2. La encontré en la calle

2. La encontré en la calle

En el vasto imperio de Zadur, gobernado por el Sacro Emperador y la Sacra Emperatriz, las costumbres y las tradiciones eran fundamentales para la vida social. Si bien era cierto que los castigos para los criminales eran considerados crueles y rancios por los países exteriores, los extranjeros todavía pensaban que era majestuosa la armonía general de las ciudades bajo el cuidado de los emperadores. Después de todo, el emperador era el único ser humano que había sido capaz de viajar al mundo de los Vanir para ser favorecido por Amet.

Así pues, obedeciendo los pensamientos de la Diosa, el emperador estableció la edad de catorce años como el paso a la adultez. A los catorce años, los niños se convertían en hombres y las niñas en mujeres. Podían ser tomados como discípulos, entrar a una academia de oficios o casarse. Por lo tanto, un joven que permaneciera en la casa de sus padres al cumplir catorce años, sin ninguna meta en la vida, era oprobio de su familia.

Alonso sabía todo esto de antemano porque los pintores se lo contaron por años, como parte de su instrucción. Pero él no tenía un centavo a su nombre, ni familia, ni méritos que le dieran la posibilidad de ser adoptado como hijo o como yerno en alguna familia. No se consideraba atractivo como para ir a meterse a los callejones donde la lujuria se desataba a plena luz del día, y tampoco tenía alguna habilidad destacable como para ir a tocar las puertas de otros negocios.

Se sentó cerca del pozo de agua de la plaza, nervioso y distraído, mientras pensaba en una manera de salir para siempre de las calles. Comerciante no podría ser, porque los comerciantes que conocía eran de mente ágil y habilidosos con los números; ellos sabían cuando era el momento de abrir la boca y generaban dinero como si fuesen capaces de prever las tendencias de las personas.

¿Y si se volvía cocinero? Pero ya lo había probado una vez, cuando intentó ayudar a las monjas a preparar comida para los ancianos abandonados. Alonso, lastimosamente, no sabía ni hacerse un triste huevo, mucho menos preparar una comida cuantiosa y adecuada para un cliente exigente.

Ni qué decir de la costura. Aunque Alonso se sintiera orgulloso de decir que las puntadas en su ropa remendada habían sido hechas por él, lo cierto era que no podría ir y tocar a la puerta de un taller de costura sin recibir una patada en el acto. Después de todo, el oficio de la costura todavía era considerado un dominio exclusivo para las mujeres.

Él, en fin, sólo poseía su fuerza física, que tampoco era mucha. Apenas y podía cargar los materiales pesados del taller de pintura, y era sabido que se mareaba con frecuencia y desfallecía si corría una distancia de tan solo dos calles. Entonces, tampoco podría trabajar en un lugar que fuese extenuante.

A Alonso le llegó la noche pensando en estas cosas, pero no volvió al taller. Su pequeño e inútil orgullo le dijo que se quedara a pasar la noche en la plaza, con el resto de los niños vagabundos, y ya de día pensaría en algo que hacer. Sin embargo, al día siguiente le habían robado lo poco que tenía de comida y Alonso tuvo que echar mano a lo único que sabía hacer: declamar.

Se paró en el centro de la plaza, puso su gorrito viejo y raído en el suelo frente a sus pies, y comenzó a recitar el único pasaje que sabía del Ekai Ala. Los transeúntes, curiosos, se quedaban a escucharlo un rato, conocedores de las Escrituras, y cuando debían marcharse le depositaban unos centavos, una fruta, un pedazo de pan. Al cabo de un rato, en el que Alonso declamó sobre el diluvio provocado por el llanto de Amet, había conseguido un minúsculo pedazo de queso, dos panes recién hechos, siete centavos que usó para comprarse un vaso de agua con miel y un dulce que se comió por la noche. El segundo día hizo lo mismo, y tuvo la fortuna de que unos extranjeros le regalaran una cantimplora llena de agua.

Contento con su suerte, Alonso comenzó a pensar que tal vez declamar podría ser la solución a sus problemas, tal como había sugerido Marshal. Se imaginó con un bello traje hecho a medida y un bigotito bien recortado, caminando a paso decidido entre los nobles. Usaría zapatos bien lustrados y se peinaría el rebelde cabello hacía atrás. Erguido, con la barbilla altanera y un rollo de papel en sus manos enguantadas. Se pararía firme frente a los nobles, desenrollaría el papel y comenzaría a declamar los asuntos de Estado, las nuevas noticias y los cambios legislativos que hubiese decidido el parlamento en los últimos días. El sacro emperador, impresionado por sus dotes, le diría:

—¡Alonso, eres maravilloso! ¡Quiero que seas mi vocero personal!

Así que Alonso iría junto al séquito del emperador como su vocero. Traduciría a idiomas complicados el zadurí del emperador mientras los funcionarios de otros países se asombrarían del talento de Alonso y librarían una guerra por puro capricho, porque ellos también desearían tenerlo en su propio séquito.

Mientras Alonso se embebía pensando en estas idioteces, miró al pacífico y azul cielo por un largo rato, hasta que le dolieron los ojos por lo luminoso que era el día. En el fondo estaba afligido y desdichado, así que sentía que el firmamento lo traicionaba al no presentarse acorde a los sentimientos del muchacho.

Se talló los ojos, suspiró largamente, y entonces se quedó mirando a los transeúntes. Aburrido, caminó entre las calles. Pasó la catedral y llegó al mercado de la gente común, que no era nada parecido al centro comercial de los nobles: este mercado estaba hecho con puestos de madera y lonas desmontables, y en él se vendía ropa de baja calidad, comida, verduras, dulces y una que otra baratija cara que nunca tenía una durabilidad acorde al precio.

Alonso se sentó en las escaleras de una fonda que estaba llena a reventar de gente. Había guardias, ciudadanos comunes, niños gritones y uno que otro soldado. Un transeúnte le tiró una moneda a los pies. Alonso agradeció, indiferente, y siguió mirando la dinámica del mercado.

Fue entonces cuando pasó. Una pequeña niña, bastante bonita, de larga cabellera rubia y con un hermoso y colorido vestido, se tropezó justo en frente de Alonso y cayó de bruces. La niña se quedó quieta unos instantes, pero luego se sentó sobre sus piernas y comenzó a llorar a lágrima viva.

Alonso se asustó y se alejó de ella, pero ya era tarde: la gente le comenzó a tirar miradas de odio. Él se sintió presionado por la marea de personas que pasaban junto a la niña y la rodeaban.

Al principio, Alonso pensó también en pasar de largo y perder de vista a la chiquilla, pero se quedó de piedra cuando vio la sangre que bajaba por su cara, producto de un fuerte golpe en la frente. Alonso revisó el suelo en busca de sangre, pero se dio cuenta de que el golpe la niña ya se lo había dado con anterioridad. Cuando la observó atentamente, vio que su vestido y sus mallas estaban sucios y maltratados. Además, no llevaba zapatos, ni bolso, ni sombrero, como las niñas de alcurnia. Tal vez era sólo otra vagabunda a la que le habían regalado el vestido.

Alonso se conmovió, porque la niña gritó entre llantos—: ¡Tengo mucha hambre, buah! —así que se acercó a ella y le dio uno de los panes que se había ganado declamando.

La niña se levantó de inmediato, se abalanzó sobre el pan y comenzó a devorarlo. Entonces miró la cara demacrada del muchacho que le hacía el favor y se asustó un poco, pero parecía que había sido educada para ser amable con los desconocidos, porque la niña dijo—: Muchas gracias, señor.

—No soy un señor. Cumplo los catorce hasta mañana —aseguró Alonso—. ¿Estás perdida, niña?

—No sé —dijo ella, encogiéndose de hombros. Tenía los ojos y la nariz enrojecida por el llanto, pero la niña habló con seguridad.

—¿Cómo te llamas?

—No sé —se volvió a encoger de hombros.

La niña comenzó a toser cuando el pan se le atoró en la garganta, así que Alonso le dio de tomar de su nueva cantimplora y suspiró cuando ella le volvió a agradecer llamándolo señor.

—No soy un señor, entiende. Me llamo Alonso. ¿Dónde vives?

La niña se encogió de hombros por tercera vez.

—¿Y ese vestido? ¿Te lo regalaron las nobles?

—¿Qué son “las nobles”? —preguntó inocentemente la niña.

—Olvídalo. Vamos al cuartel de los guardias. Seguro que ahí sabrán quién eres.

La niña lo siguió sin decir nada, pero como había tanta gente en el mercado, le agarró la mano y trató de seguirle el paso. Alonso, que nunca había tomado la mano de una persona, se sorprendió al sentir la pequeña y suave mano de una niña, pero no la soltó.

Eren thir —saludó Alonso al llegar al cuartel.

Los cuarteles de los guardias estaban desperdigados por toda la ciudad. Tan solo en esa, que estaba a más de mil kilómetros de la capital, había treinta y ocho cuarteles en los que había apostados más de novecientos guardias. Ellos tenían la obligación y el deber de hacer cumplir el poder judicial del imperio, por lo que mantenían el orden en las calles y apresaban a los criminales en cuanto eran avisados de algún acto delictivo.

Eren salbor —le contestaron los guardias que había en ese momento en el cuartel. Eran tres hombretones vestidos de azul que descansaban de sus recorridos por las calles.

—¿Qué pasa, muchacho? —preguntó el guardia que estaba detrás del escritorio de recepción.

—Aquí hay una niña que está perdida. No sabe cómo se llama o donde vive, y tiene un chichón en la cabeza.

Los guardias estudiaron atentamente a la niña. Aunque era bonita y de facciones dulces y bellas, su ropa y su cara estaban sucias. A pesar de la presentación de la chiquilla, el recepcionista se puso en modo eficiente y le preguntó:

—¿Cuántos días llevas en la calle, pequeña?

—Creo que tres días —respondió ella, tímida—. No he comido en tres días.

Uno de los guardias, que mordisqueaba una salchicha, se enderezó en su lugar y la cara se le llenó de compasión. Sin embargo, no ofreció a la niña el más minúsculo pedazo de embutido.

—Esperen un momento mientras consigo algunos datos —anunció el del escritorio.

Descolgó el teléfono y marcó a algunas personas. Alonso lo presenció todo, así que estaba seguro de que el hombre hizo su trabajo en serio: preguntó por la lista de personas desaparecidas publicada al finalizar cada semana, así como por descripciones o recompensas por una niña de cuatro o cinco años, rubia, con vestimenta cara. Luego de cuarenta minutos, el guardia suspiró y se dirigió a Alonso y a la niña, decepcionado.

—La lista de desaparecidos sumó a tres mujeres, dos ancianos, un fugitivo y cuatro niños, pero ninguno con la descripción de esta pequeña, ni de su edad. Todos son de doce o trece años.

—Pero es una niña pequeña, sus padres deben estar como locos buscándola —argumentó Alonso, de pronto nervioso.

—Lo siento, muchacho, la niña debe ser de las calles. No hay nadie buscando a una niña con su descripción.

Alonso sintió como si una roca descendiera por su garganta y se asentara en su estómago. Agradeció a lo oficiales, salió del cuartel y, cuando vio el día brillante y hermoso, se sintió más desdichado que nunca, porque la niña le preguntó:

—¿Tienes más pan?

Distraído, Alonso se sacó del bolsillo un pedazo de pan y se lo dio a la niña. Ella le agradeció antes de comenzar a comer en silencio.

¿A dónde podría llevarla? Era una niña pequeña que ni siquiera recordaba su nombre y que tenía una terrible herida en la frente. Estaba hambrienta y sola, y Alonso estaba seguro de que, con esa apariencia, la niña no tardaría en ser robada de las calles para ser usada en algún tugurio de mala reputación. No podía dejarla a su suerte.

Bien, era cierto que había niñas que sobrevivían en las calles. Pero eran niñas que nacían, se criaban y crecían en la dura piedra del suelo, bebían el agua de ríos y pozos y vivían a base de basura y lástima. Esta niña a la que Alonso le sostenía la mano parecía haberse separado de sus padres. Probablemente perdió la memoria a raíz de ese fuerte golpe que ostentaba en la cabeza, y su torpeza al andar le indicaba a Alonso que la niña no solía caminar mucho. Sólo debía rememorar su primer encuentro para darse cuenta de que la niña no era una indigente de la calle. Ella debía ser una noble.

Pero, de ser el caso, ¿por qué nadie la buscaba? ¿Acaso había sido abandonada? Alonso se conmovió. Él también había sido abandonado. Eso era lo que decían todos.

Ahora sostenía a una niña en las mismas circunstancias.

Sintió el peso de su existencia, como algo inequívoco y seguro a partir de ese momento en su vida. Alonso no sería un maldito idiota como los padres de la niña. En ese momento decidió lo que cambiaría para siempre su vida: llevó a la niña al taller de Marshal Dril.

¡No te pierdas ninguna novedad!

Únete a otros 3 suscriptores

¿Quieres leer otras historias?

  • Hunter x Kurapika
  • El misterio del asesino
  • Princesa del mar
  • Por el camino de piedra
  • Amasado y dulce

¿Qué te pareció lo que leíste?