Sin dar señales de cuál era su número, Alonso se levantó, hizo bolita la envoltura de su cena y se colgó la cantimplora de uno de los tirantes de su pantalón. Caminó lentamente hacia la oficina del director, no sin antes pasar por los contenedores de basura, que eran de distintos colores.
Alonso sabía, por libros que leía, que en el pasado sólo existían unos cuantos contenedores en ciertas partes de las ciudades. Las enfermedades e infecciones abundaban en las grandes ciudades, y en las aldeas se convertían en pestes que masacraban a los habitantes. Nadie sabía de qué se trataba, hasta que la tercera reina se apersonó en algunas partes del imperio.
El sacro emperador, que estaba furioso con la libertad que se había tomado la joven reina, se dio cuenta de que los únicos que no enfermaban eran los nobles. Estos mantenían una cultura de higiene, lejos de la basura, debido a que era su afán el de mantener una imagen con la que pudieran competir entre ellos por el poder de los círculos sociales. La reina Kasteria, indignada con el emperador, le preguntó porqué no se había abocado a enseñar las mismas costumbres a los ciudadanos comunes; señaló al emperador como el culpable, pues siendo el hombre más respetado y obedecido de todo el continente, era obvio que la gente le haría caso si él decía algo.
Aunque el pueblo se enojó contra la reina Kasteria por su osadía, el emperador le dio la razón. ¿Qué puedo hacer para erradicar estos problemas de salud pública?, le preguntó. La reina Kasteria habló inmediatamente de tratamiento de aguas, acueductos, separación y reciclaje de basura, e higiene personal. Para llevar a cabo una promoción a gran escala, los nobles y la familia imperial, sin excepción, tuvieron que abrir las puertas de sus casas para mostrar mediante fotografías, pinturas y grabados cómo mantenían la salud y la limpieza.
Todo esto Alonso lo sabía porque Marshal Dril y sus pintores fueron convocados a los barrios prestigiosos de Leize en su momento. Él era muy pequeño, así que sólo recordaba haberse quedado en su rinconcito dos o tres días, y que los pintores le habían enseñado a bañarse y a limpiar después de aquello, motivados por lo que vieron en las casas de los nobles.
La reina Kasteria fue más allá e implementó algo que conocía de su propio mundo: la separación de basura en contenedores de colores. Así, los restos de comida iban en un contenedor verde, el vidrio y el cuero en uno amarillo, el papel en uno café y cualquiera que no entrara en esas clasificaciones en uno gris. Decía que era más fácil en el imperio porque no existía el “plástico”, que era un material transparente, como el vidrio, pero sumamente ligero y que no se rompía si se caía o se golpeaba. De todos modos, la reina Kasteria estaba completamente segura de que algún día existiría, así que dejó la instrucción futura de que ese plástico iría en un contenedor azul.
Alonso no sabía qué era el plástico, pero tenía curiosidad. Había tantas cosas de las que la reina Kasteria hablaba en entrevistas y programas nacionales que las personas a veces creían que desvariaba. Sin embargo, todo mundo conocía la historia de su llegada a Ala. De cómo unos soldados la esposaron, la montaron en la grupa de un caballo y la presentaron, casi desnuda, ante el Sacro Emperador, diciendo que se habían encontrado de pura casualidad con la flor de Elizer. De cómo el Anillo Ilustre la reconoció como una fuerza que apoyaría al imperio, y cómo los nobles se interesaron de inmediato por tenerla como hija o nuera. Por supuesto, al final el emperador se hizo con la victoria, pero todos sabían que fue él quien se tuvo que arrodillar frente a una mujer que sólo creía en la monogamia.
Hasta ese día, en el que Alonso depositó en el contenedor café el envoltorio de su cena, todos admiraban lo que la reina Kasteria enseñaba sobre su mundo. Ella conocía a los coreanos, de quienes el imperio había tomado el ritual de alimentarse sobre una mesa con varios platos, contaba una historia muy diferente acerca del origen del idioma de los aurundus y venía de un sitio donde la tecnología del imperio parecería de varios siglos atrás. Ella era, en definitiva, una figura tan enigmática como el emperador, que podía comunicarse con los Vanir y con la misma Amet, o como la emperatriz, que defendía el origen de la reina porque ella misma había conocido en persona a una condesa de otro continente que era poseída por personas que probablemente venían del mismo sitio que la tercera reina.
Alonso se perdió en estos pensamientos hasta que vio junto a él a un chico alto. Tenía una cicatriz en la mejilla, usaba anteojos y una capa de viaje encima de la ropa. Seguro que venía de un sitio lejano. A Alonso le recordaba a algún académico imperial, de esos que se la pasaban con la nariz metida en los libros y no se interesaban mucho por el imperio a menos que afectara de forma directa sus actividades.
—¿Vino a hacer el examen de maestro? —le preguntó al muchacho.
El de anteojos, sorprendido, le respondió con otra pregunta—: ¿Doy esa imagen? Debí hacerle caso a mi hermana. Dijo que los examinadores me confundirían con un aspirante a maestro si me veían con estos fondos de botella, pero andaba con el tiempo ajustado y no quise comprarme unos lentes más decentes.
—¿Entonces no vino para ser maestro? —preguntó tontamente.
El desconocido se rio—. No. Voy a ser caballero. Mis hermanas se van a casar con nobles de la capital. Mis padres están muy preocupados al respecto, así que me pidieron cuidarlas de cerca. Supongo que quieren que estemos todos juntos, aunque yo sea un plebeyo trabajando en el palacio.
—¿Eso significa que sabe qué es lo que preguntan en la entrevista?
—¡Claro! Los cinco profesores hacen una pregunta cada uno. Puede ser una pregunta retórica, o estúpida. Debe responder a cada pregunta y satisfacer a cada profesor con su respuesta si quiere pasar. Buena suerte, Ryloc.
—¿Sabe quién soy?
—¿Y quién no? —se encogió de hombros. Alonso se sintió sonrojar—. Me marcho, Ryloc. Buena suerte. Soy Robin Addien. Llámeme Robin, o Addien, por favor.
—Llámame Alonso, Robin —concedió, chocando su mano con la del muchacho.
Cuando se despidió de Robin, Alonso se encaminó hacia la oficina del director. 401 y toda una fila de unos cincuenta o sesenta aspirantes ya estaban esperando por delante, así que el muchacho se fue a formar al final de la cola. Unos tres o cuatro aspirantes después, Mulligan llegó a la fila, palmeándole el hombro.
—¡Ryloc! ¿Cómo te sientes?
—No me voy a desmayar, si es a lo que te refieres —respondió el muchacho, divertido de su propia situación—. Por cierto, toma.
Alonso se sacó del bolsillo una moneda de oro y la depositó en la mano de Mulligan. Ella, confundida, preguntó porqué estaba recibiendo dinero.
—Tu batata…
—¡Ja, ja, ja! Una verdura asada no vale tanto, Ryloc. Te daré el cambio cuando me compre una nueva.
Un rato después, cuando había treinta por delante y casi veinte por detrás, Linda Araya y Emily Polidori se formaron una junto a la otra, aunque no se hablaban. Cuando sólo estaba 401 por delante de Alonso, el resto de los chicos les dieron alcance. Pero Mulligan, que en todo estaba, gritó a la fila:
—¡Eh! ¡¿Dónde está Berit?!
Alonso se fijó, curioso. De los ocho que habían sido recompensados por el director, Derio Berit era el único que no estaba formado en la fila. La voz de Sherr surgió de entre las personas que estaban al final:
—¡No pasó! ¡Dijo que nos alcanza el próximo año si nosotros pasamos aquí!
—¡Qué mal asunto! —opinó Araya.
—¡Es cierto, parece buen muchacho el pobre! —gritó a su vez Mulligan.
—¡Hagan el favor de callarse! —gritó alguien desde la oficina. Mulligan cerró la boca entre risas, contagiada por la diversión del resto—. ¡Siguiente!
La chica que llevaba el número 401 cerró los ojos, aspiró con fuerza y entró a la oficina, cerrando la puerta. Cinco minutos después, salió de la oficina, se arrodilló frente a Alonso y abrió los brazos hacia la luna, llorando.
—¡Por fin! —gritó.
Mulligan, que no entendía nada, comenzó a aplaudir y ovacionar a la muchacha. Los de atrás le siguieron la corriente. Alonso también.
—¡Es mi tercer intento y por fin pasé!
—¡Oh! ¡Felicidades! —exclamó Mulligan, sincera.
Entre las ovaciones de la gente, Alonso no escuchó el “¡Siguiente!” desde adentro de la oficina. Una cara disgustada se asomó por el filo de la puerta y gritó con voz chillona—: ¡Dije que se callaran! ¡Siguiente!
Alonso tuvo un severo impulso de reírse en la cara del hombre, pero aguantó con todo lo que pudo. No obstante, Mulligan y el resto sí que se carcajearon de lo lindo. El hombre entró, con Alonso tras él. Este cerró la puerta. En seguida las risas de los aspirantes se apagaron.
La oficina era un lugar ricamente decorado, que nada tenía que ver con la oficina llena de libros y desorden que Ryloc poseía. Este sitio sólo tenía un escritorio individual al fondo y una mesa en forma de U en el centro. Las puntas de la mesa apuntaban hacia la puerta, y cinco sillas estaban colocadas en su parte exterior. Dos mujeres estaban sentadas a la izquierda de Alonso (este reconoció a la maestra que lo había registrado en la mañana), dos hombres a la derecha y Emilio Arantes en el centro, como correspondía al director de la academia.
—Su número —exigió el profesor chillón. Si bien estaba más calmado, su tono de voz todavía era brusco. Alonso le dio su cuadrito de papel—. Número 337 —leyó.
—Oh, con que usted es el 337 —se impresionó el otro maestro—. Preséntese, por favor.
—Soy Alonso… William Ryloc, hijo de Sir Puño de Hierro, comandante del octavo regimiento imperial. En enero cumpliré los quince años. Sin promesa de matrimonio.
—¿Sir… quién? —preguntó la maestra de la mañana, risueña—. ¿A quién le pertenece ese apodo?
—Creo que sabe a quién me refiero, profesora. Si Sir Puño… quiero decir, si mi padre se entera de que no lo llamo “Sir Puño” estoy seguro de que me dará una paliza. Por alguna razón le gusta el ridículo nombre que le puse.
La maestra se comenzó a reír a mandíbula batiente.
—Pero es extraño… ¿El comandante Ryloc tenía hijos? —preguntó el otro maestro.
El maestro chillón, desdeñoso, le dijo—: Si es o no su hijo, puede formular esa pregunta cuando comience la entrevista.
—Bien, continuemos —tomó la palabra el director. La maestra se calló de inmediato. Los hombres dejaron de tirarse miradas asesinas para concentrarse en Alonso. Este, impresionado, sólo sabía de ese nivel de autoridad en las juntas imperiales, a las que se imaginaba a veces como el vocero del emperador que calla de tajo a todos los presentes con una mano—. Yo, Emilio Arantes, mediante mi autoridad, doy por comenzada la sesión con Alonso Ryloc, número 337. ¿Quién desea comenzar?
Los cuatro profesores alzaron las manos casi al mismo tiempo. En el futuro, cuando Alonso se acordara, lo haría con una sonrisa en la boca: eran como niños ávidos de información. Por supuesto, estando frente a ellos no lo veía de esa forma.
La segunda maestra, a la que Alonso no conocía, fue la más rápida de los cuatro. Cuando Arantes le concedió la palabra, ella se giró hacia Alonso y señaló con la cabeza a la muñeca izquierda del muchacho.
—Hay un listón con triple amarre en su muñeca, señor Ryloc. ¿Cómo lo recibió?
—Ah… Eh… La dama Sally, Sally Evas quiero decir, me lo dio en señal de agradecimiento por salvarla de ser aplastada esta mañana. Uno de los que fueron expulsados estuvo a punto de caer sobre ella.
—¿Agradecimiento, dices? —preguntó la mujer, aunque tal vez era una pregunta más para sí misma. Sonrió con burla y complicidad, pero no dijo más al respecto—. Aprobado.
Alonso sintió mariposas en su estómago. Si aprobaba, le regalaría una pulsera a Sally Evas. Inmediatamente, sin permitirle celebrar su primera victoria, el profesor chillón levantó la mano. Arantes le concedió la palabra. Ordenó a Alonso:
—Conjugue el verbo callar en al menos tres tiempos verbales.
—Muy bien. En presente: oru kaelu, pran kaelon, prani kaela, efi efe kaela, kutil kaelkut, pranil kaelal, efil efel kaelal… En pretérito perfecto, eh: oru kaelio, pran kaelara, prani kaelun… efi efe kaelun, kutil kaelkut, ehh, pranil kaeloril… efil efel kaeloril. Y en…
—Futuro intencional.
—¡Oh! Eh… oru turo sa kaelor, pran ton sa kaelor… prani… prani to sa kaelor, efi efe to sa kaelor, kutil tokut sa kaelor… pranil toa sa kaelor… y efil efel toa sa kaelor. ¿Es correcto?
El maestro compuso una fina línea por un instante, decepcionado. Luego dijo—: Aprobado.
Alonso sonrió abiertamente. Sólo tres preguntas más…
El otro profesor tomó la palabra. Fiel a lo que había preguntado al principio, cuestionó—: ¿Es usted realmente el hijo de Sir Ryloc, o una treta?
—Sir Puño me adoptó. Hasta hace un mes era un cachorro… Quiero decir, un paje en el taller de pintura de don Marshal Dril. Tengo conmigo el documento de adopción aprobado por si necesita revisarlo.
—No es necesario. Interesante historia… Aprobado. Adelante, Muriel.
Muriel, la profesora que tanto se había reído a costa de Alonso, dijo:
—Muy bien. ¿Qué color cree que tienen las marcas de hechizos, Ryloc?
—Son doradas —aseguró, sin atisbo de duda.
Muriel se recargó en su silla, como si hubiera recibido una patada en la cara. Se quedó callada por unos segundos, igual que los otros cuatro, luego preguntó—: ¿Por qué cree eso?
—No lo creo, maestra. Lo sé. Mi hermanita puede ver la magia y me ha dicho la intensidad con la que brillan las marcas. Pero siempre son doradas.
—¡Una niña que ve el color de la magia! —se sobresaltó la otra maestra.
Y el chillón dijo—: Imposible. No ha nacido nadie tan capaz desde los tiempos de los Siete Terrores de Elizer.
—¿Cuántos años tiene su hermana, Ryloc?
—¿También fue adoptada por Sir Ryloc?
—¡¿Pero no acaban de escuchar?! ¡Son doradas! ¿Quién lo sabría, si no es mago?
—¡Silencio! —ordenó Arantes. Alonso saltó en su lugar. Los maestros se volvieron a callar, pero esta vez se removieron en sus asientos, ansiosos—. Estamos reunidos para saber sobre Alonso Ryloc, no sobre su hermana. Señor Ryloc, le ordeno que no vuelva a hablar sobre su hermana, ni siquiera a gente de su círculo más allegado. Los niños mágicos suelen estar en constante peligro a lo largo y ancho del imperio. Ella misma podría ser víctima de algún ataque. Así que, hasta que la niña sea capaz de cuidarse a sí misma, no vuelva a abrir la boca para soltar información tan delicada. ¿Lo entiende?
—Perfectamente. Disculpe la soltura de mi boca, señor director.
—Excelente. ¡Aprobado!
Alonso abrió la boca, confundido. Se sintió como si hubiese saltado un escalón sin darse cuenta.
—¡Espere! Usted no me ha preguntado nada —reclamó.
—Estoy completamente seguro de que acabo de hacerle una pregunta y usted la respondió, Ryloc.
Sorprendido, Alonso repasó las palabras del director. Una pequeña risita se le escapó cuando comprendió. En efecto, había respondido a su pregunta.
—Con cinco respuestas correctas, el señor Alonso Ryloc aprueba su examen de ingreso a la Gloria de Arantes. Muriel, explique el procedimiento a seguir.
—Claro, señor —accedió la mujer—. Las clases comienzan el 1 de enero. Debe presentarse el 31 de diciembre en la academia con sus pertenencias, a más tardar las cinco de la tarde. En caso de no presentarse, su plaza será cedida a algún aspirante que no haya aprobado la entrevista.
—¡Oh! Algo más —dijo el director—. Número 337, ¿cierto? ¿Cuál es el puesto del número 337, Roud?
El chillón contestó—: Dos.
—¿Dos qué? ¿Dos? ¡¿Dos?! —preguntó Alonso, estupefacto.
El corazón le martilleaba en el pecho. Sintió la sangre correr a máxima velocidad por su cuerpo. Las piernas le temblaron. Algo se agitó en su interior. La palabra rebotó y se hizo eco en su mente como una tormenta removiendo aguas agitadas.
Dos, dos, dos, dos, dos, dos, dos, dos, dos…






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