Alonso rompió a llorar. Muriel y Roud y también los otros tres, pasmados, miraron al muchacho con los ojos bien abiertos.
—No tiene porqué llorar así, Ryloc. Un segundo lugar no es tan malo… —trató de consolarlo Muriel, afectada por el llanto del muchacho.
No obstante, éste, ajeno a las palabras de la mujer, gritó—: ¡Gracias! ¡Gracias, gracias, gracias! Seré el mejor durante estos dos años. O, bueno, el segundo mejor, ja, ja, ja.
Un suspiro colectivo se escuchó desde la mesa. El director, divertido, ordenó a Alonso que saliera de una vez.
—¡Gracias! —gritó Alonso una vez más.
Salió de la oficina limpiándose las lágrimas. Mulligan, sin saber lo que había pasado, se compadeció del muchacho y le dijo—: Si quieres te regreso tu moneda de oro.
Alonso se rio, divertido—. No importa, quédatela, Nancy. Tengo que ir con mi hermana.
—Pero…
—¡Te veo en clases! —gritó, comenzando a correr.
Mulligan le dedicó la más amplia de las sonrisas y lo vitoreó, gritando su nombre. La fila entera celebró con él.
Molido, Alonso miró a izquierda y derecha cuando salió a las calles. Los alrededores de la academia estaban abarrotados de puestos de comida, vendedores ambulantes y personas, como si un festival se llevara a cabo. En realidad, eran todos los familiares esperando a sus hijos por buenas noticias. Por supuesto, Ryloc y los pintores tenían que trabajar, y Nina era muy pequeña para andar sola. Además, ni Luthiel, Kasteria o Francis tenían ninguna obligación con él.
Vio a un muchacho ser abrazado y lanzado al aire por su padre orgulloso. A Alonso se le apagó un poco la sonrisa al ver cómo el muchacho le gritaba a su padre que parara, que lo estaba avergonzando. El hombre, ignorándolo, siguió sonriendo y gritando “¡Mi muchacho es el mejor!”. La madre, junto a ellos, también aplaudía el éxito de su hijo.
—Disculpe, necesito un boleto para la estación Búho —pidió Alonso cuando llegó hasta el puesto de boletos de tren, que era una improvisación cerca de la academia para todo el que necesitara viajar. Cuando había sucesos importantes, como el examen de ingreso, el tren se mantenía funcionando hasta altas horas de la madrugada.
Alonso pagó siete monedas de cobre por su boleto y caminó hacia la estación de tren, que estaba a tres manzanas de la academia. Las calles estaban bien iluminadas y en su apogeo. Después de todo, aun eran las nueve de la noche.
En silencio, Alonso se dirigió a su vagón y se sentó en un asiento confortable. Alrededor, los recién ingresados hablaban a grito pelado con sus familiares y amigos. Les contaban lo que venía en el examen, acerca del alboroto de la mañana y de cómo un muchacho había recibido un montón de listones desde que estaba formado para entrar. Al escuchar esto, Alonso se hundió en su asiento y fijó su mirada en el cristal, esperando que no lo reconocieran.
Unos cuarenta minutos después, cuando el tren estaba a punto de irse de la estación Búho, Alonso despertó sobresaltado y se bajó corriendo del vagón. Entró a un lobby solitario y medio oscuro, donde un guardia leía el periódico detrás del mostrador, en su garita. Este alzó la mirada y, cuando vio que Alonso parecía bastante típico y poco amenazador, volvió a su lectura.
Alonso salió al fresco de la calle. Un borracho lo saludó (¡Hey, cachorro!), pero en la oscura noche el muchacho no pudo identificarlo; sólo regresó el saludo. Diez minutos después, estaba parado frente al taller de Marshal Dril, pero la entrada estaba cerrada con candado y las ventanas estaban oscuras. Alonso sintió un profundo desasosiego, pues no esperaba ver la casa cerrada.
—¡Eres tú, Alonso! —gritó una señora desde su ventana. Era Rosabund, la carnicera. Ella vivía al lado del taller y seguido le regalaba chuletas y milanesas a Alonso cuando todavía era un cachorro—. Don Dril salió hace unas horas con la niña. Se los veía muy apurados. Será mejor que vayas a revisar tu casa, escuché que alguien había quemado algo.
—¡Gracias, doña Rosa! —gritó Alonso, antes de arrancar a correr.
A pesar de la urgencia y la confusión, en medio de aquel remolino de sentimientos, Alonso notó algo extraordinario. Esto era que, en comparación con aquella vez en que había llorado frente a todos porque no pudo proteger a Nina de un secuestrador, ahora podía correr más rápido y sin resollar. Llegó a la casa en un suspiro, con el corazón martilleándole el pecho. Incluso así, no le faltaba el aliento ni se sentía exhausto.
Se sacó del bolsillo las llaves y con temblorosas manos introdujo la llave en la cerradura. Todo estaba oscuro y silencioso. En su casa tampoco había nadie… Abrió la puerta de par en par y dejó que la luz fantasmal de la linterna de la calle iluminara la entrada del lobby.
—¡Nina! ¡Nina, ¿estás aquí?! ¿Dónde demonios está el…? ¡Ah! —en medio de su retahíla, Alonso sintió que alguien se aferró a su cintura. Gritó de miedo.
Una luz cegadora iluminó la estancia y el muchacho cerró los ojos por un momento, sorprendido. Cuando los abrió, vio la escena frente a él: Marshal y su esposa, así como sus hijos y los pintores estaban ahí con sus mejores ropas. La señora no llevaba ese delantal grasoso que nunca se quitaba, y los pintores parecían haberse bañado y peinado (cosa rara en ellos, porque siempre decían que era una pérdida de tiempo y de inspiración).
No sólo estaban ellos: al menos una veintena de soldados y sus esposas, un montón de chiquillos, Luthiel, Kasteria y Francis también estaban ahí. Ryloc, siempre dominando la escena, estaba en medio de todos, con una sonrisa exultante.
Las paredes estaban adornadas con flores de papel y serpentinas de colores, y las cuatro patas de la mesa soportaban una enorme cantidad de comida y platillos de diferentes partes del imperio. Había pollo horneado a la miel, brochetas de res con pimiento, pastelitos de crema, jugos, vinos y un enorme barril de cerveza. Alonso sintió su estómago moverse cuando percibió el olor de la comida desde la cocina, donde otro banquete esperaba a ser llevado a la mesa principal.
Nina, desde su abrazo, subió la cara para sonreírle a Alonso. Justo en ese momento, la gente se arremolinó alrededor del muchacho, gritando preguntas.
—¿Cómo te fue, Ryloc?
—¡No te desanimes, sólo es un año más!
—¡Mi hija estudia en Vandla, puedo presentártela!
—¡Prueba el pollo, es exquisito! ¡Por supuesto que lo hice yo!
—¡¿Tal vez te gustan los varones?! ¡Mi hijo está próximo a ser académico!
—¡Mejor mi hija, no le hagas caso a este zoquete!
—¡La mía, hombre, lleva semanas pidiéndome un autógrafo de este enclenque!
—¡Y los pastelitos están rellenos de crema de durazno, como te gusta…!
Ryloc palmeó una, dos, tres veces, y los soldados se callaron al instante y se cuadraron. Por pura inercia, sus esposas, los niños, los pintores y el matrimonio Dril se callaron junto a todos, aunque Alonso pudo escuchar una o dos risitas viniendo de las mujeres. Era como si no se creyeran que sus vagos e infantiles esposos fueran fácilmente controlados por su jefe.
—Permitamos que el señor Alonso Ryloc se exprese por sí mismo —pidió el comandante, todavía con la sonrisa en la boca—. ¿Cómo te fue, alfeñique?
—Bueno, yo… —comenzó Alonso. Bajó la mirada, acarició la cabeza de Nina, suspiró con pesadez. Sintió cómo el ánimo en la gente decayó al instante.
No pudo mantener la máscara por mucho tiempo. Rompió a reír hasta que se quedó sin aliento, como si hubiera escuchado el mejor chiste de la vida, y cuando recuperó un poco de aliento, gritó—: ¡Fui el segundo lugar y tengo una recompensa de 360 monedas de cobre durante un año!
—¡El segundo!
—¡Segundo lugar!
—¡¿360 monedas?!
Kasteria se apuró a apartar a Nina en ese momento, porque los soldados se reunieron alrededor del muchacho y lo comenzaron a lanzar al aire. Pronto, como un acuerdo tácito entre hombres, Francis, los pintores, los hijos adolescentes e incluso Luthiel se unieron a la pandilla y participaron de la celebración. Las mujeres reían a carcajadas, los niños gritaban con emoción.
—¡El maldito incluso consiguió listones!
—¡Hombre, la mitad de los aspirantes deben estar enamorados de este idiota!
—¡También tuve mi primer beso! —informó Alonso, emocionado.
Algunas mujeres se ahogaron de la risa, enternecidas por el muchacho.
—¡Este traidor!
—¡El castigo de los besos! ¡Besos!
—¡Eh! ¡No! ¡No lo hagan!
Alonso conocía bien la costumbre. Era una broma que a menudo se gastaban los jóvenes, y no era exclusiva de varones estúpidos y alborotados: sabía que las mujeres incluso se toqueteaban o dejaban chupetones por doquier. Entre hombres era menos cercano, pero no dejaba de parecer salvaje, porque un pintor y un soldado sostuvieron a Alonso de los brazos para que no escapara.
Una fila desorganizada se formó frente a él. Entre risotadas, los hombres le jalaron el cabello, le besaron la frente, las mejillas. Algunos lo mordieron, otros le eructaron en la cara. Uno le pasó la lengua por la frente, otro le metió el dedo en la nariz, otro le lanzó un moco a la cara. Francis se acercó peligrosamente a él, pero le dio un cabezazo que lo mareó. Kasteria, que también iba en la fila, le besó la nariz y luego le jaló la oreja.
Cuando Alonso todavía se estaba quejando de la capitana, Luthiel le metió una pluma a la nariz y lo hizo estornudar. Todos reían. Marshal apenas le dio una palmadita en el hombro, y Ryloc en la mejilla, con orgullo.
Unos minutos después, despeinado, rojo, con marcas de dientes por toda la cara, babeado y ahogado de risa, Alonso volvió a ser abrazado por Nina. Ella gritó:
—¡Te quiero mucho, Alonso! ¡Quiero ser tu hermana para siempre!
Los hombres lo soltaron. Alonso, conmovido, levantó en volandas a Nina y la apretó en su pecho.
—¡Para siempre, Nina! —correspondió.
Entonces, por fin, Alonso llegó a casa.






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