Minutos después, Alonso recordó haber leído algo al respecto. Lo recitó en su mente, febril—: “El intercambio de proyectos abolicionistas no fue suficiente para convencer a Mardon III de reformular la legislación vigente, por lo que las negociaciones con Vekrol fallaron. A la par que se gestaba una nueva guerra civil, Soria la Grande y sus hijos, Mitri y Mardon IV, dieron un certero golpe de Estado que dejó en el caos absoluto el palacio del rey. Durante el suceso, tanto Mardon III como el hijo, Mardon IV, fueron asesinados, por lo que Mitri ascendió al poder”. Bueno, sí, pero ¿qué seguía de ahí? “Mitri ascendió al poder… Ascendió al poder… Con los rebeldes a las puertas, Mitri se apuró a establecer el segundo parlamento monárquico de la historia de Zadur. No obstante, sus inclinaciones se delataron de inmediato, pues cada escalafón de la cámara parlamentaria fue ocupado por condes, marqueses y duques que ostentaban el máximo poder en el reino. Mitri fue acusado de derechista, por lo que el pueblo estalló contra él. Mitri y el parlamento se vieron obligados a recurrir al código legislativo que Mardon III había desechado tan solo siete meses atrás, en febrero del mismo año…”.
Año 1824. Alonso sonrió. Marcó la letra B en su hoja de respuestas. Continuó con las preguntas. La historia de Zadur era relativamente sencilla si se sabía que había evolucionado de reino a imperio y que tenía lo mismo de existir que la edad de Emilce Rodarmor, la princesa heredera.
Aunque Zadur tenía casi un milenio de existencia, no hubo tantos sucesos significativos durante el desarrollo de su etapa monárquica. Todo lo jugoso se encontraba desde el ascenso del Sacro Emperador en su juventud, veintisiete años atrás. Y, tal como el pensamiento de Alonso, el apartado del examen dedicado a la historia de Zadur se centraba casi exclusivamente en la historia del imperio. Apenas se preguntaba sobre la fundación y algunos días festivos importantes.
Las preguntas abiertas fueron un poco más difíciles que las preguntas del idioma. “Expón al menos tres batallas de la Guerra de Sucesión y quiénes fueron sus máximos contribuyentes”, decía una. Y otra, completamente descabellada: “Explica cuál sería el curso futuro de la ley de regulación agraria si la emperatriz no hubiese implementado los cambios aprobados en la sesión de cámara que se llevó a cabo después de la Masacre del Puente del Declive”.
Alonso volvió a sentirse perdido, pero una vez más superó el obstáculo.
Cuando ya daban las diez de la mañana, pasó a la siguiente materia. Era teología. Leyó la primera pregunta: “¿Cuáles son las religiones reconocidas que existen en el mundo?”. Alonso suspiró de alivio. Ésa era fácil. Sólo había tres religiones reconocidas: Weslen, Praskau y Ametur, y Alonso sabía la historia general sobre las tres. Además, sobre la religión de Amet se sabía también el Ekai Ala completo, aunque la maestra dijera que era algo absurdo.
Confiado, Alonso fue contestando las respuestas sin pensarlo demasiado. A, B, B, B, A, C, A, C, A, A, B… Llegó a la sección de preguntas abiertas, que abarcaba desde la 143 a la 150. “Explica el origen del nombre Amet”, decía una. Y otra: “¿Son tres o cinco esferas las que conforman el éter? ¿Por qué existe una confusión en la cantidad?”. Y una que hizo sudar a muchos: “¿De dónde vienen las flores?”.
Con flores el examen se refería a los niños mágicos. Alonso se había aprendido el poema épico de 996 versos endecasílabos a mitad del Ekai Ala que narraba el comienzo del amor entre los jinetes del éter y los humanos. Justo en ese poema, Alonso descubrió cómo algunos humanos habían adquirido el don de la magia y porqué se les llamaba flores. Todo lo explicó en su respuesta.
Cuarenta minutos después pasó a geografía, que era uno de los fuertes de Luthiel. Alonso recordó la sorpresa que se había llevado cuando vio al hombre dibujar a mano alzada el mapa del imperio, con todos sus accidentes geográficos finamente detallados: las montañas, los valles, las islas, los lagos, los ríos, las ciudades, las carreteras, los bosques, las fronteras. Si había alguien que conocía el imperio mejor que el mismo emperador, era Luthiel. Y Alonso, gracias a su memoria fotográfica, pudo identificar cuáles eran las ciudades costeras, las más importantes, los centros económicos, los bosques, qué río pasaba por dónde, e incluso cuáles eran los nombres de las calles que colindaban con el palacio del emperador.
Sin embargo, en geografía fue donde las preguntas abiertas comenzaban a inclinarse hacia un pensamiento estratégico y militar. La pregunta 194, por ejemplo, decía: “Te encuentras en el río Callan, a la altura del camino real de Arla. Un grupo de bandidos, de entre siete y diez, tiende una emboscada al cruzar el puente del río. Explica cómo usarías de forma individual el ambiente del lugar para repeler la emboscada y atrapar a los criminales”. Esta pregunta, de hecho, tenía para sí misma dos hojas completas en blanco, por lo que los examinadores esperaban encontrar una respuesta de al menos cuatro cuartillas.
Pronto sería mediodía cuando una chica arrancó a llorar, histérica—. ¡¿Cómo demonios voy a poder yo sola contra siete criminales?! —preguntó.
Dos maestros entraron para llevársela. Por supuesto, la chica reprobó el examen en ese instante. Alonso negó para sus adentros. No era como que los guardias se enfrentaran a esas dificultades. Para empezar, sólo los soldados tenían que lidiar con bandidos y asaltantes en las carreteras.
Llegó el turno de la batería de preguntas sobre política. Este era el fuerte de Ryloc, quien era un comandante responsable y devoto. Gracias a él, Alonso se había enterado de los principales movimientos políticos de la actualidad, así como la posición de los soldados en cada uno de ellos. Ryloc sabía que la intervención militar en asuntos ciudadanos era un asunto delicado, por lo que siempre estaba al pendiente del clima político de Leize.
Las preguntas abiertas, que abarcaban de la 241 a la 250, cuestionaban específicamente sobre inclinaciones y opiniones políticas, así como estrategias e implementaciones hipotéticas en las que el aspirante debía imaginarse como un miembro del parlamento imperial. Así, una pregunta decía: “En los últimos años, se ha propuesto desechar la ley de Rodelia referente a la poligamia. Elige una posición a favor o en contra y expón al menos tres argumentos con los que participarías en una deliberación pública”. Y una más: “Los académicos imperiales coinciden en que los niños mágicos deberían ponerse bajo el cuidado de la Torre Mayor tan pronto como son reconocidos. Toma ambas posiciones, a favor y en contra, y enumera tres argumentos para cada una”.
Alonso llegó a la pregunta 250. Era la una de la tarde. Se recargó en el respaldo de su asiento, mareado, tomó aire, y volvió a la carga con el examen. Dio la vuelta a la página. La siguiente batería de preguntas era sobre oficios.
No obstante, contrario a lo que esperaba encontrar (unas cuarenta preguntas de opción múltiple y las últimas abiertas), vio que el primer reactivo pedía: “Escribe sobre la línea el oficio sobre el que responderás las siguientes preguntas”. Alonso se sorprendió. Leyó la siguiente pregunta: “Describe el método de enseñanza con el que aprendiste sobre este oficio”. Y la siguiente: “¿A los cuántos años comenzaste a aprender?”. Y así con todas las preguntas: “¿Qué fue lo que te interesó sobre este oficio?”, “¿Qué es lo que se te da mejor?”, “Describe tres técnicas del oficio”, “Si aplica, explica la corriente artística a la que pertenecen tus conocimientos”, etcétera.
Alonso sintió, tal como con el apartado de teología, que otras cincuenta preguntas le habían sido regaladas. Después de todo, ¿quién podía competir contra catorce años de conocimiento sobre pintura? Alonso escribió con paciencia, con su horrible y mal trazada letra, acerca de la proporción áurea, los fondos, las dimensiones, el tipo de tinta que se debía usar para cada tipo de lienzo, cómo hacer bocetos, cómo preparar lienzos, la composición y limpieza de las brochas, cuál era la proporción de cada color de pintura para lograr tonos precisos, en fin, todo lo que los pintores le enseñaron con tanto esfuerzo durante años. Claro, todo eso había sido antes de que supieran que Alonso no podía trazar ni siquiera una línea recta.
A las dos de la tarde, el muchacho se enfrentó a su más grande pesadilla: aritmética. No sólo le parecían imposibles las treinta y seis preguntas dedicadas a hacer operación tras operación matemática, sino que se asustó tanto con las últimas catorce preguntas abiertas que un sudor frío le comenzó a correr por la espalda y por la cara. Cuando llegó a la pregunta 15, que le pedía “el cuarto de la cuarta parte de 4 a la segunda potencia”, Alonso se puso tan pálido que Meden gritó:
—¡Profe, creo que se va a desmayar!
Los aspirantes levantaron sus miradas, sacados de su ensimismamiento. Alonso se sintió peor cuando la gente lo volteó a mirar. La maestra se apresuró a ir con él, pero Mulligan fue más rápida: se sacó de la ropa la mitad de la batata asada que le quedaba y se la puso delante a Alonso. Este, ni bien la vio, la devoró al instante y suspiró aliviado. Un poco de color regresó a sus mejillas.
—Salgan un rato —ordenó la maestra en voz alta—. Dejen sus exámenes. Tomen aire. Vuelvan dentro de media hora.
Los aspirantes suspiraron al unísono. Agradecidos con la desgracia de Alonso, salieron precipitados del aula. Alonso, acompañado de sus amigos, también salió. Se relajó notoriamente cuando dejó de tener en frente la sección de aritmética.
Otros se echaron al césped, rendidos. La tercera de las chicas que habían sido recompensadas en la mañana, Emily Polidori, se sentó en un rincón y abrió su copia personal del Ekai Ala. Alonso suponía que la chica se había atorado en teología.
—No entiendo cómo es que esa enana puede hacer operaciones de tercer nivel —se quejó Alonso, nervioso.
—¿De qué hablas, Ryloc? —preguntó Meden, sorprendido—. ¿Ya vas en la sección de aritmética?
—Sí. Y es horrible. No entiendo nada. No sé nada. Necesito al menos treinta respuestas correctas o de nada me servirán las otras cuatrocientas cincuenta preguntas.
Araya, que miró alrededor y vio que no había aspirantes cerca, pidió a sus seis compañeros que se acercaran y comenzó a susurrar—: Las respuestas de las primeras treinta preguntas son D, D, A, B, B…
—Oh, ¡espera! ¡Espera! Necesito algo en qué anotar —le pidió Liam Sherr.
—Como te vean con acordeón te dan una patada y te echan —lo regañó Mulligan. Sherr se resignó.
Araya volvió a susurrarles—: D, D, A, B, B, C, A, B, B, D…
Cuando volvieron, Alonso supo que la respuesta a la pregunta 15 era 1, aunque no sabía cómo se llegaba a esa respuesta. No sólo eso, sino que se dio cuenta de que las anteriores catorce respuestas fueron erróneas. En definitiva, las matemáticas eran un no absoluto en su vida a partir de ese momento.
En las preguntas abiertas ni se permitió pensar. Alonso contestó cualquier cosa, seguro de que todas serían incorrectas, y pasó a la siguiente sección de preguntas antes de que se volviera a poner pálido.
Después de oficios y aritmética, el examen volvió a la normalidad que había caracterizado la mañana de Alonso. La siguiente sección era sobre magia. No obstante, aunque al principio preguntaba generalidades, los reactivos se iban haciendo más y más complicados. Por lo tanto, pasó de la pregunta 351 que decía: “¿Cuáles son las seis aristas de poder?” a la 384: “El grimorio de Riva explica que existen doce sensaciones que el usuario de magia debe percibir al momento de convocar el éter para una reacción elemental. ¿Cómo se distribuyen estas sensaciones según el tipo de elemento al que recurre el usuario?”.
Esta última, de hecho, era una pregunta que debía responderse sí o sí, porque la 385, la primera pregunta abierta sobre magia rezaba así: “Con base en la distribución hecha en la respuesta anterior, ¿en qué orden deberían percibirse las doce sensaciones para crear una reacción elemental de combinación de cuarto grado?”. Y la 386 que decía: “¿Qué pasa si la reacción elemental de combinación se transforma en una de contraste y se le quita un grado?”.
Entremedio, una pregunta hizo suspirar de alivio a Alonso. Decía: “Identifica cuál de estos trazos no es una marca de hechizo”. Eran justo las marcas que Alonso había visto que Luthiel dibujaba para probar a Nina. Contento, escogió la respuesta. Más tarde sabría que fue el único de todos los aspirantes a caballero que respondió correctamente la pregunta.
Sin embargo, la pregunta inmediata pedía identificar cuál era la de menor intensidad entre cuatro marcas que se veían exactamente iguales. Alonso se lamentó de no tener una visión mágica como la de Nina.
Cuando terminó, más o menos bien, siguió con la sección de ciencias. Este era otro de los fuertes de Francis, quien era un gran aficionado de la “nueva alquimia”, como solían llamarla las personas. Si bien seguía siendo complicado porque las ciencias también implicaban manejar números, era más sencillo explicar las reacciones químicas que dividir dos números potenciados con decimales.
Daban las siete de la tarde cuando Alonso llegó a la última sección del examen. Era nada más y nada menos que literatura. Sintió que la suerte le sonreía por tercera vez en el día.
Se puso a responder las preguntas, feliz. “¿Cuáles son los géneros literarios que existen?”. Fácil: narrativa, lírica, musical y teatro. “¿Cuál fue la primera obra de teatro?” también era fácil: la reina Kasteria escribió Romeo y Julieta, pero firmó la obra bajo el nombre de William Shakespeare, argumentando que la idea original era de ese hombre y no de ella. “Poema más importante del zadurí” era otra pregunta regalada para Alonso: se trataba del Azor Nosgat, un poema épico anónimo que narraba la trágica odisea de Garin y Deros, dos fieros guerreros de bandos enemigos que se enamoraron tras verse en una única ocasión y que, engañados por la malvada Manuz, se mataron el uno al otro.
Alonso cantó en su mente El cuentero bonachón cuando una excepcional pregunta le pidió explicar porqué los versos heptasílabos musicalizados gozaban de tanta popularidad entre las masas. Y luego, cuando le pedía explicar el origen verdadero de alguna canción popular, Alonso tarareó inconscientemente La botella de Aica hasta que la maestra carraspeó con incomodidad. Sintiéndose estúpido, Alonso recordó que esta canción no era algo que jóvenes de catorce años deberían conocer, a menos que hubiesen pasado sus días cantando junto a los borrachos de las tabernas o con piratas en altamar. Aun así, escuchó risitas entre los aspirantes; tal vez no era el único que conocía la canción.
Cuando llegó a la pregunta 500, Alonso se sintió mareado de nuevo. Eran casi las ocho de la noche. Los grillos llenaban el aire nocturno con su música. Las ventanas eran color negro, y hacía casi dos horas que la maestra había encendido las lámparas del aula.
Alonso suspiró. Revisó muy de pasada sus respuestas, sin esperanzas de corregir nada, cerró su cuaderno, preparó sus hojas y se levantó.
—Terminé —anunció.
—Permítame su examen —pidió la maestra. Alonso caminó hasta ella, con treinta miradas clavándose en su espalda—. Tome. Espere de diez a treinta minutos frente a la fuente de la sacra emperatriz. Verá su resultado en el tablón de números. Si aprueba el examen, puede dirigirse a la oficina del director: camina recto desde la parte frontal de la fuente, sube las escaleras hacia el segundo piso, dobla a la derecha y se forma en la fila. Eso es todo. Puede retirarse.
Abrumado por la información, Alonso asintió y tomó un cuadro de papel que la maestra le ofrecía. Contenía un número: 337. Antes de salir, miró fugazmente a sus nuevos amigos y les dijo con la mirada que los esperaría afuera. Eso, si podía.
Salió al fresco de la noche. De inmediato, tan pronto como se sintió relajado, a Alonso le rugió el estómago. Hacía tiempo que no sentía tanta hambre como en ese momento. Aunque lo había enfrentado con lo mejor que tenía, Alonso estaba tan famélico en ese momento que, si no comía algo, esta vez sí se desmayaría.
Una chica con una enorme canasta se acercó al muchacho. Era pequeña y rechoncha, pero llevaba en la cara una sonrisa que la hacía ver preciosa. La desconocida le dijo—: ¡Cortesía del director! —y depositó en sus manos un envoltorio de papel de unos veinte centímetros y una cantimplora de cuero.
A Alonso se le iluminaron los ojos—. ¡Gracias! —dijo, con sinceridad, y abrió la comida de cortesía. Era un pan relleno de mortadela, queso, aderezo, lechuga y tomate, que Alonso devoró tan pronto como lo vio. Después recordó que se había comido la batata de Mulligan de la misma manera, y se avergonzó de sí mismo. La cantimplora tenía un agua dulce que sabía a frutas. Alonso se la tomó de camino a la fuente, preguntándose cuánto dinero tendría el director para ofrecer comida y agua afrutada como cortesía a mil quinientas personas.
Junto a la fuente, en la que por fortuna ya no había rastros de sangre, un enorme tablón blanco estaba apoyado sobre dos recios pilares de madera. En su superficie, los números del 1 al 1550 eran proyectados con la tecnología más avanzada del imperio. El proyector consistía en un amplificador de imagen simple, que tenía una plataforma sobre la que se ponía la imagen que debía reproducir a gran escala. Alonso había leído que la reina Kasteria opinaba que la tecnología de Zadur era todavía muy rudimentaria, pero nadie entendía de lo que hablaba. Para los zaduríes, los adelantos eran magistrales y cada día eran mayores las comodidades.
Los números 1132 a 1550 estaban tachados con tinta gris. Alonso se preguntó quiénes serían los poseedores de estos números, y luego escuchó a unos tipos, a dos metros de él, que hablaban sobre esto:
—Son los vetados de la mañana y los que se asustaron con los discursos de los maestros… Sólo querían espantar a unos cuantos para reducir números y fíjate qué bien les funcionó. De 1550 aspirantes a 1131 en diez minutos…
Unos cinco minutos después de que Alonso escuchara esto, una chica abrió un plumón verde y comenzó a subrayar los números que su compañero le dictaba. Todo se vio en el tablón. 13, 22, del 41 al 49, 76, 95, 119, 338 (Alonso sudó) y otros tantos se iluminaron en verde. Los poseedores de estos números comenzaron a marcharse. Un muchacho rompió su número de papel y lo tiró al césped antes de irse. Eran los reprobados.
Después, la chica cerró el plumón verde y destapó uno rosa. Alonso entrelazó los dedos con fuerza, atento. Los números en el tablón comenzaron a pintarse de rosa. 1 al 12, 15, 17 al 21, 23 al 40 y así sucesivamente hasta que llegó al 336, lo pintó, se saltó el 337 y continuó con el 339. Alonso frunció el ceño, angustiado.
Su ansiedad empeoró cuando una chica gritó de emoción al ver el 401 ser iluminado. La muchacha recogió sus pertenencias y se marchó corriendo rumbo a la oficina del director.
Y entonces, la chica de los plumones tapó el rosa y destapó uno rojo. 14, 16, 50, 117, 337. Alonso abrió la boca, confundido.
—¿Qué significa el rojo? —preguntó al aire.
—¡Hombre, qué suerte! ¡Los rojos son los mejores cien! —exclamó alguien.
Alonso se cubrió la cara con las manos, inspiró y expiró con energía. Cuando levantó la cara, tenía la más exultante de las sonrisas.
Lo había logrado.






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