Una voz aniñada, proveniente del fondo de un taller amplio y repleto de herramientas y pinturas, se mezclaba con el ruido del lugar. Concentrado, el dueño de la voz, un muchacho bastante alto para su edad, pero tan magro que parecía un palo andante, pasaba sobre las palabras su dedo índice mientras intentaba leerlas en voz alta. Estaba sentado sobre un banco tosco, con el brazo apoyado sobre la pierna derecha, y un grueso libro abierto casi por el principio.
Un hombre, que era el triple de pesado que el chico, estaba sentado frente a él en otro banco tosco. Los pintores no eran muy buenos con las manualidades, así que hacían lo que podían cuando se trataba de fabricar cosas. Este hombretón, sin embargo, nada tenía de pintor en él: sus brazos eran anchos y morenos, sus manos enormes y su mirada pesada y extraordinaria. Tenía una larga barba y la ropa manchada de aceite y pintura.
—No obu… obes… No obes… tante, cu… an… do… pasaron die… si… seis… di… as… Ametis… —tosió, inhalando el olor a thinner que el hombre desprendía.
—No, no, chico estúpido, ahí no dice “Ametis”. Ametis es el nombre de la celebración, no de la Diosa.
El muchacho hizo una mueca, como si se arrepintiera de equivocarse. Siguió con la lectura del libro. Poco después, ambos se dieron cuenta de que el taller no era el mejor sitio para una actividad tan tranquila porque uno de los pintores, apurado, no vio al chico sentado a mitad del pasillo y derramó thinner por todas partes.
—¡Amet me perdone! —gritó en automático.
—¡Oh, es Amet el nombre de Diosa! —exclamó el muchacho, contento—. Es cierto, aquí no dice… bueno, no decía Ametis, don Marshal.
—¡A callar! —gritó este. Un silencio profundo se hizo en el taller. Todos los pintores se quedaron más mudos que una piedra—. ¡¿Cómo te atreves a mancillar el Libro Sagrado, tú?!
—¡Misha es buena y misericordiosa, don Dril! ¡Le pagaré el libro y le traeré mi libro bautismal, por favor! —prometió.
El muchacho observó atentamente el intercambio, con la boca bien cerrada. Unos intensos segundos después, Marshal cedió y exigió al pintor que fuera cuanto antes a su casa y le llevara el libro de su bautizo, o no podría volver a pisar el taller. El hombre, asustado, salió corriendo del lugar. No se lo volvió a ver.
Marshal gritoneó a todos por algunos minutos, diciéndoles que eran unos buenos para nada si no sabían el verdadero valor de los libros, y les mandó con furia a sus casas para que estudiaran el Santo Libro por una semana. Si dentro de siete días no podían contestar sus preguntas, serían despedidos.
—¡Y tú también, Alonso! ¡Más te vale poder leer diez páginas seguidas si no quieres que te eche!
Alonso, que era el nombre del muchacho, se sintió aterrado por primera vez en su vida. Así pues, tomó el libro, prometió poder leer todas las páginas que Marshal exigía y se puso a aprender con seriedad, no sin antes llenarse los bolsillos de los pantalones con pan endurecido.
Tal como prometió, al día siguiente ya podía leer una página sin equivocarse, y dos días después ya podía hacerlo con cinco. No obstante, el efecto del diluyente había sido pronunciado, porque a los cuatro días, Alonso se dio cuenta de que las palabras se atenuaban cada vez más de las páginas que había pasado ensayando.
Debido a este terrible hecho, Alonso dejó al cuidado de su rinconcito en el taller el valioso libro de Marshal (donde tenía una manta raída, una almohada hecha con ropa vieja y un pañuelo lleno de comida que recogía de la basura) y salió a la calle en busca de otro Libro Sagrado que todavía tuviera sus palabras intactas. Esto era difícil porque, aunque todos tenían copias personales del libro, nadie era tan idiota como para soltarlo.
Si Alonso quería leer las Escrituras, el sitio al que debía ir era la catedral de la ciudad. Esta se podía divisar desde cualquier lugar de Leize, debido a que era un punto de encuentro y un lugar de referencia. De hecho, toda la ciudad había sido construida en torno a la majestuosa catedral, por lo que todos, desde los niños hasta los ancianos, incluso los perros, podrían guiar a un desconocido hasta el lugar.
Cuando llegó, Alonso se sintió sobrecogido, como siempre que iba. Los monjes lo saludaron con reverencias, pero algunos todavía lo miraron por encima del hombro. Era, de cierto modo, comprensible. Alonso vestía con harapos: tenía una camisa remendada y sucia, olorosa a thinner, y zapatos de diferente color con calcetas sucias de diferentes pares. Además, aunque siempre había sido un chico bastante lampiño, se le comenzaban a asomar unos cuantos pelos de barba en la cara. No podía culparlos por mirarlo de aquella forma.
Pero, tan pronto como llegó a la sala de oración adjunta a la catedral, la monja que estaba sentada cerca de la entrada le sonrió con calidez y lo instó a pasar llamándolo “hijo mío”. Alonso entró con ánimos y se acercó a las enormes Sagradas Escrituras expuestas en un pedestal cerca del foro de la sala, abiertas para todo el mundo. Esta versión de las Escrituras estaba escrita con letras grandes y tapas bañadas en oro rosa.
Aunque fue taladrado por las miradas inquisitivas y asqueadas de los asistentes, Alonso mantuvo una actitud firme por los siguientes tres días y se aprendió al dedillo las diez páginas que pretendía leerle a Marshal. No obstante, como la letra era más grande en esta versión, tuvo que aprenderse hasta diecisiete páginas en lugar de las diez originales.
Al séptimo día, los pintores acudieron al taller y se formaron en fila india para ser interrogados por Marshal Dril. Todos respondieron correctamente, a excepción de uno que confundió el orden de nacimiento de los hijos de la Diosa. Más aliviados, esperaron, sentados en sus lugares, la sentencia de Alonso.
—No espero que te sepas al dedillo el Ekai Ala, Alonso, o que comprendas lo que estás viendo, pero debes leerme en voz alta al menos diez páginas de las Sagradas Escrituras —le exigió Marshal.
Alonso cargaba el libro de Marshal en las manos. Lo abrió por la página indicada, pero había olvidado en donde empezaba y donde terminaba tal o cual fragmento. Se sintió derrotado por un momento y suspiró. Marshal vio las páginas en blanco de su viejo libro, luego la cara de Alonso, que le pareció sorprendida y nerviosa, y le dirigió una mirada de decepción antes de darle la espalda.
El hombre estaba a punto de despedir a Alonso, pero este gritó a tiempo:
—¡Amet decidió experimentar una vez más!
—Este cretino… Un pasaje cualquiera no te va a ayudar.
Alonso cerró el libro y lo puso bajo su axila, se aclaró la garganta y comenzó a recitar, lo más alto que pudo—: Amet decidió experimentar una vez más, mientras Sekundus y Aurora se llenaban de niños. Amet parió a otros cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Esperaba que, al cabo de unos días, estos cuatro hijos formaran dos nuevas parejas que experimentaran la reproducción que tanto le había interesado. No obstante, cuando pasaron dieciséis días, Amet notó que Tectum y Area, los hombres, permanecían juntos, sin interesarse por las muchachas. Asimismo, Dies y Vitae, las mujeres, desdeñaban la compañía de los varones y se susurraban al oído mientras reían entre ellas, paseando de la mano por la tierra…
—Imposible… —susurró alguien—. ¿Se aprendió de memoria lo que está diciendo? No tiene ni diez días que aprendió a leer…
Los hombres lo escucharon atentamente, embelesados. Pero eso no fue todo: una señora pasaba cerca del taller cuando escuchó la voz clara de Alonso recitando estas cosas. Llamó a su esposo, a su hermana y a sus hijos. Los chiquillos corrieron por la calle avisando al resto de las señoras y transeúntes que pasaban por ahí.
Pronto el taller se llenó de gente desconocida que escuchaba a Alonso declamar con autoridad las Sagradas Escrituras, como si las conociera al derecho y al revés.
—Y Arazi dijo: Esto es la muerte… Y eso es todo, don Marshal. Son diez páginas del Ekai Ala, tal como me pidió.
—¿Cómo puede ser…? —preguntó Marshal. Entonces vio a toda la gente reunida en su taller.
Las señoras, maravilladas, obsequiaron a Alonso con toda clase de frutas, verduras y hasta un pan recién hecho. Un chiquillo le regaló un corcho sin valor, y otro le llenó las manos de piedrecitas del camino y le dijo que era “el pago del bardo”.
—¡Oh, ya veo, eres el cachorro del taller! —exclamó uno de los hombres cuando se acercó a ver de cerca a Alonso.
El muchacho sonrió, ocultando sus verdaderos sentimientos. Odiaba escuchar ese apodo. No obstante, no podía hacer nada con este hecho. Tal vez crecería, tendría cuarenta años y seguirían llamándolo “el cachorro del taller”.
—Alonso, hijo, ¿deberíamos darle por este lado? —sugirió Marshal, abriéndose pase entre la gente.
La sonrisa momentánea de Alonso se congeló. Después de todo, había pasado los catorce años de su vida tratando de volverse un ayudante de pintor. Y ahora, tras pasar por tantos ridículos y regaños, ¿Marshal quería que tomara otro camino?
Pese a sus esfuerzos, y aunque sabía qué era un claroscuro y cómo lograr un efecto realista en una pintura, acerca de la proporción áurea y la forma de lograr líneas rectas sin instrumentos de geometría, Alonso era tan malo que los pintores se sorprendían de la poca pericia que el muchacho tenía. Un día le pidieron que intentara dibujar algo, con el fin de saber si alguno de los artistas podría apoyarlo como su discípulo, pero Alonso no podía ni siquiera dibujar los más sencillos monigotes de tinta. De hecho, su letra era tan mala que, sin él a un lado para traducir sus garabatos, era imposible comprender lo que escribía. Lo intentó todo lo que pudo, pero en vano: Alonso no tenía una pizca de pintor.
—Dentro de tres días cumples catorce años, Alonso.
—Lo sé, don Marshal —verificó Alonso—. Pero siempre me he preguntado cómo lo saben. ¿Cómo saben que cumplo catorce años?
—No lo sabemos, hijo —suspiró—. En tres días se cumplen catorce años desde que te encontramos. Quizá seas un poco mayor, pero no podemos saberlo.
—Don Marshal —se quedó callado un momento. Las señoras y los transeúntes ya estaban desfilando hacia la calle—. ¿Fui abandonado por mis padres?
El ambiente festivo y relajado se quebró en un instante. Los desconocidos caminaron más rápido, las señoras compusieron expresiones contritas. Un niño preguntó—: ¿Qué es abandonado? ¿Cómo los gatitos?
Alonso se quedó callado. En el fondo lo sabía. Los niños de la calle siempre cumplían una o ambas condiciones: venían de una familia pobre o sus padres habían muerto. Pero al cumplir catorce, invariablemente, los guardias los recogían de las calles y los llevaban al refugio más cercano para saber qué hacer con ellos. Algunos se convertían en guardias, otros eran tomados como discípulos, y otros más conseguían casarse, pero eran muy pocos los que volvían a las calles: los que no tenían apellido. Los que habían sido abandonados.
—No soy bueno para la pintura y ni siquiera sé contar del 1 al 10, don Marshal —confesó Alonso. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
La mayoría de edad estaba a tres días de tocarle la puerta, y Alonso no podía sentirse más desdichado. ¿Qué podría hacer en su condición? ¿Viviría para siempre en las calles una vez que fuera echado por don Marshal ahora que estaba a punto de convertirse en un adulto?
Alonso no quiso esperar a saber la resolución del hombre. Tomó la comida de su rincón y salió corriendo del taller.






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