10. El camino a Leize

10. El camino a Leize

Leize era una enorme ciudad al noroeste de Kaul, la capital de Zadur. Aunque había una distancia de casi mil kilómetros en los que se interponía un ancho río de impetuosas aguas y el paso de una cordillera nevada, el camino real de Arla, como se le conocía, era un espacio muy transitado.

Doce pueblos se asentaban a las orillas de Arla, la mayoría concentrados en el río y la cordillera. No interesa sus nombres o historias, pero sí sus habitantes. Estos eran, por supuesto, los semilleros desde los que generalmente salían los guardianes del imperio. Así, todo mundo apuntaba a Leize en el mapa cuando se les preguntaba de dónde salía la tercera parte de los soldados imperiales, pero no era más que una imprecisión establecida por el tiempo y las circunstancias. En realidad, como todas las academias estaban solamente en las ciudades más importantes del imperio, los forasteros debían desplazarse desde sus pequeños pueblos para hacer el examen de admisión y vivir en las ciudades durante los años que durara su entrenamiento.

Así pues, desde una semana antes del gran evento, incontables muchachos acudieron a Leize. Algunos iban todavía de las manos de sus madres, o acompañados de sus padres o hermanos mayores. Se quedaban en alguna posada bonita, salían a cenar a restaurantes de buena reputación y repasaban hasta ya bien entrada la noche, porque el día era demasiado bonito como para desperdiciarlo estudiando.

Otros iban en grupos, acompañados de chicos de su edad que se habían unido en el camino para llegar juntos a Leize. Estos generalmente venían de muy lejos, tal vez de setecientos u ochocientos kilómetros a la redonda. Uno pensaría que porque venían desde lejos deberían acudir a otros lugares, como Kaul, por ejemplo, que poseía la nada despreciable cantidad de diecisiete academias. Sin embargo, la competencia era feroz cuanto más se acercaban a la capital: se sabía de trampas y emboscadas para retrasar e incluso matar a quienes quisieran ir a la capital para postularse.

Sí. Lo mejor que podían hacer los pueblerinos era caminar hasta Leize, aunque estuviera cuatro veces más lejos que la capital. Nadie quería enfrentarse a las sucias artimañas de los capitalinos.

Por último, había unos cuantos forasteros que llegaban solos a Leize. Estos generalmente tenían problemas con sus familias, o no contaban con la suficiente solvencia económica para andar por ahí comprando comida y recuerdos mientras esperaban al examen de admisión. Muchos de ellos eran, además, cachorros o indigentes que deseaban aprender en las academias.

Lewis era uno de la última categoría. Sin apoyo financiero ni familiar, sin hermanos ni padres que le heredaran conocimiento, incluso sin una casa donde pasar las frías noches de invierno. Durante el verano podía soportar el clima muy bien, pero cuando empezaba a refrescar, Lewis debía bajar la montaña para ayudar a los aldeanos a cambio de refugio y una que otra comida caliente.

Sin embargo, tan pronto como cumplió catorce años a inicios del año, los aldeanos le dijeron que le comenzarían a pagar un poco más para que pudiera ahorrar dinero para el examen y la cuota de admisión de la academia de Arantes. Nadie podía costearse una vida académica en Arantes, mucho menos en Beornu, que cobraba el triple, pero al menos podían hacer que el muchacho viajara hasta Leize y tomara el examen. Quien sabe, a lo mejor podría cambiar su vida.

Al principio, Lewis no estaba de acuerdo en participar, pero se lo pensó mejor luego de escuchar a un viejo soldado retirado, que siempre andaba por ahí de un humor de perros. El soldado le dijo:

—Las cosas han cambiado desde que el Sacro Emperador tomó por esposas a la segunda y la tercera reina. Gracias a la segunda, Leize es próspero y feliz. Debido a la tercera, el emperador comenzó a fijarse más en los plebeyos y los que no tienen pilares. Ve a Leize, hijo. Si no tomas el examen de admisión, al menos puedes descansar por un momento de toda esta maldita nieve.

Lewis le hizo caso. Se preparó durante meses, estudiando con los viejos y amarillentos libros de los aldeanos, mientras trabajaba para ganar dinero suficiente. A principios de noviembre, con las monedas listas y el corazón contento, Lewis partió, con los aldeanos y el soldado despidiendo su espalda.

No tuvo dificultades para encontrar la ciudad. Estaba a setenta kilómetros de la montaña y no había irregularidades en el terreno. Los aldeanos le dijeron específicamente que tratara de mantener la montaña siempre a su espalda, o de lo contrario se perdería en el extenso bosque que rodeaba Leize al sureste.

Una carreta lo ayudó a avanzar la mitad del camino y, cuando faltaban menos de diez kilómetros, Lewis se encontró ante una llanura que resultaba difícil de describir. Por un lado, podía verse el bosque y los árboles caducifolios, jóvenes y pequeños. Por otro lado, un inhóspito valle de sol y polvo cobijaba el suelo hasta donde podían ver los ojos. Era un lugar lleno de serpientes y alacranes, con un pastizal que siempre alcanzaba el metro de altura.

Cuando llegó a las puertas de la ciudad, después de ocho días de viaje, Lewis tuvo que formarse a una larga cola, que alcanzaba los dos kilómetros de largo, para entrar. Los turistas, los futuros alumnos y los comerciantes estaban a la puerta de la ciudad desde hacía horas, incluso días. El proceso era decididamente lento, porque los soldados de las puertas debían verificar que las identificaciones fueran reales y que no existiera cargos contra los ingresantes. No obstante, como no contaban con herramientas mágicas para acelerar el proceso, los soldados debían registrar los censos poblacionales del imperio, cada uno de los veinte millones de nombres registrados. Y si los que llegaban eran personas sin registro familiar, un nuevo procedimiento, de casi dos horas, detenía la fila por completo.

—¿Cuánto llevas aquí? —preguntó Lewis al muchacho de adelante.

—No sé, ¿tres días? Como se sigan tardando, no llegaremos a tiempo al examen. También vienes a eso, ¿no? —preguntó—. Soy Haya, de la familia Dominer.

—Lewis, de apellido Meden. No tengo familia —se presentó el muchacho, saludando de mano y puño a Haya, como acostumbraban los jóvenes.

Lewis y Haya comenzaron a platicar. Para cuando anocheció ya eran buenos amigos que bromeaban entre ellos acerca de comida, tácticas de combate, y chicas y chicos por igual. A Lewis le gustaban las chicas, lo sabía bien porque se emocionaba al ver a las aldeanas bonitas, pero a Haya le gustaban los varones. Para Lewis no fue nada extraño, pero sí curioso, pues no conocía a muchas personas que tuvieran una preferencia exclusiva por su mismo sexo.

A eso de la medianoche, amodorrado y exhausto, Lewis logró avanzar dos metros. Se volvió a acomodar en el suelo cuando la gente lo hizo: todos pusieron mantas, tiendas de acampar o capas y se echaron a dormir. El acuerdo era tácito: los atenderían por orden de llegada, así que mejor que avanzaran los soldados a tener que estar pendientes ellos.

Por los siguientes tres días, Lewis estuvo junto a Haya en la fila, avanzando poco a poco. Por fortuna, los vendedores ambulantes sabían aprovechar la oportunidad, por lo que día, tarde y noche ofrecían a los recién llegados comida, frutas, postres, linternas, mantas y periódicos y se marchaban sin mercancía y con los bolsillos llenos de dinero. También había vendedores de juguetes, e incluso libreros que vendían a precio de regalo los libros de estudio de la academia. Lewis deseaba aprovechar las ofertas, pero se limitó a comprar las comidas más baratas y una capa rompevientos para no sufrir el helado de la noche.

—¡Oh! ¡OH! ¡Mira esto! —exclamó Haya mientras leía el periódico—. Un cachorro de nuestra edad retó ayer a tres soldados a pelear a mano limpia y les ganó a dos. Dice que es un chico que tiene la costumbre de cantar en las plazas de la ciudad.

—A ver —se interesó Lewis. Los forasteros a su alrededor también quisieron leer la noticia, curiosos.

El contenido era fantástico: hablaba sobre un chico de las calles, quien mantenía a su hermana enferma y preciosa (lo que Lewis dudaba bastante, dado el corte amarillista del periódico) con el dinero que ganaba cantando y declamando el Ekai Ala. Para empezar, era imposible memorizar el contenido de dos mil páginas, así que Lewis estaba muy seguro de que aquello no era más que una treta para vender. Se suponía que el muchacho iría a pelear contra los soldados cada día, y debía ganar al menos dos de tres peleas para tener derecho a volver al regimiento al día siguiente.

El periódico de la tarde fue todavía más increíble: Alonso el Cachorro, como le habían apodado, ganó los tres combates en los que participó. La gente no paró de hablar en todo el día sobre el asunto, y la voz se corrió desde las puertas de la ciudad: los soldados confirmaron la veracidad de los hechos. En efecto, Alonso de verdad estaba dándoles una paliza a los soldados del octavo regimiento.

Día a día, mientras la fila avanzaba, los periódicos siguieron llegando. Un día Alonso perdió un diente. Lo fotografiaron con el hueco entre dos dientes frontales, lo que era una imagen tan graciosa que Haya estuvo horas llorando de la risa, pero dos días después volvió con la sonrisa intacta. También se rompió un dedo. Todos se lamentaron cuando escucharon la narración que Haya leía.

El domingo, a eso del mediodía, las noticias fueron malas para todos los nuevos seguidores del Cachorro, así como para los que comenzaron a apostar por él días atrás: Alonso perdió dos de tres peleas. No obstante, si bien aquello era decepcionante, opacaba a esta noticia el hecho de que la única pelea que ganara fuera la pelea contra Francis Breil, uno de los tenientes más destacados del octavo regimiento.

Sin embargo, el panorama en la fila cambió drásticamente a partir de ese momento. Un soldado alto, de cabello largo, con gruesos lentes de montura redonda, llegó a la puerta y regañó a los dos soldados que llevaban días haciendo el procedimiento para ingresar a la ciudad.

—¡¿Cómo es posible que hayan dejado que se extendiera siete kilómetros, idiotas?! —preguntó con una atronadora voz que llegó hasta Lewis a pesar de que todavía estaba a quinientos metros de la puerta.

Lewis se giró a ver la fila. Lo mismo hicieron el resto. En efecto, la cola de gente era gigantesca y había más de uno despotricando, molesto. Después de todo, faltaba menos de un día para los exámenes en Arantes y Beornu.

No obstante, lo que siguió a partir de ahí, dejó impresionado a Lewis. Una treintena de soldados se formaron de frente a la cola de gente, y entonces dos soldados fueron a través de la cola gritando las instrucciones.

—¡Se formarán por la inicial del nombre familiar, en orden de llegada! ¡Comerciantes asiduos en la fila veintisiete por favor! ¡Personas que deben registrarse o que no tienen identificación, fila veintiocho! ¡Aspirantes de Beornu y Arantes, por favor en la fila veintinueve! ¡Sólo los aspirantes, familiares a las filas alfabéticas por favor!

La cola larga se dividió en veintinueve filas. Haya y Lewis, siguiendo las instrucciones de los soldados, se formaron detrás de unos cincuenta aspirantes. Atrás de ellos se formaron otras decenas más de personas. Veinte minutos después de formarse, Haya y Lewis llegaron hasta el soldado que atendía la fila.

—Su identificación —pidió el soldado a Haya.

Haya sacó su tarjeta. Era una placa larga de metal con la información grabada: el nombre completo de su dueño, su fecha de nacimiento y su lugar de residencia. En el anverso tenía dos sellos grabados: el de su familia y el del imperio.

—Señor Dominer, bienvenido a Leize.

Eren thir —saludó, antes de adelantarse a la ciudad.

Eren salbor —respondió el soldado. Luego centró su atención en Lewis—. Su identificación.

—Aquí está —mostró Lewis su propia placa.

Segundos después, el soldado dijo—: Señor Meden, bienvenido a Leize.

Eren thir.

Eren salbor.

Y así, después de once días a las puertas de la ciudad, Lewis Meden pudo ingresar por fin.

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