16. Padres adoptivos

16. Padres adoptivos

La fiesta dejó noqueados a veinte soldados, que se recostaron en el suelo frío y duro de la casa de Alonso Ryloc mientras sus esposas los regañaban por dar tan mal ejemplo a sus hijos. Los niños, a los que no les importaba en absoluto, habían jugado subiendo y bajando las escaleras toda la noche hasta que comenzaron a caer uno tras otro en los brazos de sus madres.

Los adolescentes, que eran más o menos de la edad de Alonso, se reunieron a su alrededor para discutir entre ellos sobre chicas, espadas, comida y el examen de Arantes. Había otros aspirantes como él, muchos de ellos aprobados, pero el protagonista de la noche era Alonso. También había muchachas en la fiesta, y aunque descubrieron a la hija de un pintor con el hijo de un soldado a punto de hacer cosas innombrables en la parte oscura del balcón (cuando por suerte los niños ya se habían ido a dormir), ellas se mantuvieron apartadas tanto de los grupos adultos como el de los muchachos y se limitaron a estar junto a la capitana, platicando y comiendo entre ellas.

De todos modos, las miradas y las risitas entre los muchachos y las damas no faltaron. Incluso Alonso se fijó en una linda muchacha de piel aceitunada, hija de uno de los soldados con los que había peleado durante su prueba. Tan pronto como la chica pestañeó en señal de interés y Alonso le dirigió una pequeña sonrisa, este sintió un escalofrío en la espalda. Miró al grupo de hombres. El padre de la chica se tronó los dedos, serio, y le gritó a Alonso:

—¡Deberíamos arreglar más encuentros, muchacho!

Él no volvió a mirar a la chica en toda la noche.

Más tarde, cuando los ánimos de la fiesta se apagaban poco a poco porque los asistentes comenzaban a despedirse o a caer dormidos, Alonso pasó un momento al piso de arriba. Vio a Francis y a otros tres soldados apostados en la puerta del dormitorio de Nina, platicando entre ellos.

—¿Ya está dormida? —preguntó Alonso con ligereza.

—En realidad no. Ella y sus cuatro amigas llevan una hora jugando a la casita. No te preocupes y ve a lo tuyo, nadie las va a molestar —prometió Francis.

Sí. En verdad los protectores del imperio se desvivían por cuidar a los niños pequeños, sobre todo a las niñas. Para todos era común y perfectamente normal ver a cuatro soldados custodiando la puerta del dormitorio de una niña pequeña en medio de una fiesta, a pesar de que todos los asistentes eran de confianza.

—Bueno, se los agradezco —dijo Alonso con sinceridad.

Mientras Nina pudiera jugar plácidamente con sus juguetes y sus amigas, lo que menos le importaba era que fuera Francis quien la cuidara de cerca.

Alonso entró a su dormitorio y se desabrochó el saco. Se quitó las botas, se sacó de los bolsillos el dinero, la comida y otras cosillas que llevaba junto a él y comenzó a retirarse los listones para guardarlos en su cofre. Alguien entró a su cuarto en ese momento.

—Disculpe, el baño está del otro lado —informó, sin levantar la vista de su actividad.

—Señor Ryloc —lo llamó una voz dulce. Era la hija del soldado—. Soy Dennia.

—Señora Dennia, ¿qué hace en mi…?

—¿Puedo darle un beso?

—¿Beso? ¿Por qué? —preguntó. Escuchó las risas de las chicas al otro lado de su puerta. Se sintió avergonzado. Esa de seguro era una apuesta, o tal vez la muchacha había perdido en verdad y reto. Su puerta estaba ligeramente abierta, y vio unos cuantos ojos mirando a través de la rendija—. Venga, señora Dennia.

Dennia se acercó a Alonso. Era pequeña y olía a flores. Cuando Alonso le acarició la mejilla y se acercó a ella, sin besarla de verdad, las chicas de afuera gritaron y comenzaron a reír a carcajadas.

—¿Qué demonios se supone que hacen? —preguntó la voz de una mujer en el pasillo. Las muchachas salieron corriendo.

Al final, la hija del pintor, su nuevo novio, Alonso y la chica de piel olivácea fueron castigados por un largo rato hasta que los adultos se olvidaron del asunto. En medio del castigo, la chica le susurró a Alonso:

—Si me iban a castigar me hubiera besado de verdad.

Alonso se disculpó, sonrojado.

Sin embargo, por la mañana, cuando todos se fueron, Alonso descubrió un nuevo aspecto de la vida social que realmente odiaba. Era que, tras una fiesta de aquel calibre, con tantos adultos borrachos, adolescentes alborotados y niños ruidosos, el desastre en la casa era catastrófico. Todos los trastes estaban sucios, restos de comida manchaban las mesas y el suelo, la casa entera apestaba a alcohol y tabaco, las huellas de pisadas estaban por todas partes, una maceta y varios platos rotos, el baño estaba asqueroso… En fin, que hasta Nina se había llevado su parte de desastre porque despertó con las mejillas coloreadas con tinta indeleble, el cabello disparado por todos lados y el pijama manchada de comida y dulces.

Alonso, aunque al principio estaba decidido a dejar la casa como nueva en una hora o dos, se rindió tan pronto como vio que una huella de zapato no se borraba del sofá. Fastidiado, se recostó sobre la huella húmeda y se quedó dormido, soñando con que sus zapatos se hacían gigantes y no querían llevarlo hasta el palacio del emperador para trabajar como su vocero.

Cuando despertó, vio a Nina sentada en la mesa del lobby. Luthiel le enseñaba algo en un pesado libro, mientras Francis se escuchaba tararear en la cocina. Kasteria, que bajaba por las escaleras, se acercó al sofá para peinar el cabello de Alonso, y le informó:

—Ya limpiamos la casa.

—¡Oh, gracias! —exclamó Alonso, atontado todavía por el sueño.

—Ve a bañarte. Hoy vamos a ir a la casa del comandante.

—¿La casa de Sir Puño? Es decir… ¿de mi pa-padre?

Kasteria se rio suavemente—. Sí. El comandante quiere presentarles a una persona.

Alonso se bañó y se vistió rápido. Tomó un poco de dinero, por si Nina quería alguna chuchería, y fue a la cocina cuando la niña ayudaba a los tres soldados a preparar la mesa para cinco. Francis había preparado un estofado con las sobras de la noche anterior, por lo que todos se sentaron a la mesa para comer toda una variedad de guarniciones, el estofado y agua afrutada.

Después de aquello, los dos hermanos y los tres soldados cerraron con llave la casa y echaron a andar rumbo a la estación Búho. A pesar de que ya era casi mediodía, Luthiel se tambaleaba levemente, un indicio de que tenía resaca.

Cuando llegaron, Francis pagó cuatro boletos adultos y uno infantil rumbo a la estación Victoria. Los cinco esperaron, subieron al tren y tomaron una pequeña cabina de seis asientos donde cabían muy bien. Nina se sentó entre Luthiel y Francis, mientras que Alonso se sentó frente a ellos, junto a Kasteria. Mientras platicaban de cosas banales, el tren se marchó del andén.

El sistema ferroviario de Leize era amplio e intrincado. Los trenes se componían de tres vagones dobles, cada uno con veinticinco cabinas a cada lado del pasillo central. Había vagones nuevos en los que primaba la eficiencia sobre la comodidad y llegaban a tener más de doscientos asientos, pero esos casi siempre se quedaban circulando dentro de la ciudad. En cambio, los que contaban con cabinas solían salir a las afueras de Leize y llevar a los pasajeros a otras ciudades. Además, a diferencia de los trenes comunes, los que llevaban afuera de Leize costaban un poco más, eran más rápidos y sólo se detenían en destinos específicos.

Así, el tren en el que iban los llevaría, a través de cinco paradas, hasta la estación Victoria. Esta se encontraba en una pequeña zona residencial justo al lado contrario del Octavo Regimiento. Esta zona, en la que sólo pequeños nobles y comerciantes podrían vivir, estaba rodeada por altos muros y siempre era custodiada por un escuadrón de guardias que se dedicaban por exclusivo a cuidar el Valle de Victoria, como era llamada aquella zona.

Alonso, que sabía todas estas cosas porque llevaba toda su vida caminando entre las calles de Leize, le contó a Nina todo lo que sabía acerca del Valle de Victoria. No obstante, un leve sentimiento de desasosiego lo invadió por un momento. Miró a Nina, a su cabello rubio y sus ojos azules. Después vio su reflejo en el vidrio de la ventanilla: un muchacho con apariencia ordinaria, que no poseía ni cabello rubio ni ojos azules como la pequeña que decía ser su hermana.

Sin embargo, bien sabían todos que los pequeños nobles tenían generaciones habitando el Valle de Victoria. ¿Y si Nina pertenecía a alguna de esas familias? ¿Sería posible? ¿Qué caminaran por las calles del Valle y de pronto una pareja de nobles adinerados reconocieran a su pequeña hija?

Alonso entró en pánico por un momento, mientras Luthiel respondía a preguntas sobre la fundación del Valle. Luego se tranquilizó. Nina nunca apareció en los carteles de Se busca que solían colocar en las esquinas y las avenidas principales de la ciudad. Y, si a algún noble del Valle se le hubiera perdido una pequeña y encantadora niña, la ciudad entera lo sabría. Después de todo, aquello ya había ocurrido en el pasado.

El Valle de Victoria era tal como se lo solía describir. Estaba anexado a la ciudad por un camino ancho de tierra apisonada, junto al que corrían las vías del tren. Lo rodeaba un muro rectangular sobre el que diecisiete torrecillas custodiaban la entrada y salida de las personas.

El tren llegó a las afueras del Valle. Un pelotón de guardias, eficientes, recorrieron el pasillo de los vagones mientras entraban a todas y cada una de las cabinas. Sopesaban brevemente las maletas voluminosas y llamaban al pasillo a las personas que les parecían sospechosas.

Cuando le llegó el turno a Alonso y los demás, este pensó que los guardias solicitarían alguna identificación o permiso, puesto que Luthiel, Kasteria y Francis llevaban armas consigo, pero sólo Luthiel vestía el uniforme. No obstante, los guardias saludaron a Kasteria al verla y entonces se marcharon, diciendo:

—Capitana Olcina y acompañantes, bienvenidos a Victoria.

Alonso aprendió que, aunque un soldado de alto rango no portara el uniforme, siempre sería reconocido. Eso pasó con Kasteria: bajaron del tren, pasaron por la estación y caminaron por las calles del Valle. Siempre había una o dos personas que la llamaban “capitana Olcina” y la saludaban primero a ella.

—¿Eres muy famosa? —preguntó Nina. Kasteria rio.

—Mmm no, no mucho. No más que el comandante o que el bardo que quiere ser soldado —dijo, dirigiendo una mirada obvia a Alonso, quien se sonrojó.

Las casas en el Valle de Victoria eran todas de dos o tres pisos, pero no estaban conectadas entre sí ni formaban manzanas de más de cuatro a seis residencias. Eran enormes, y cada una ocupaba alrededor de una hectárea de espacio. En general había primorosos jardines y plazoletas por todos lados, además de patios empedrados que se dividían por barandales de hierro.

Destacaba una amplia avenida que dividía en dos al Valle. Esta avenida era recta y la flanqueaban negocios de todo tipo. No obstante, conforme se acercaban al centro de la avenida, los visitantes notaban cada vez más personas y negocios dedicados a los postres y las joyas, los dos productos estrella del lugar.

Por fin, en el corazón del Valle, un edificio hexagonal se alzaba en medio de una arboleda en la que se distribuían bancos y palapas para el disfrute de sus habitantes. El edificio hacía las veces de archivo de gobierno, biblioteca y cuartel, entre otras funciones que necesitaba el Valle para ser un lugar autónomo.

La mansión Ryloc estaba un poco más allá de la arboleda. Era de tres pisos, estaba rodeada de amplios jardines y frondosos árboles formaban un manto de hojas verdes que protegían del sol a los transeúntes. Alonso y Nina disfrutaron de la vereda que conducía a la mansión.

Un hombre vestido de negro los recibió en el portón de la propiedad. Llevaba zapatos lustrados, pantalón y saco negro, camisa de botones blanca y una corbata que hacía ver más pequeño su cuello de lo que en realidad era. El hombre tenía un largo bigote que caía sobre las comisuras de sus labios, dándole un aire adusto y enojón. Se presentó tan rápido como los vio llegar:

—Yo soy Josef. He sido el mayordomo de los Ryloc por más de cincuenta años. Bienvenidos, jóvenes amos.

Josef lideró la comitiva desde ese momento. En la mansión había jardineros, sirvientes y jornaleros, y todos saludaron a Josef con la mano e inclinaron las cabezas con deferencia al ver a Alonso y a Nina.

La casa era tranquila y espaciosa. Estaba bien iluminada y todos los muebles eran de madera de calidad. Josef los guio a través de pasillos amplios y espaciosos hasta una puerta de doble hoja que estaba abierta de par en par. Ahí dentro había dos personas: el comandante Ryloc y una mujer vestida de negro.

Al comandante ya lo conocían, pero era la primera vez que Alonso y Nina veían a la mujer. Esta era delgada y alta, casi tan alta como Ryloc. Tenía una piel blanca y hermosa, ojos verdes, largas pestañas, boca pequeña y nariz respingona. Parecía mucho más joven que Ryloc, puesto que no se adivinaba ninguna línea de expresión ni arruga en su cara, la única zona de su cuerpo que estaba descubierta. Llevaba puestas unas botas ligeras de tela, un pantalón entallado, una blusa cruzada encima de una camisa de manga larga hecha de malla transpirable, guantes y un cinturón lleno de armas. Todo negro, incluyendo el filo y los mangos de las armas. Su cabello, que también era tan negro como su atuendo, era de corte simétrico y laceo, y adornaba con gracia ambos lados de su cara.

Ryloc se levantó de su lugar tan pronto como los vio llegar.

—¡Nina, alfeñique! —exclamó—. ¡Entren! —después se dirigió a la mujer y le habló con suavidad—. Amor mío, ellos son Alonso y Nina, a quienes les hemos brindado nuestro apellido. Muchachos, vengan, quiero que la conozcan. Ella es mi esposa, Mecra Ryloc, una de las sombras de Su Majestad, la Emperatriz.

—¿Sombra? Pero las sombras deben ser negras, ¿no? ¿Por qué es dorada? —preguntó Nina con inocencia. Alonso y Mecra abrieron con amplitud los ojos.

—Ella viste de negro, Nina —aseguró Alonso.

—No, de dorado. Brilla tanto como los chenizos que Luthiel me enseña.

—Hechizos —la corrigió Ryloc con dulzura—. Así que siempre vistes de dorado, amor.

—Yo tampoco lo sabía —habló ella por primera vez. Tenía una voz grave y concisa, muy diferente a lo que se esperaría de una mujer delgada—. Yo soy Mecra Ryloc, fiel seguidora de Su Majestad, la Sacra Emperatriz. No rindo cuentas a nadie más que a ella. También soy la esposa de William, mi esposo querido. Hace unos días me dijo que quería adoptar a los cachorros que conoció durante una de sus patrullas por la ciudad. Me sorprendió cuando compró la casa. Creí que me había engañado con una desconocida, así que lo eché a la calle por una semana.

Alonso apretó la boca, sorprendido, pero Nina no tuvo reparos en reírse. Los tres soldados también fueron prudentes. No obstante, en lugar de molestarse, Ryloc se mostró afectado y Mecra dibujó una sonrisa al escuchar la risa de la niña. Alonso se relajó con notoriedad cuando la vio.

—Lo recuerdo. El comandante tuvo que dormir en su oficina por siete noches exactas —comentó Kasteria—. Espero que la Emperatriz y las Reinas se sigan llevando bien, señora Mecra.

—Son como mejores amigas. Al menos la segunda reina y la Emperatriz. La primera siempre ha sido muy cerrada, y la tercera sólo sostiene una relación comedida con las señoras. Mientras no haya conspiraciones palaciegas, en realidad no me importa mucho.

La conversación fue así por unos cuarenta minutos. Los adultos hablaron del palacio, los caballeros, la política, la situación social, incluso de cambios climáticos y de novedades tecnológicas en el imperio. Cuando Nina bostezó abiertamente, se dieron cuenta de que sólo habían estado hablando sin parar.

—Nina, ¿quieres venir conmigo? —preguntó Mecra, ofreciéndole una mano.

—¿A dónde?

—A supervisar la comida. Tengo preparado un banquete para los dos.

—¡Voy!

Nina le dio la mano a Mecra y dijo adiós a Alonso antes de marcharse junto a ella por el pasillo. El lugar se quedó silencioso por unos instantes, hasta que Ryloc dijo—: Tengo que explicarte algo, Alonso. Escucha.

Su voz era seria y lo había llamado por su nombre. Estaba a punto de decir algo importante, así que Alonso se centró sólo en el comandante.

—Mecra sufrió gravemente a causa de un hombre. Fue hace años, cuando ella todavía era una jovencita. A lo mejor vas a escuchar toda la historia en Arantes. Es algo muy conocido. Así que debo pedirte dos cosas, Alonso. La primera: nunca, en ninguna circunstancia, debes mencionar el nombre de Marcus Croe frente a ella.

—¿Croe?

—Ni siquiera lo repitas. La segunda: nunca te acerques a menos de un metro de ella.

—¿Por qué?

—Tardé casi cinco años en poder acercarme lo suficiente, porque Mecra tiene androfobia. No soporta tener a un hombre cerca por tanto tiempo. Yo soy su esposo, pero nunca en nuestra vida de casados hemos tenido, ejem, intimidad. Mecra me permite tener poligamia, pero la verdad es que no me hace falta. Los hombres no estamos todo el tiempo pensando en sexo, ¿sabes?

Alonso se puso colorado, porque él sí que pensaba mucho en eso. Después de todo, nunca había estado cerca de una dama. Para empezar, acababa de tener su primer beso el día del examen. Pero ¿qué se sentiría poner la mano debajo de la blusa de una chica? ¿O en sus rodillas? ¿Serían tan suaves como se veían cuando usaban faldas? ¿Y qué había de sus tobillos, sus muñecas? ¿Podría rodearlas con una mano? ¿Y a las gorditas? ¿Era cierto que se sentían más suaves que las delgadas? Alonso siempre tenía estas preguntas en la mente, y esperaba con ansias las respuestas a cada una.

Además, sabía por el Ekai Ala y por la enseñanza de los pintores la forma en que se practicaba el sexo. El miembro del hombre entraba en el interior de la mujer, que debía estar húmedo y caliente para que se deslizara mejor. Alonso lo intentó una vez con sus propias manos. Se sorprendió, en la intimidad del baño, de cómo creció y se puso duro su pene. Se sentía caliente y suave, y cuando apretó con ternura un líquido transparente salió de la punta, muy diferente al líquido de la orina. Frotó, primero con suavidad, después con frenesí, en una sensación deliciosa que lo hizo suspirar tan alto que temió despertar a Nina. Cuando acabó, con la mano manchada de semen, vio por primera vez la sustancia que debía ser expulsada en el interior de una mujer para que pudiera embarazarse. Se sintió avergonzado de acordarse de eso en las circunstancias presentes.

Mecra y Nina regresaron minutos después y los invitaron al comedor. En el interior de la casa sólo había mujeres, sirvientas y cocineras. Alonso suponía que así debía ser porque eran las que más contacto tenían con Mecra.

En la mesa no fue Ryloc sino Mecra quien se sentó en la silla principal. A su lado derecho Ryloc, al izquierdo Nina, seguida de Alonso. Kasteria, Francis y Luthiel se sentaron juntos a la mitad de la mesa, poniendo una distancia prudencial entre la familia y ellos.

Cuando Alonso empezó a comer siguió pensando en sexo, Croe y la razón por la que las mujeres odiaban tanto que los hombres sólo pensaran en sexo. ¿Él sería uno de esos típicos muchachos que iban por ahí hablando de cómo “penetrar” a las mujeres? Se estremeció. Esperaba ser mejor, al menos al nombrar las partes del cuerpo humano.  

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