. Les daré tres oportunidades, y si ocurriera que a la tercera siguen resistiendo, no tendré ninguna contemplación en exterminarlos a todos.
Todos guardaron silencio con la risotada estridente de Elizabeth, como si lo que el hombre advirtiera fuera un excelente chiste. Más fuerte que sus carcajadas, solo se escuchaban las gotas repiqueteando en toda la zona. Los relámpagos no cesaban de iluminar el negro cielo.
—Seguro te has olvidado de tu querido hermano menor —le recordó Elizabeth con burla, sosteniéndole la mirada. Era sabido aún entre los enemigos que la única que no temía a Capadocius era esta mujer de implacable astucia. Ferencz se estremeció involuntariamente, pues siempre había temido a su esposa cuando se mostraba de esa manera. La sonrisa que hasta ese momento había adornado la cara de Capadocius, se borró de inmediato ante las palabras de Elizabeth—. ¿Crees poder contra nosotros cuando ni siquiera puedes deshacerte de ese pequeño error?
Una venganza, no un error, ¡fue una venganza! ¿Cómo se enteraba esa mujer de todo? Sea como fuere, el hombre reiteró su amenaza indicando el número tres con su mano, y acto seguido se desvaneció en el aire, tan misterioso como había aparecido. Cuando miraron más allá, los soldados se dieron cuenta de que se habían quedado otra vez solos, a expensas de la tormenta fría.
—Bájenme —ordenó Elizabeth, volviendo a su estado de frustración en cuanto ya no percibió la presencia de Capadocius.
Ferencz sabía que estaba en contra de la naturaleza de la tribu dejar que una hembra siquiera hablase debajo de la lluvia, ya que era una falta de respeto. Pero, para quienes gustara y para quienes no, la mujer que estaba dispuesta a parir en un tormentoso bosque en ese momento era nadie menos que Elizabeth Báthory.
—¡Capadocius está muy equivocado si piensa que le voy a entregar a esta niña por las buenas! —exclamó como en un grito triunfal.
Lobos aullaron con frenesí, celebrando las palabras de la mujer.






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