17. Un día antes

17. Un día antes

Cuando se le explicó a Nina que tendría que vivir desde ese momento en adelante en la mansión de los Ryloc, al principio no lo entendió. Pensó que era injusto, porque Alonso podría sentirse triste. ¿Él no viviría ahí?

Mecra se puso visiblemente incómoda con sólo pensar que un hombre ajeno a Ryloc podría vivir ahí. Alonso también tuvo un momento de incomodidad absoluta. Él no quería vivir en esa casa tampoco. No es que no le gustara el hecho de vivir en una mansión después de catorce años en el rinconcito polvoriento de un taller, pero ni siquiera había terminado de acostumbrarse a la casita que Ryloc le había regalado. Nunca se sentiría en paz en un lugar tan grande.

—Yo voy a vivir durante seis días en la escuela. El séptimo día podré ir a casa. Ese día me verás. Podemos pasarlo todo el día juntos. ¿Qué te parece?

—¿Pero es que se puede vivir en la escuela? No vas a volver a donde dormíamos antes, ¿verdad? —preguntó Nina, indecisa.

—Claro que no. Tenemos una casa y camas enormes que nos van a esperar toda la semana. Nadie nos va a quitar eso, ¿de acuerdo?

—¡Sí!

El mes transcurrió con tranquilidad. Por órdenes de Ryloc, Alonso siguió entrenando y aprendiendo bajo la batuta de Luthiel y Francis. Por las tardes, con mejor semblante porque sabía que tendría un poco de solvencia en la academia, Alonso se llevaba la guitarra a las plazas y daba funciones más cortas. A veces se le unían bardos de otros lugares, otras veces eran instrumentistas, comediantes o malabaristas.

Una vez Alonso se encontró a Lewis y Haya en la plaza donde estaba dando su función. Parecían hambrientos y un poco perdidos y, tan pronto como Alonso finalizó su presentación, se acercó de inmediato a ellos.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Por qué andan con sus cosas a cuestas? ¿No tienen dónde dormir?

Haya desvió la mirada, avergonzado. Lewis miró al suelo. Bueno, a diferencia de su exitoso amigo, al que le llovían listones, regalos y dinero, ellos no eran tan buenos ofreciendo espectáculos a los transeúntes.

—¿Quieren ir a mi casa? Está a doce calles de aquí. Mi hermanita está viviendo en casa de mi padre, así que no tienen de qué preocuparse.

—No, ya veremos…

—¡Sí! Nos ayudaría mucho —aceptó Lewis, emocionado—. Te ayudaré en lo que sea.

Alonso sonrió con sinceridad. Un año antes no habría podido hacer algo así por las personas que lo necesitaran.

Tan pronto como Lewis y Haya se establecieron en la casa, la dinámica cambió por completo. Luthiel, Francis y Kasteria conocieron a los muchachos. Nina también, aunque al principio se mostró nerviosa y asustadiza; después era como si ellos dos fueran sus propios hermanos. Por la mañana, Lewis, Haya y Alonso se turnaban para preparar el desayuno y limpiar la casa. Por la tarde, como eran sólo hombres y soldados quienes visitaban el lugar, preparaban guisos, guarniciones y sopas que pudieran alimentarlos. No necesitaban muchas atenciones. En cambio, durante los domingos, Kasteria los ayudaba a preparar cuatro o cinco comidas que además le gustaran a Nina.

Los tres entrenaban, comían, jugaban y dormían juntos. En algún momento, Lewis y Haya se pegaron tanto a Alonso que terminaron por acompañarlo a sus funciones. Ellos lo ayudaban buscando un buen sitio, atrayendo gente con pequeños malabares o chanzas y, cuando notaron la hermosa voz de barítono de Haya, este se unió a Alonso para hacer pequeños números en los que hubiese dos o más diálogos masculinos. Mientras tanto, Lewis recogería dinero, guiñaría a las jovencitas mostrando una amplia sonrisa o estaría tocando la guitarra, la pandereta o el violín. A diferencia de Alonso, que sólo podía tocar acordes básicos en la guitarra, Lewis se había vuelto el mejor alumno de Kasteria.

Una vez llegó una troupe itinerante a Leize. Fueron directo a las plazas buscando al famoso bardo que podía recitar de cabo a rabo el Ekai Ala con una autoridad que estremecía a quien lo escuchara. Cuando encontraron a Alonso tocando una tonada suave mientras recitaba una oda a la reina Elisa, uno de los artistas irrumpió en el círculo alrededor de Alonso y exclamó:

—¡Osas tentar el temple de Su Majestad, sin saber que ha sido tocado por la mismísima Amet! ¡¿Cómo te atreves, Alonso?!

Alonso se quedó estupefacto apenas un segundo. Después se levantó súbitamente, abandonó lo que estaba haciendo y compuso una cara de furia. Su enojo se sintió tan auténtico que las damas que estaban más cerca dieron dos pasos hacia atrás, impresionadas por el repentino cambio de actitud. Abandonó su guitarra en el pasto, junto a sus enseres, y se giró hacia el recién llegado.

—¡¿Cómo te atreves, tú, a decirme nada?! ¡Piensas que las estrellas son inamovibles y que siempre viviremos en la paz que nos ha sido concedida por la fuerza de mi rey, MI emperador! Pero has de escucharme este día, Ceiret: no eres más que una piedra en mi zapato, y no hay nada que me impida estar cerca de Alvar en este grandioso día.

—¡YO! ¡Yo, Ceiret Benengeli seré quien apague la llama de tu vida este día! ¡No serás tú quien se ponga al lado de Su Majestad para saludar al pueblo entero!

—Pero ¿qué significa esto? —preguntó una suave voz de doncella. La mujer que se acercó al corro no era más que una muchacha vestida con ropa del campo, botas de viaje y una capa polvorienta, pero se movió entre la gente como si fuera la mujer más elegante del mundo entero, como si vistiera un vestido grande y pesado. Caminaba con la espalda muy recta y con la barbilla altiva, sabedora de que el mundo entero le pertenecía.

—¡Reina mía, emperatriz mía! —exclamó Alonso, como si estuviera ante la Emilce de verdad—. Cubra sus oídos ante los ladridos de este perro.

—Cierren la boca por un momento, Alonso, Ceiret.

—¡Pero, mi reina…!

—El pueblo es sabio, el pueblo es nuestro mayor tesoro —aclaró la mujer—. El pueblo celebrará hoy con Alvar. Mañana pelearemos sobre asuntos del corazón. Hoy debemos apoyarlo. ¿Qué me dicen?

—La reina es sabia.

—La reina es benévola. ¡Pero! —Alonso se levantó, se subió a una caja y atrajo las miradas de todos—. ¡Nada nos quitará la satisfacción de haber presenciado de primera mano la fuerza del gentil Alvar, del poderoso Alvar, del grandioso Alvar! ¡Nadie podrá arrebatarnos jamás los momentos tristes y los felices a su lado! ¡Y yo, presa de mis deseos inequívocos y naturales, hoy lo grito a los nueve continentes, a las divinidades y al mundo entero! ¡Amet me oye! ¡Alvar, eres mi luz, mi sendero y mi vida entera! ¡Alvar, mi Alvar, para siempre mi Alvar!

Alonso cortó de tajo su diálogo. La gente, embelesada, empezó a aplaudir cuando la muchacha y el hombre hicieron sendas reverencias, sonrientes. Alonso también hizo una reverencia. Llovieron monedas, billetes, flores y adornos para el cabello. Alonso fue obsequiado a manos llenas de fruta, monedas de oro y cartas.

Las damas rodearon al joven artista, que era buen mozo, alto y de cuerpo bien formado. Mientras tanto, los hombres se amontonaron alrededor de la muchacha, preguntándole su nombre, su edad, si estaba comprometida y si los acompañaría esa fría noche a alguno de los restaurantes de la ciudad.

Cuando la multitud se calmó, los artistas se presentaron. El hombre se llamaba Varud, mientras que la mujer se llamaba Tonia. Junto a ellos venía al menos una veintena de malabaristas, tragafuegos, comediantes, magos e incluso un hombre pigmeo que fue la sensación de Leize durante todos los días que la troupe estuvo presente.

Durante los seis días que se quedaron en la ciudad, los artistas acompañaron a Alonso y a sus amigos en las funciones. Enseñaron a los muchachos toda clase de chistes, poemas y odas y, cuando las mujeres no escuchaban, también les daban consejos sobre asuntos varoniles y algunos datos fundamentales para acercarse de forma adecuada a las damas.

El sexto día fue el mejor de todos. Los artistas y los tres muchachos organizaron tal acto que se convirtió en un festival de comida, presentaciones y diversión. En el lugar se había reunido tanta gente que incluso Ryloc tuvo que enviar a unos cincuenta soldados para que la fiesta no se saliera de control; al menos no tan temprano. Cuando los niños estuvieron acostados en sus camas comenzaron las peleas de borrachos, los cristalazos y las pedradas, y lo que había empezado como una pequeña despedida escaló hasta que cuatro de los artistas, veintisiete asistentes, nueve guardias y tres señoras terminaron pasando la noche en la cárcel. Lewis había recibido un buen puñetazo, y a Alonso le sangraba el labio, aunque todos habían visto que se debía a causa del entusiasta beso de una prostituta. Por supuesto, no se salvó de que alguien le tomara fotografías y las publicara a la mañana siguiente en el Sol de Leize. Aparecía cargando en brazos a una mujer muy bella y parecía la persona más feliz del mundo, aunque la realidad era que ella ya no se podía tener en pie de lo borracha que estaba.

Todo lo que ocurrió días antes de que Alonso entrara definitivamente a la academia sería contado más tarde como una historia embellecida. Cuando hablaran del muchacho, dirían que podía soportar litros y litros de cerveza sin desfallecer, que podía con dos y hasta con tres incansables prostitutas a la vez, y que era un bardo tan maravilloso que las mismísimas reinas se habían apersonado de incógnito a la ciudad para escuchar su bella voz antes de que el muchacho se dedicara por exclusivo a aprender el arte de la milicia. Por supuesto, nada de esto era real, pero a la gente le gustaría mejor una historia bien aderezada con exageraciones que la parte normal y corriente.

Así pues, el domingo anterior a que la academia comenzara, Alonso se dio cuenta de que Nina no estaba en la casa. La buscó por todos lados, aunque en vano. Haya, que había estado todo el día repasando libros, le dijo tardíamente que la niña se encontraba en el cuartel de los soldados.

Al principio, cuando supo en dónde estaba, Alonso se relajó de inmediato. Después, con ojos de alarma, preguntó por Francis.

—Él fue quien se llevó a Nina al cuartel. La niña quería ir a jugar un rato.

Alonso se enfureció sobremanera, aunque no sabía el verdadero motivo. Con urgencia, el muchacho exclamó que iría hacia el cuartel. Haya llamó a Lewis y le pidió que acompañaran al muchacho, pues no sabía de lo que Alonso sería capaz.

Por el camino, Alonso se mostró arisco y poco dado a la plática. Los amigos decidieron dejarlo en paz. Sabían que cuando el muchacho estaba con ese humor no se le podía sacar el más leve suspiro. Era tanto así que, cuando llegaron, los dos tuvieron que darle alcance en cuanto éste tocó suelo, porque se le veía con prisas para llegar al cuartel.

En la entrada del lugar respetó el protocolo con paciencia. Se registró como Alonso William Ryloc, esperó a que el portero registrara a sus amigos y entonces la puerta se abrió. Cuatro soldados los revisaron de arriba abajo. Después de confiscar una navaja, un tirachinas y un saquito de balines, los soldados dejaron pasar a los tres muchachos. Lewis todavía iba lamentándose por su tirachinas cuando Alonso llegó hasta la puerta de Ryloc. Tocó con energía.

—¿Alonso? ¿Qué haces aquí? —preguntó Kasteria. Era una pregunta dada de pura sorpresa, pues no era raro verlo en el lugar.

De hecho, era más raro que la mujer se sorprendiera de verlo precisamente a él. Cuando volteó a ver a Luthiel, este se puso incómodo, como si no quisiera ser cuestionado justo en ese momento. Ambas actitudes encendieron más el enojo que Alonso ya sentía.

—¿Dónde está? —preguntó con calma.

—¿Hablas de Nina? Ella está jugando.

—¿Dónde está Francis? —completó Alonso su cuestionamiento—. ¿Está patrullando hoy?

—Él es quien está jugando con Nina…

Alonso salió como un vendaval de la oficina. Buscó con la mirada hasta que pudo escuchar a la distancia las risotadas de Nina. Entonces se quedó parado, con sus amigos, Luthiel y Kasteria detrás de él.

Parecía a punto de rendirse, de apagar su fuego, pero la llamarada se avivó y se salió de control cuando vio a Nina corriendo directo a los brazos de Francis. El soldado la alzó en volandas, le depositó un suave beso en la mejilla a petición de la niña y ella lo abrazó con fuerza, haciéndole sonreír.

Su fuerte vozarrón se escuchó por el cuartel entero cuando exclamó:

—¡CONDE FRANCIS BREIL!

El tiempo se detuvo. La sonrisa de Francis se apagó por un segundo. Incluso parecía como si fuese a soltar a Nina en cualquier momento. Ella no significaba nada para él, nada en absoluto. De lo contrario, no compondría la cara de apuro que tenía debajo de la careta de tranquilidad aparente.

—¡Alonso! —exclamó Nina, ajena al ferviente enojo de su hermano—. ¡Francis me trajo a jugar!

Alonso se acercó, pisando fuerte.

—Suéltala en este momento, Francis. ¡YA!

—Ya tuvimos esta conversación mil veces, Alonso —replicó Francis, contagiándose del enojo que el muchacho sentía—. Voy a dejarla, pero sólo para que se vaya con la capitana. Ella no debería verte molesto por tonterías.

—¿Tonterías, dices? —preguntó Alonso, frustrado.

Kasteria tomó a Nina en brazos y se la llevó lejos, antes de que cualquier pudiera decir o hacer más. Entonces la tormenta se desató entre los dos muchachos.

—Nina es una niña dulce. No le haría daño —aseguró Francis.

—¡Estamos en la misma posición, Francis Breil! No soy más hermano para ella que tú, entonces, ¿por qué demonios me siento tan inquieto cada vez que la miras? ¿Por qué demonios no puedes decir que Nina es como una hermanita para ti? ¡Tiene seis años, por todos los cielos!

—¡Te estás pasando de la raya, Alonso! ¡¿Me acusas de pedofilia?! No tengo más que afecto por esa niña, ¡nada más! ¡No hay nada sexual de por medio, ni siquiera romántico! Esto no tiene ningún sentido. No la veré. Dile al comandante que le prohíba venir al regimiento. Sólo así podrás estar seguro de que no tengo intenciones de cruzarme con ella en el futuro. Estoy harto de tus miradas calumniosas y tus pensamientos sucios sobre mí.

Antes de marcharse, Francis empujó a Alonso para que se apartara del camino. En su forcejeo, Alonso piso algunas flores que adornaban el jardín. Nina, que no entendía lo que estaba pasando, quiso volver a los brazos de Francis, pero este pasó de largo sin voltear a mirarla.

La niña comenzó a llorar con desconsuelo, y su dolor caló hondo en el pecho de Alonso. ¿Qué había hecho?

Francis dejó de pisar fuerte cuando notó que no había nadie alrededor. De hecho, dejó de caminar del todo. Se recargó en la pared, furioso. No podía comprender el miedo de Alonso; simplemente no le cabía en la cabeza que alguien pudiese sospechar de sus buenas intenciones con la pequeña.

—Pero es verdad que Nina es una niña dulce —se introdujo Ryloc, salido de a saber dónde. Parecía un sujeto sin mucha cabeza para otra cosa que no fuera la política o su regimiento, pero todavía ponía atención a cada cosa que pasaba dentro de sus dominios Dime entonces, ¿por qué Alonso no siente el mismo terror cuando ve a Nina jugando entre hombres adultos? Cuando viene y se sienta en mis piernas, ¿por ejemplo? Nina es muy despreocupada y no sabe de la prohibición que tengo sobre mis soldados, pero Alonso tampoco lo sabe. Casi que no hace falta porque los chicos son personas maravillosas.

—No querrá usted también acusarme de ser un amante de los niños…

—No, no un amante de los niños. Un amante de Nina. Tú no la ves como una niña cualquiera, ¿cómo la ves, Francis? ¿Qué es Nina a tus ojos? Está claro que nunca le harías daño, está claro que sabes marcar los límites, ¿pero sabes cómo se sentirá cuando la abandones por tu desidia? ¿Piensas ir adelante con tu linda prometida a pesar de todo?

—¡Es a ella a quien amo! —gritó Francis, desesperado, pero sus ojos estaban fijos en la espalda de Kasteria… No, fijos en dirección a donde Nina iba. El silencio duró unos segundos. Después, con decisión, se giró hacia Ryloc y le dijo—: Soy el mejor soldado del Octavo Regimiento Imperial. Mañana solicitaré mi ingreso al Séptimo Regimiento. Es un aviso.

Ryloc se encogió de hombros, sin mostrarse afectado—. A estas alturas deberías estar en el Quinto, no, tal vez en el Cuarto Regimiento. Nada te retiene en mis dominios, Francis Breil.

Francis frunció el ceño, decepcionado. Comprendía que Alonso y Nina fueran la prioridad de Ryloc ahora que eran sus hijos adoptivos, pero no podía creerse la facilidad con la que el hombre lo estaba dejando ir. Pensaba que eran como padre e hijo, o como hermano mayor y hermano menor. No sabía que su comandante lo tenía en tan poca estima.

Al día siguiente Francis cumplió con su aviso: solicitó el examen para ascender en el orden de los regimientos y no se lo volvió a ver durante meses.

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