Leize tenía una población de cien mil personas, razón por la que era una ciudad tan extensa y próspera. Durante grandes eventos o temporadas altas, la ciudad llegaba a albergar hasta el doble o el triple de personas, por lo que los crímenes y los accidentes estaban a la orden del día.
Sin embargo, la gente de Zadur estaba de acuerdo en que la incorporación de la primera reina a la familia imperial era un parteaguas en la historia nacional. Después de todo, la primera reina siempre pensaba en los pobres y los sintecho, y cada mes salía de expedición a las regiones más septentrionales del imperio para emprender un camino de vuelta a la capital en el que repartía víveres, juguetes y escuchaba las peticiones ciudadanas.
Desde entonces, el sacro emperador no vaciló en decir que él también estaba dispuesto a ayudar a los pobres. Este sentimiento movió a la acción a sus esposas, a la sacra emperatriz y a los esposos de ella. Más tarde se les unieron los príncipes adultos. No sólo la familia imperial, sino que todos los nobles, de una u otra forma, querían demostrar que ellos también podían ser bondadosos con el pueblo llano.
Al principio enviaban dinero y víveres a las personas, pero las arcas familiares se vaciaban constantemente mientras el pueblo no dejaba de pedir y pedir sin vergüenza alguna. Entonces el Sacro Emperador pensó en las escuelas, a las que no se les había puesto suficiente atención desde antes de que él llegara al poder. Anunció para la población general:
—Es verdad que la nobleza obliga y que tenemos el deber de apoyar a los más necesitados en tiempos angustiosos, pero me siento orgulloso de decir que actualmente el imperio es un lugar seguro y bendito para vivir. Amet nunca nos abandona. Por eso he pensado en revitalizar las escuelas a lo largo y ancho del imperio. Los niños recibirán cinco años de clases generales. Los adultos, a partir de los catorce años, podrán aprender distintos oficios para engrosar las filas de las profesiones que más se necesitan en el imperio. También financiaremos becas anuales por academia, en todas las academias que se abran en el imperio siguiendo un estricto procedimiento de apertura y regulación, para que los pobres y los huérfanos tengan oportunidad de cambiar su vida.
Así pues, gracias al apoyo de la familia imperial, dos grandes academias se abrieron en Leize. Una de ellas, un poco cerrada y cara, a la que sólo podían asistir los nobles y los hijos de comerciantes, era la academia Beornu. La otra, más grande y con más estudiantes, era la academia de Arantes. Estaba ubicada a tres kilómetros de la catedral, muy cerca de la entrada principal de la ciudad, y las calles que la rodeaban estaban llenas de tiendas, restaurantes y librerías que se avocaban a vender explícitamente a los alumnos.
Además, el día de examen de ingreso era uno de los días más importantes no sólo para la academia, sino para la ciudad entera. Era extraordinaria la marea de gente que se avocaba a acompañar a sus hijos o amigos para el examen, por lo que los comerciantes de Leize sabían que debían prepararse. Siempre adquirían productos suficientes para dos semanas: una antes y una después del examen de Arantes, pues sabían de antemano que las compras se disparaban.
Esto era también común en el barrio de los ricos. Las tiendas dedicadas a los nobles solían aumentar los precios de sus productos y conseguir rarezas de todas partes del continente, para que los herederos pudiesen comprar a gusto. Por supuesto, esta era un área restringida a la que los plebeyos podían acceder sólo con un costo exorbitante, por lo que no era común verlos andar entre la nobleza.
Para Alonso todo este ajetreo no era nuevo. El año pasado, antes de cumplir los catorce años, el muchacho vio cómo las calles de Leize se llenaban poco a poco mientras hacía los encargos de los pintores. Nunca llegó a imaginar que él formaría parte de esa marcha de gente que se dirigía, a eso de las cuatro o cinco de la mañana, a la academia.
Sabía que podía pagarse una carreta o, mejor aún, un carro que lo llevara hasta la academia. Incluso tenía dinero para pagarse el viaje en tren. No obstante, Alonso decidió levantarse a las cuatro y caminar por el fresco de la madrugada.
Se bañó y se vistió con ropa limpia y recién lavada. Se puso unos mocasines que le quedaban a la medida y un chaleco nuevo en el que metió, como tenía costumbre, un pañuelo con dulces y pan. En realidad, la comida ya no era lo importante. Gracias a Ryloc, Alonso tenía una buena alimentación y poco a poco se había acostumbrado a comer tres veces al día. Lo que le gustaba era el pañuelo, un trozo de tela toscamente bordado en el que se supone que había un chico pelinegro y una niña rubia tomados de la mano: Alonso y Nina.
La primera vez que vio el primer bordado de Nina, Alonso se había reído hasta que los ojos le lloraron.
—¿Y yo soy el que dibuja chueco? —preguntó, sin aire, observando el dibujo de la niña.
No obstante, atesoraba este pañuelo con el alma. Era el primer regalo de Nina que podía guardar de esta manera. Los pasteles y las galletas que compraba junto a los soldados y los pintores también eran buenos regalos, pero no se comparaban ni por asomo con un bordado donde ambos estaban juntos y felices.
Cuando bajó las escaleras, Alonso vio a Kasteria sentada en la mesa del salón.
—Hey, capitana —la saludó, nervioso.
—Oh, creo que es la primera vez que me llamas por mi título —comentó la mujer, sorprendida—. Sólo dime Kasteria, como siempre. Me da gusto que sepas que puedo partirte en dos, pero no estoy aquí para presumir. Siéntate.
—Bien… —accedió de inmediato.
Alonso se sentó junto a la mujer. Ella abrió un maletín que había dejado sobre la mesa. Se parecía al que Luthiel llevó tiempo atrás para probar las aptitudes mágicas de Nina, sólo que el contenido era diferente. Del maletín sacó un montón de objetos que Alonso no había visto jamás, pero que se asemejaban a las herramientas de los pintores: brochas de diferentes grosores, frascos y paletas de colores, pinzas, navajas, tijeras, peines y cepillos de diferentes materiales, un rociador de agua y varios tipos de líquidos con olores florales y frescos, además de esponjas, toallas de papel y varios objetos de tela.
—Hoy, cuando llegues a la academia, vas a enamorar a las chicas que veas —prometió Kasteria—. Haz buen uso de mi ayuda.
Dicho esto, Kasteria limpió la cara de Alonso. Era un chico lampiño, por lo que no necesitaba rasurarse la barba o el bigote. Le arregló las cejas en medio de protestas y gemidos de dolor, le puso una mascarilla y procedió a arreglar su cabello.
Alonso tenía un cabello tan largo que le rozaba los hombros, pero parecía un nido de pelo negro encima de su cabeza. También era la razón de que se viera inusualmente alto, aunque sólo tenía catorce años. Bueno, el cabello largo también era atractivo, siempre que su dueño supiera peinarse.
Comenzó a cortar, no sin antes ponerle encima una capa para que no se llenara de pelitos molestos revoloteando por aquí y por allá. Alonso protestó, porque no quería verse como un payaso, pero se tuvo que tragar sus palabras unos cuarenta minutos después.
Kasteria le mostró su rostro cuando terminó. Sus cejas, bonitas y rectas, formaban un arco natural encima de sus ojos que los hacía parecer más acordes a su rostro alargado. Su piel parecía fresca y lozana. Sus labios, rosados y bellos. El cambio más drástico era, por supuesto, su cabello: antes era una mata rizada sin una forma específica; ahora enmarcaba su cara y cubría grácilmente su frente con ondas que no parecían tan meticulosamente estudiadas.
—Casi parezco otra persona —dijo, sorprendido.
—Pero eres tú, Alonso Ryloc —respondió la mujer, orgullosa con su trabajo.
Alonso William Ryloc.
Un sentimiento esperanzador le recorrió las entrañas. Estaba decidido. No volvería a ceder ante sus pensamientos negativos, aunque fracasara en el examen.
Con paso firme, Alonso se despidió de Kasteria y le encargó el cuidado de Nina antes de salir de casa. En el bolsillo llevaba la carta de Ryloc, algunas monedas y una pluma fuente, además de su propia placa de identidad y el pañuelo con comida.
Cuando Alonso tuvo su identificación en sus manos las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Por años vivió siendo el cachorro de Marshal Dril, sin poder decir más que se llamaba Alonso porque era el nombre del escudero que marchaba junto al emperador Alvar en la novela Por el camino de piedra. Los pintores decidieron llamarlo así por su cabello negro y sus ojos cafés, pues así era como se describía al valiente escudero: un intrépido hombre que había luchado espalda con espalda con el sacro emperador para derrocar a los huéspedes malditos del palacio, que vaciaban las arcas reales y se llenaban el estómago mientras el pueblo moría por pestes, guerra y hambre.
En la novela, Alonso moría por una terrible herida de espada, cubriendo al emperador. No obstante, en la vida real el resultado había sido bastante menos romántico: el escudero del emperador murió por intoxicación etílica a medio trabajo con dos bellas mujeres en la cama, luego de que supiera que la Guerra de Sucesión había llegado a su fin.
Por supuesto, cuando Alonso tuvo oportunidad de leer Por el camino de piedra por sí mismo, se juró que sería como el hombre de la novela. No quería ser recordado por sus allegados como el borracho lujurioso que muere a mitad de un asunto importante. Con todos estos pensamientos rondando su cabeza, Alonso llegó una hora después a la academia.
Arantes era un espacio casi tan grande como el octavo regimiento, que cubría casi tres hectáreas de suelo en medio de la ciudad. Beornu sería más rica en adornos y también con altos y gruesos muros electrificados, pero Arantes no se quedaba atrás en majestuosidad.
Unos quince edificios se repartían en el centro, construidos como estructuras rectangulares con salientes rematadas en chapiteles. Estos edificios rodeaban a la plaza principal de la academia, donde dominaba una enorme fuente que tenía en el centro una estatua de la Sacra Emperatriz siendo acunada por Amet en su papel de Misha, es decir, como madre de la creación.
Rodeando a estos edificios había campos de entrenamiento, gimnasios, crisoles e incluso un pequeño terreno simulando un bosque. Todo tenía el propósito de aprovechar al máximo la estadía de los estudiantes para enseñarles lo que tenían que saber acerca de sus oficios. Y en cada espacio libre, dividiendo los campos y los edificios, en cada rincón en el que hubiese oportunidad, las flores y los árboles crecían como en un bosque.
Alonso se encaminó por una de las veredas que atravesaban el bosquecito. Al final, dos largas filas le dieron la bienvenida. En una las damas y las niñas esperaban su turno. En otra los varones. Alonso se formó en esta última.
—Eh, disculpe —le dijo una voz a sus espaldas. Alonso se giró para encontrarse de frente con una chica de su edad, con vestido y botas y el cabello recogido con un listón simple—. ¿Usted es Alonso el Bardo, verdad que sí? Lo vi declamar el Ekai Ala hace unas semanas en la plaza cerca de la catedral…
—Ése soy yo, dama, aunque no sabía que me apodaban “el Bardo”.
—¡Entonces es usted! Por favor, acepte mi listón.
Alonso, como era costumbre, llevó una rodilla al suelo y extendió la mano derecha con la palma hacia arriba. La muchacha se quitó el listón del cabello y lo ató con un moño en la muñeca de Alonso. Los aspirantes alrededor comenzaron a susurrar, sin embargo, la desconocida agradeció a Alonso, este a su vez agradeció por el gesto, y cada uno volvió a sus vidas.
En Zadur era común que las muchachas regalaran listones a los chicos en señal de agradecimiento o como gesto romántico. Por eso, las muchachas solían peinarse con uno o dos listones en lugar de usar ligas o peinetas como en otras partes del mundo. Por el contrario, cuando un varón quería hacer lo mismo, debía regalar a la chica una pulsera como agradecimiento, o un adorno para el cabello como gesto romántico. Esto era una señal: cuando recibía una peineta a cambio de un listón, la mujer sabía que era una declaración de amor.
Todo esto se basaba en los intercambios públicos de afecto que el emperador y la emperatriz tuvieron cuando se comprometieron. En aquel momento los recursos eran escasos, e incluso figuras de renombre como ellos tuvieron que deshacerse de sus joyas y pertenencias valiosas a cambio de mantener a flote el palacio mientras la economía de Zadur se reactivaba. El pueblo vio, conmovido, cómo la emperatriz tomaba el listón de su cabello para rodear tres veces la muñeca izquierda del emperador. Al mismo tiempo, el emperador le dio una cajita de madera, donde una peineta con un adorno en forma de flor destacaba.
Unos años después, cuando Alonso viera en persona por primera vez a la emperatriz, recordaría ese momento en la fila del examen de ingreso. Recordaría el listón que recibió de aquella chica sin nombre, porque vería a la emperatriz usar una bonita y vieja peineta de metal con un adorno en forma de flor, que nada tenía que ver con la ricura y magnificencia de su vestido y su pesado collar.
Y Alonso se acordaría de este momento toda la vida, aunque no se hubiese encontrado con la emperatriz nunca, porque la primera chica de ese día marcó un hito que las demás continuaron. Pues, apenas se fue a formar la primera, una segunda chica se acercó a Alonso preguntando:
—¿Es usted Alonso el Cachorro? Seguí sus peleas por el periódico. ¡Fueron emocionantes! ¿Me permitiría darle mi listón?
Y una tercera que le dijo—: Tiene usted una voz maravillosa. Por favor acepte mi listón.
Y otra—: Supe que su hermana está muy enferma, pero usted quiere que lo vea como un soldado antes de que abandone este mundo. En verdad es una persona maravillosa, señor Alonso. Acepte mi listón, por favor.
—En realidad no está… —iba a explicar el muchacho, pero otras dos chicas se acercaron.
—Acepte mis sentimientos, señor Alonso —le dijo una.
—¡Yo llegué primero! —gritó la otra.
Alonso, que no tenía ninguna razón para rechazar los listones de admiración, tuvo que arrodillarse cada vez, ante las miradas celosas y estupefactas de los presentes. Cuando llegó hasta la mesa de registro, tenía las rodillas llenas de polvo y en la muñeca diecisiete listones que no se podría quitar el resto del día si no quería desairar a sus admiradoras.
La maestra en la mesa de registro rio entre dientes al ver las dificultades del muchacho, pero intentó que no se le notara demasiado cuando él llegó hasta su lugar—. Su identificación, señor Alonso.
—Uno creería que porque es nuevo no lo conocerían los maestros —dijo, decepcionado, pero le entregó su placa y la carta de Ryloc.
—Al menos no recibirá un listón de mi parte —comentó la maestra, divertida.
La maestra abrió la carta y leyó con paciencia. Al final la volvió a doblar, la metió a su sobre y se la regresó a Alonso—. La buena fortuna le sonríe, señor Alonso Ryloc —comentó en voz alta, haciéndose escuchar por la fila de las damas.
Alonso abrió los ojos cuando su nuevo apellido fue repetido y amplificado por las voces de las desconocidas. Ryloc, Ryloc, así que su apellido es Ryloc.
—Puede pasar, señor Ryloc. Asegúrese de dejar espacio para unos cuantos listones más —se burló la maestra.
Alonso, sonrojado y molesto, se fue a la fuente de la emperatriz mientras la maestra se seguía riendo de él. Sabía que una noticia de boca a boca era más poderosa y rápida que un periódico eficiente, así que para la tarde todo Leize sabría cuál era el apellido del Cachorro-Bardo del que últimamente hablaban todos.
De cualquier modo, no debía temer por la reputación de Ryloc. Aunque les hubiese ordenado a sus hombres contenerse (cosa que no hizo), el mismo comandante en persona humilló al pobre chico frente a todo un regimiento, trece periodistas y, por lo tanto, frente a todo Leize y tal vez todo el imperio. Era imposible que el hombre le diese preferencias o que diese pie a las habladurías, por lo que Alonso podía estar tranquilo por ese aspecto.
No obstante, Alonso se olvidó rápidamente de su inquietud. Esto porque, cuando vio la inmensa cantidad de gente reunida alrededor de la fuente principal, no pudo sino quedarse anonadado.
Eran cientos, tal vez un millar de personas, entre niños, jóvenes y adultos que por fin tenían la oportunidad de tomar el examen de ingreso. Había tres o cuatro veces más forasteros que ciudadanos de Leize, pero el número de estos todavía seguía siendo abrumador.
Alonso, sin ningún sentido de pertenencia por los chicos de su ciudad, se paseó entre los aspirantes mientras los estudiaba. Por aquí veía a un montón de chicas guapas que se emocionaban al ver la exagerada cantidad de listones que seguían llegando a sus muñecas y por allá algunos aspirantes varones, hijos de pequeños negocios.
También había muchos niños mágicos, todos ellos con el rasgo que los identificaba como tales: ojos azules. Todos estos niños parecían más pequeños que Nina, pero Alonso sabía que todos y cada uno de ellos estaban ahí porque se había comprobado que poseían y manejaban magia. Incluso con esto, los niños eran rodeados en un grupo compacto que era custodiado por soldados a los que Alonso había visto en el regimiento durante las peleas. Uno de ellos, de hecho, le dijo:
—No los mires demasiado, Ryloc, no sería bueno para ti.
Alonso lo reconoció. Era Itsuki, el grandote que le había tirado una muela en su tercera pelea. Sabiendo la amenaza, Alonso saludó con un movimiento de cabeza al soldado y se alejó de inmediato cuando este le regresó el saludo.
Sabía porqué los niños eran los únicos protegidos por el imperio. Ellos eran seres con potencial inimaginable. Podían fungir como armas de guerra, como defensores, como médicos, incluso como mercenarios privados. Algunos eran tan poderosos que podían mirar más allá del presente: al pasado oculto o al futuro incierto. Además, casi siempre crecían para convertirse en personas bendecidas por la belleza, aunado a esos característicos ojos azules, era más que obvia la razón por la que los padres guardaban celosamente a sus hijos hasta que cumplían ocho años y era momento de enviarlos a la academia.
Por eso, Alonso seguía sin comprender su suerte aquel día, cuando se encontró a Nina. Nadie le puso atención. Vieron sus ropas, dignas de una dama de alcurnia, vieron su cabello e incluso sus ojos, pero la gente no se le acercó a ayudarla. Al contrario: tan pronto como la veían llorando en el suelo, la rodeaban con la cara arrugada, como si estuviesen viendo una pila de excremento.
Un grito en medio de la masa, cerca de la parte frontal de la fuente, sacó a Alonso de sus cavilaciones, porque escuchó—: ¡Eh, que se están peleando!
Alonso, movido por su curiosidad y la seguridad que ahora tenía en su fuerza, se acercó con rapidez para averiguar qué estaba pasando. Divisó a los alborotadores de inmediato: eran dos jóvenes, un poco más grandes que Alonso, que peleaban a puño limpio. En medio de la gente, Alonso gritó:
—¡¿Por qué pelean?!
—¡Por imbéciles, ¿por qué más va a ser?! —gritó otro.
Y un tercero le gritó a este—: ¡¿A quién estás insultando, estúpido?!
Otra pelea surgió entre ambos. Uno de ellos, que pisó a una chica y no se disculpó, fue empujado por ella. La chica recibió un fuerte puñetazo en la cara. Al instante, cuatro hombres más se unieron a la refriega, exacerbados por la violencia contra la desconocida.
Pronto, una pelea campal se libró frente a los ojos de piedra de Amet, que sostenía amorosamente el cuerpo de la emperatriz. Una cuarentena de personas, entre muchachos y adultos, se avocaron a darse de puñetazos y patadas. Alonso, estupefacto, vio a un chico volar en un arco perfecto. Su cabeza fue a dar contra las faldas de Amet, y un chorro de sangre comenzó a pintar el agua cristalina de la fuente.
La adrenalina lo encendió.






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