En ese momento, Alonso sintió algo cercano al odio quemándole las entrañas y exclamó, con esa voz de barítono y la autoridad con la que enseñaba el Ekai Ala a los transeúntes:
—¡NO DEJEN QUE SE EXTIENDA MÁS, IDIOTAS!
Algunos fueron lentos para comprender a Alonso en medio de la confusión y la repartición de golpes a diestra y siniestra. Otros, muy pocos, se acomodaron justo como Alonso estaba haciendo, de espaldas a los luchadores, y se tomaron con fuerza de las manos con él para formar una barricada entre los desbocados y la gente que aún no comprendía qué estaba pasando.
Alonso recibió un fuerte empujón y alguien le gritó al oído, mojándole la cara con saliva—: ¡Muévete! ¡MUÉVETE! —Pero el muchacho permaneció firme, tomado fuertemente de las manos con dos personas que nunca había visto en la vida.
La pelea siguió durante unos treinta segundos más, que a Alonso le parecieron eternos. Recibió más patadas y golpes que en todas las peleas que tuvo contra los soldados. Finalmente, cuando sentía que la paciencia se le acababa y que él también estaba a punto de explotar contra aquellos idiotas, el puñetazo que un grandote dirigió a su cara se detuvo a un centímetro de su nariz.
Alonso lo vio, más impresionado que asustado, flotar petrificado en el aire. Así con los otros cuarenta o cincuenta que estaban peleando entre ellos. Todos se quedaron mirando a los luchadores con las caras llenas de estupefacción. Alonso aflojó el agarre de sus compañeros desconocidos, atento a las personas que flotaban sobre ellos.
—¡Carne vergonzosa y putrefacta, que alienta la violencia, aunque debería aspirar a mitigarla! —gritó una voz desde las alturas. No, no hablaba de tan alto: sólo desde un segundo piso. Era un hombre con un megáfono en la mano—. ¡No me importa quién ha sido el primer responsable! ¡Todos ustedes quedan vetados durante tres años de todas y cada una de las academias del imperio! ¡Lárguense, o en mi furia llamaré a los servidores del emperador para que retire su maldita presencia de mis aposentos!
Alonso sabía que una intervención directa de los soldados sólo significaba malas noticias. De hecho, a pesar de la peligrosa contienda, los soldados no se movieron un ápice de sus posiciones. Su única orden era, después de todo, cuidar a los niños mágicos. Si intervenían en un conflicto ciudadano era lo mismo que escupirle en la cara a los guardias y a la autonomía del suelo que estaban pisando.
Tan pronto como el hombre del megáfono exclamó aquello, los alborotadores cayeron con estrépito al suelo. Algunos huesos rotos se dejaron escuchar junto a quejidos de dolor, pero todos hicieron caso y salieron corriendo de Arantes. Alonso los vio alejarse durante cinco o seis segundos, en los que se permitió suspirar.
—¡Y ustedes ocho!
Una veintena de gente se fijó en Alonso. Este, perdido y nervioso, contó de un vistazo a los desconocidos que todavía se sostenían entre ellos como si fueran a caerse. Contándolo a él eran, en efecto, ocho personas: tres chicas y cinco varones.
—¡Sus nombres, ahora!
Los ocho se miraron entre ellos, pero se decidieron con la mirada. Se cubrirían las espaldas si acaso cometían una injusticia. Alonso lo supo en el momento en que vio al rubio a su costado derecho, quien le sonrió brevemente. Uno a uno, dieron su nombre ante las miradas taladrantes de la gente.
—Derio Berit.
—Linda Araya.
—Nancy Mulligan.
—Liam Sherr.
—Haya Duara.
—Lewis Meden.
—Emily Polidori.
—Alonso Ryloc.
De nuevo, cuando las personas escucharon su nombre, Alonso comenzó a ser señalado y suscitó una ola de murmullos. ¡El Cachorro!, escuchó por aquí, y ¡el bardo! por allá.
El del megáfono habló por unos segundos con un hombre que lo acompañaba. Este tenía en sus manos pluma y papel y, tan pronto como terminó de anotar los nombres, el del megáfono anunció:
—¡Cada uno de ustedes recibirá una dotación de treinta monedas de cobre al mes durante un año, sin importar los méritos que acumulen en el examen!
Alonso se tapó la boca para no sollozar de emoción, como acostumbraba. Si bien Nina y los soldados lo habían visto llorar tantas veces que ya lo llamaban llorica y nene, al muchacho no le importaba mucho. Sin embargo, no podía mostrarse como una persona sentimentaloide en frente de tanta gente.
—¡Soy Emilio Arantes, vástago de Emma Arantes! ¡Con mi propia autoridad doy comienzo al examen de ingreso! ¡Que la suerte esté del lado de las personas que se esfuerzan!
A pesar de que Alonso se contuvo, el resto de las personas no lo hizo. Los aspirantes comenzaron a gritar y a aplaudir a los ocho valientes que se habían atrevido a parar aquél repentino bullicio. Berit, Sherr, Duara y Meden recibieron al instante listones por montones. Las tres chicas comenzaron a recibir las pulseras trenzadas que los hombres siempre tenían a la mano.
A Alonso se le acercó una muchacha que había gritado de miedo justo frente a él cuando lo vio recibir una patada en la espalda. Era una chica bella, de cintura pequeña y busto grande y firme. Tenía el largo cabello en una coleta, como era común entre las jóvenes zaduríes.
La muchacha tomó la mano izquierda de Alonso, que apenas tenía dos listones, y la sostuvo con firmeza mientras se inclinaba hacia adelante. Alonso abrió los ojos, sorprendido. Era la primera vez en su vida que veía un busto grande cerca de él.
—Señor Ryloc, quiero que acepte mi listón, por favor. Mi nombre es Sally Evas.
—Señora Evas —la llamó Alonso. Intentaba desviar la mirada hacia otra parte, aunque sin mucho éxito. Sally Evas sonrió con picardía, o tal vez fue la imaginación de Alonso jugándole una pasada.
Dejó que Sally envolviera su muñeca tres veces con su listón. Se dio cuenta de que aquella era una confesión y no un agradecimiento, pero decidió pasarlo por alto. No obstante, cuando estaba a punto de agradecer por el gesto, Sally se acercó a él, con su busto suave contra el pecho del muchacho, y depositó un beso en su mejilla. Los más cercanos aplaudieron la suerte de Alonso.
—Llámeme Sally —permitió la muchacha.
—Gracias, Sally. Puedes llamarme…
—¡Alonso Ryloc, hombre! —exclamó otra chica a escasos pasos de él. Era Nancy Mulligan, una de los ocho que había recibido la recompensa—. ¡Seguirte me ha salvado la vida! Creí que iba a vivir a base de batatas y agua si pasaba el examen —le palmeó el hombro, contenta. Sally todavía sostenía la mano de Alonso. Lo que era peor: Sally lanzó una mirada de odio a Nancy, como si quisiera darle a entender que era un incordio. Nancy, sin embargo, era tonta o se hacía la que no se daba cuenta, porque vio las muñecas de Alonso y exclamó—: ¡Oh! Pero yo no cargo listones conmigo. Me parece algo ñoño y cursi. Toma esto en su lugar.
Nancy rodeó el cuello de Alonso, se acercó a él y posó sus labios con los del muchacho. Un segundo después, Alonso sintió su boca invadida por una húmeda lengua. Sally soltó su mano, pero no le importó. El muchacho se concentró en ser besado por la efusiva desconocida.
Cuando Nancy se alejó de él, vio su cara roja y su respiración entrecortada. Lewis Meden que estaba junto a Alonso, susurró con fuerza—: ¿No me digas que es tu primer beso? ¡Por todos los cielos, Ryloc! ¡Estás lleno de sorpresas!
Nancy y Haya Duara se comenzaron a reír de la reacción de Alonso. Este, como el chico de catorce años que era, les pidió que se callaran, avergonzado, pero esto no hizo más que acrecentar las risas de sus nuevos amigos.
Alonso perdió de vista a Sally, pero en el fondo lo agradeció. Aunque Nancy lo había besado sabía que, por su actitud, la chica no iba en serio. Pero la historia era diferente con Sally: sintió de ella toda la intención de acercarse a él. Si de verdad le había gustado o era sólo una treta para sentirse superior al resto de chicas que ya le habían dado listones, Alonso sólo podía intuirlo. Después de todo, apenas comenzaba a andar por el mundo. Le quedaba un largo camino por recorrer si quería comprender un ápice de lo que el género femenino pensaba.
Como si fuera un acuerdo tácito, los ocho recompensados se quedaron juntos, aunque una de las chicas iba un poco apartada de ellos. Mientras tanto, los aspirantes comenzaron a ser llamados para ocupar un asiento en las aulas dispuestas para el examen de admisión.
Cada aula tenía capacidad hasta para sesenta personas, pero los maestros decidieron distribuir a los aspirantes en grupos de cincuenta personas. Alonso y sus siete compañeros, de pronto nerviosos, se acercaron a un aula cualquiera.
—Somos aspirantes a caballeros —anunció Duara al maestro en la puerta del aula. Este los miró de soslayo, murmuró un “Adelante” y no volvió a levantar la mirada para verlos.
Después de otros cinco aspirantes, el aula se llenó con cincuenta personas. La mayoría eran hombres jóvenes, pero también había muchas mujeres. No obstante, entre todas ellas, Linda Araya destacaba con notoriedad: era alta, esbelta, de piel blanca. Calzaba unas botas con cuero de excelente calidad y ropa de lino real, lo que era difícil conseguir para un ciudadano cualquiera. De hecho, Alonso pensaba que Araya ni siquiera era de la ciudad, pues no vestía una indumentaria ligera, acorde al clima pesado y bochornoso que se respiraba dentro de Leize.
Alonso pudo sentarse cerca de Meden, Berit y Duara, pero los otros cuatro se sentaron en lugares que quedaron libres entre personas que no conocían en absoluto. Distribuidos de esta forma, los pequeños grupos que ya se habían formado comenzaron a subir la voz gradualmente mientras conversaban. Una chica le pasó a otra un bollo. Mulligan se sacó del chaleco una batata asada. Cuando Alonso la vio comiendo se comenzó a reír a mandíbula batiente; Mulligan, avergonzada, iba a guardarse de nuevo la batata, pero Alonso sacó su pedazo de pan y lo ofreció a sus amigos antes de comenzar a comer con una sonrisa. Mulligan le regresó la sonrisa y siguió comiendo a sus anchas.
A las siete y media una mujer entró al aula, pisando con fuerza. Alonso se metió el resto de pan a la boca y esperó a no ser descubierto. La profesora, que llevaba del cuello la placa que la identificaba como tal, se paró frente al aula entera y los examinó por unos segundos.
—El Sol de Leize ha estado muy activo las últimas semanas —dijo—. Una noble se enamoró de un plebeyo y lo ha estado buscando, aunque sin mucho éxito. En la frontera de Palan se habla de nuevos hechiceros del temible Elizer, a quien se supone que el primer regimiento subyugó hace veinte años. Y en las plazas de la ciudad, un niño bardo asegura haberse aprendido el Ekai Ala al derecho y al revés. Todas noticias bastante fantasiosas, si me lo preguntan. Era obvio que no les iba a creer la historia del bardo que gana centavos para mantener con vida a su hermana enferma mientras espera pasar este examen.
Alonso apretó la mandíbula. Meden, quien estaba a su lado, le sujetó del hombro y negó con la cabeza cuando Alonso volteó a mirarlo.
—Bueno, hay un montón de gente crédula que vino incluso desde la capital para tomar el examen en esta ciudad —anunció, seria—. Es la primera vez en la historia de Arantes que recibimos a más de mil quinientos aspirantes que lloraron con la dramática historia del bardo. Probablemente tengamos que darles el día libre a los alumnos activos para poder usar sus aulas para más aspirantes. Sin embargo, no se crean que porque son más habrá más ayuda por parte de los emperadores. La propuesta sigue siendo la misma: sólo los primeros tres lugares serán financiados. Sólo una de cada quinientas personas. Si están conscientes, también deben saber que, aunque cien tengan la fortuna de no pagar cuota de ingreso, más de mil de ustedes todavía tendrá que hacer gastos nada más terminar el examen. ¿Están dispuestos a correr el riesgo? Hoy hay menos chances que nunca en la historia de Arantes. Y la verdad es que, siendo sincera, ni siquiera les tengo alguna esperanza real. Sólo mírense, son pequeños, magros y parecen un poco estúpidos. ¿Creen que la vida se va a solucionar si pasan el examen? Bueno, déjenme decirles que costearse dos años en Arantes es demasiado caro para los ciudadanos promedio de Leize. ¿Pretenden pagar tres monedas de cobre al día cuando la ganancia de muchos es de una o dos monedas? Me sorprende su temeridad, muchachos. Abandonen sus esperanzas si son más una carga que una solución. No necesito en esta academia a gente que vendrá a llorar por las cuotas caras y los maestros estrictos… Les doy cinco minutos para decidir si tomar el examen o irse. Cuando el plazo termine, repartiré las hojas.
Alonso sintió que algunas personas lo miraban, pero no le importó. Si la gente de verdad estaba ahí por leer un estúpido periódico no era su problema. Sí, la mayor parte de su motivación estaba con Nina, sin embargo, ya había explicado tantas veces que su hermana no estaba enferma que se había cansado de decirlo. Para empezar, ni siquiera sabía quién empezó a difundir aquel absurdo rumor.
Además, él era de los que se quedarían, aunque hubiese diez mil participantes y sólo una chanza de pegarle al premio gordo. No se echaría para atrás cuando ya estaba ahí, después de perder dos dientes y de que Ryloc lo humillara el día anterior.
Por último, él había hablado con Francis acerca de las cuotas en muchas ocasiones, preocupado. Francis le aseguró, tranquilo, que con unas cuarenta y cinco o cincuenta monedas de cobre al mes era más que suficiente para dormir, comer y pagar las cuotas de la academia. Alonso se quedó más tranquilo luego de escuchar esto, porque lo que solía ganar con dos o tres horas en las plazas era el equivalente a siete u ocho monedas, a veces incluso más.
Sus amigos también parecían seguros, al menos Meden y Duara. Berit se puso un poco pálido cuando escuchó a la maestra hablar. No obstante, ninguno de los ocho se paró para abandonar el aula.
Unos veinte sí lo hicieron. Se levantaron y, cabizbajos, desfilaron por la puerta. El aula estaba sumida en un silencio intranquilo.
Cuando quedaron sólo treinta y dos, la maestra cerró la puerta del aula y pidió a su asistente que repartiera unos folletos junto a un conjunto de hojas sueltas. Alonso recibió su folleto y sus hojas: se trataba de un libro de preguntas, mientras que las hojas eran para registrar las respuestas.
Alonso hojeó la parte final de su folleto. Su corazón dio un vuelco cuando vio que eran quinientas preguntas, y que además muchas de ellas eran de respuesta abierta. Por un momento se preguntó qué demonios hacía pegado a la silla en lugar de haberse ido con el resto, pero la voz de la maestra interrumpió sus pensamientos:
—Bueno, ahora que ya salieron corriendo los cobardes, es hora de que les dé instrucciones, queridos —Alonso levantó la mirada, sorprendido. Su tono de voz no era, ni por asomo, el mismo que acababa de usar hace unos minutos. Parecía más relajada y contenta. Casi parecía querer saltar de felicidad en su lugar. La mujer siguió hablando, ajena a la confusión de muchos ante su actitud—. Tienen en sus manos un examen escrito, de quinientas preguntas en total. Existen cincuenta preguntas para cada rama del conocimiento que deberían poseer: zadurí, historia, teología, geografía, política, oficios, aritmética, reacciones mágicas, ciencias y literatura. Deben obtener al menos treinta reactivos correctos por rama para tener derecho al examen oral. No hay límite de tiempo. Los apartados “número de registro” y “número de aciertos” serán llenados por los maestros, NO-LOS-TOQUEN. ¿Dudas?
—¿Qué pasa si sorprenden a alguien copiando? —preguntó una chica del fondo.
—Su nombre será agregado a la lista roja por tres años. Lo mismo va para quien se deje copiar.
—¿Qué es la lista roja? —preguntó Meden de inmediato.
Duara, susurrando, le mencionó—: Hay tres listas: la blanca, la roja y la negra. Los de la blanca son recompensados, como nosotros. Los de la roja son castigados y corren el riesgo de convertirse en indigentes. Los de la negra son repudiados por la sociedad y a veces son asesinados por considerarse una carga. Es mejor que te retrases un año a que te veten por tres.
Alonso estuvo de acuerdo con Duara. Las listas habían sido inventadas para llevar un orden dentro de las academias, pero las personas las habían extrapolado a cada aspecto de la vida. Si alguien estaba en la lista roja por cometer un robo, los meseros no le permitían entrar a los restaurantes, los tenderos les cerraban las puertas e incluso en la catedral los mantenían alejados de las cajas de colecta. Para los de la lista negra era incluso peor, porque exigían su ejecución inmediata. Daba igual si más adelante se demostraba la inocencia del inculpado: la mancha se quedaba en su nombre para siempre. Sí, aunque Zadur era próspero y bello, también tenía esa clase de cosas que daban qué pensar.
Con la amenaza de tres años en la lista roja, los aspirantes se centraron en sus hojas cuando la maestra les ordenó comenzar. Alonso escribió su nombre tanto en el folleto como en las hojas de respuestas, con una letra lo más clara posible. Era chueca y horrible, pero ahora se comprendía mejor.
Alonso comenzó con las preguntas de zadurí. “¿Cuál es la etimología de esta palabra?”, rezaba una pregunta. Y otra decía “¿De dónde proviene el término “shaaktu”?”. Y otra más: “Elige la opción que contenga todas las conjugaciones posibles de estornudar”. Las preguntas abiertas eran incluso peores: “Expón la razón por la que las palabras masculinas/femeninas terminan en -i/-e mientras que los pronombres lo hacen en ro/uura”. O: “Explica la agregación de la “l” a inkeor para decir inkelor”.
Después de una hora, Alonso consideró que había terminado con la materia. No estaba seguro sobre sus respuestas escritas, pero al menos sabía que unas treinta y nueve o cuarenta preguntas estaban bien. Suspiró. Pasó a la siguiente materia. Leyó la primera pregunta: “Elige el año en el que el segundo parlamento monárquico reinstauró el código legislativo dedicado a la esclavitud”.
Alonso volvió a suspirar. No tenía ni idea de qué estaba preguntándole el maldito folleto.






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