Alonso sabía que la niña debía dar una buena primera impresión, así que, decidido, le enseñó un poco sobre la dinámica del taller de Marshal Dril.
—En ese lugar hacen pinturas —explicó—. ¿Sabes lo que son las pinturas? Son como los dibujos de los anuncios, pero con color y técnica. Las pinturas son productos caros, la mayoría se hacen para los nobles. Si tienes suerte y se interesan en ti, a lo mejor te adoptan y tienes una mejor vida. No vamos a comer mucho y vamos a trabajar bastante, pero estoy seguro de que no vas a pasar mucho tiempo ahí.
—Yo no quiero ser adoptada, no sé qué es eso —se negó la niña.
—Es por tu bien, pequeña granuja —le reclamó Alonso—. Ahora vamos a limpiarte esa cara. ¿Te duele la frente?
—No, pero tengo hambre —la niña se encogió de hombros.
Alonso estudió a la niña, quien tenía cachetes y pancita redonda. Debía ser alimentada con toda clase de dulces y postres. Tal vez comía tres o cuatro veces al día con los nueve platos correspondientes de un noble, y le daban galletas y chocolate todo el tiempo.
—Lo siento, pero tal vez puedas comer una o dos veces al día. Es mejor que nada, ¿no?
A la niña se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no hizo un berrinche.
Alonso se acercó al pozo de agua de la plaza y sacó un cubo con el que limpió la cara de la chiquilla. Le quitó la mugre de los brazos y el cuello, le mojó el largo cabello para quitarle el polvo y, con unos cuantos centavos que tenía guardados, le compró un moño y le recogió el cabello en una sencilla trenza. Cuando terminó, aunque la niña tenía la ropa hecha trizas y la frente golpeada, se veía bastante mejor que cuando la había encontrado.
—Pareces un hada, así que te vas a llamar Nina, como la princesa del cuento.
—¿La que fue recogida por las dríadas del bosque y la llevaron al mundo de los Vanir y ahí se enamoró del príncipe dragón y tuvo dragoncitos bebés?
—¡Ah! ¿Te acuerdas del cuento, pero no de tu nombre?
Nina se encogió de hombros de nuevo. Alonso puso los ojos en blanco. Qué le iba a hacer. La llevó de la mano y Nina lo siguió obediente, segura a su lado.
Cuando llegaron al taller de pintura los hombres ya se estaban preparando para ir de regreso a sus casas. Pronto anochecería y muchos vivían a las afueras de la ciudad, así que debían irse para llegar a tiempo a la hora de la cena, o sus mujeres los harían comer platillos fríos.
—¡Alonso! —exclamó uno de los pintores al verlo.
Los pintores abandonaron sus caballetes y sus bancos al verlo en la entrada del taller. Uno de ellos corrió a avisar a Marshal. Esta vez, incluso su esposa salió de la casa, llorosa.
—¡Alonso, estúpido idiota! ¡¿Dónde has estado?! —vociferó Marshal, abriéndose paso entre los pintores.
Nina se escondió detrás de Alonso, asustada.
—¡¿Y de dónde sacaste a esta niña?!
—¡Está perdida, don Marshal! No sabe dónde vive o cómo se llama, así que le puse Nina, como la del cuento.
—¡Qué cuento ni qué cuento! ¡Llévala al cuartel para que busquen a sus padres!
—¡Es que ya lo intenté! —se apresuró a explicar el muchacho—. No hay reportes de desaparición que la describan. Sólo mírela, ¿usted cree que es una niña de la calle? Si la presentamos con los nobles, seguro que la adoptan y entonces…
—¡Yo no quiero ser adoptada, Alonso!
—¡Tú cállate!
—¡No! ¡Tú cállate!
—¡Estoy haciendo esto por tu bien, malagradecida!
Nina le sacó la lengua y se cruzó de brazos, haciendo una rabieta.
Marshal, más tranquilo, tomó a Alonso por los hombros y, sincero, le dijo—: Lo importante es que estás sano y salvo, Alonso. Lo que quería decirte antes de que te fueras corriendo es que te puedes quedar en el taller tanto como necesites. Yo no te voy a echar sólo porque seas un adulto. Y ahora que tienes una niña que cuidar, no tengo el corazón para echarte a la calle.
El muchacho se limpió las lágrimas de los ojos, pero cuando vio a la niña mirarlo fijamente, giró la cabeza a otro lado. No obstante, para Nina fue algo hermoso: un muchacho, demacrado y flaco, llorando entre hombres fornidos. En el futuro, lloraría al recordar el semblante triste y derrotado que Alonso llevaba todo el tiempo cuando la encontró en las calles.
La vida en el taller de Marshal Dril era pesada, pero sencilla. Desde que Alonso cumplió los catorce años, salía a las calles para declamar el Ekai Ala, además de otros poemas y canciones que aprendió en el proceso, y regresaba con un poco de comida, algunos centavos que guardaba celosamente en su almohada y una que otra baratija para Nina, que siempre agradecía por los juguetes y las horquillas para el cabello. Por la tarde, Alonso seguía ayudando en el taller, pero ahora tenía un día fijo de descanso, en el que entraba a la casa de Marshal para ayudar a la señora con las tareas del hogar.
Nina vivió este tiempo de forma más ligera. Tal vez porque era una niña, los adultos la trataban con afecto y delicadeza, así que todo el tiempo le regalaban dulces y juguetitos que la niña iba acumulando junto a las pocas pertenencias de Alonso. Pronto se le curó la herida de la frente y, aunque tenía una fea cicatriz, el fleco le ayudó no sólo a ocultarla, sino a que su cara se viera más bonita.
La señora la llevaba con ella al mercado para comprar los ingredientes de la cena, y se encariñó tanto con ella que le cosió un vestido a medida con algunas telas que le sobraban. Los pintores le regalaron un par de zapatos, y le regalaron a Alonso una botella de champú para que la llevara cada tercer día al río para que ambos se bañaran.
Al principio Alonso se tomó mal esto. No estaba muy acostumbrado a ir oliendo a flores por ahí. Además, le parecía bastante malo andar desnudo junto a una chiquilla en el río, bañándose. Así pues, Alonso le consiguió varios conjuntos de ropa interior a Nina, y le ordenó estrictamente que nunca se quitara las calzas y la camiseta cuando estuvieran en el río. Además, él sólo le lavaría el cabello. El resto del cuerpo podría fregárselo ella por sí misma con una esponja.
Como era pequeña, Nina hizo un berrinche la primera vez, pensando que Alonso la despreciaba y por eso no quería ayudarla a limpiarse. Pero unos días después, la señora Dril le explicó que los adultos no tenían permitido ver o tocar desnudos a los niños, a menos que fuesen doctores con permiso o los mismos padres que estuviesen examinando a sus hijos en busca de enfermedades o infecciones. Le advirtió que, si un adulto la tocaba y ella se sentía incómoda, aunque fuera Alonso, Nina debía ir con ella y contarle todo.
Nina no comprendió del todo su advertencia. A ella le gustaba bañarse junto a Alonso. Dormía y comía con él y, por las noches, cuando tenía ganas de hacer pipí, Alonso la ayudaba a acomodarse el pijama. No se sentía para nada incómoda. De hecho, le gustaba que Alonso le pusiera atención y la cargara en brazos. Además, era el único que podía hacerlo. Con cualquier otro hombre, e incluso con la señora Dril, Nina comenzaba a llorar si le acariciaban la cabeza o intentaban cargarla.
Pronto comenzó a aprender acerca de los negocios aledaños al taller de pintura. En la casa de junto había una pequeña herrería, y en la del otro lado, una mercería. Había una carnicería al cruzar la calle, una salchichonería, una quesería en la calle de atrás y también una pequeña repostería. La mayoría de las casas eran comunes y corrientes, pero muchas de ellas tenían al frente pequeños negocios que sostenían a sus familias.
En el caso de los Dril, regentaban el taller de pintura más famoso de la ciudad y muy a menudo recibían encargos de los nobles para hacer retratos y pinturas familiares. Nina no comprendía un ápice sobre lo que los pintores le explicaban a Alonso sobre líneas, bocetos y combinación de colores, pero le gustaba cuando la llevaban a entregar pinturas. Los pintores le pedían que envolviera los trabajos terminados en papel de estraza, y ella, luego de unos meses de práctica, podía cubrir las pinturas acabadas y amarrar el papel sin dañar el lienzo ni las orillas.
Los pintores anunciaban que iban a salir, tomaban a la pequeña de la mano y se la llevaban a hacer entregas por toda la ciudad. Así, Nina vio grandes castillos, casas de nobles, un bar de élite y hasta un burdel. Los nobles la alababan por su belleza y su encanto angelical, ya que los pintores la usaban para anunciar que habían llegado, así que Nina pronto comenzó a recibir monedas gruesas y regalos de los nobles que la veían en sus dominios.
Con el dinero que adquiría, Nina les pedía a los pintores que la llevaran a alguna tienda de dulces o de pasteles, y solía comprar algunos postres para ella y para el pintor de turno. Pero siempre pedía un postre extra, que transportaba con cuidado hasta el taller y se lo ofrecía a Alonso, que estaría mezclando pinturas, o extendiendo lienzos, o tirado en su rincón luego de un arduo día de trabajo.
Entonces Alonso terminaba su jornada, devoraba el regaló de Nina y sacaba de su almohada un cepillo para peinarle el cabello. Nina se sentaba frente a él y dejaba que el muchacho le deshiciera el complicado peinado que acababa de aprender. Después, ambos se echaban a dormir en el colchón viejo que Alonso consiguió un mes después de cumplidos los catorce, en un esfuerzo monumental por adquirir algo por primera vez en su vida.
Esta fue, sin muchas variantes, la pacífica rutina de Nina y Alonso por algunos meses. Si bien Nina enflacó drásticamente, no pasaba hambre y las personas la trataban muy bien. Además, comenzó a notar que Alonso tenía cada vez mejor aspecto, pues comía mejor gracias a Nina.
El chico pasó de tener una almohada fea y dos sábanas sucias, además de su ropa vieja y desgastada, a tener dos conjuntos de ropa, unos zapatos nuevos, mejor tez y un cabello más voluminoso y brillante que podía recoger con una de las ligas de Nina. No era sólo por las atenciones de la niña, sino porque se esforzaba bastante en cumplir con las expectativas del público fugaz que lo acompañaba en la plaza. Aunque ganaba poco y casi todo era en especie, Alonso descubrió que su talento para memorizar y declamar era, después de todo, un camino que podía tomar para salir adelante.
Un día, Nina estaba tan aburrida que decidió salir a comprar un poco de pan. El camino a la panadería era sumamente corto, apenas de dos calles. Además, era de día y había mucha gente, seguro que no pasaba nada. Así que Nina dejó una nota mal escrita en el rinconcito donde dormía con Alonso y salió a la calle, despidiéndose de los pintores. Estos no le pusieron atención; estaban inmersos en sus obras de arte, devanándose los sesos para terminar sus pinturas.
Nina caminó en medio de la calle empedrada. Identificaba las tiendas más por los logos que por las palabras, pues todavía no sabía leer bien. Las señoras la saludaron, pues sabían que era la cachorra del taller de pintura, pero en la siguiente calle nadie la conocía, así que nadie la saludó.
Justo cuando estaba a punto de cruzar a la siguiente calle, un carro se paró frente a ella y un hombre salió del vehículo, rápido. Tenía la mirada fija en Nina. Ella lo notó de inmediato, porque se metió por otra calle y echó a correr entre la gente.
—¡Eh, ven acá! —le gritó el desconocido.
El vehículo arrancó para darle alcance, pero el desconocido siguió a pie, intentando darle alcance. Nina se metió entre la gente, dio rodeos, atravesó recovecos entre las casas y, diez minutos después, exhausta, se paró en medio de un patio desconocido del que fue echada por la dueña de la casa.
Cuando salió a la calle, se dio cuenta de que no sabía en dónde estaba. No conocía a las personas, ni los logos de los negocios, y ni siquiera sabía leer los nombres de las calles. Nerviosa, le preguntó a un hombre de traje si esa calle era la del taller de pintura, pero el hombre hizo un gesto de asco, se sacó un centavo del bolsillo y se lo tiró a Nina a los pies antes de marcharse.
Nina dejó el centavo en el suelo y comenzó a caminar entre las calles. Comenzó a llorar, aterrada, pero nadie se acercó para preguntarle qué pasaba. Tal vez era porque se había caído varias veces en la huida, así que ahora estaba sucia y con las rodillas peladas, como la primera vez que había visto a Alonso. Se parecía a las niñas de la calle, porque no llevaba un vestido caro ni estaba rellenita.
Nina caminó hasta que fue a dar a una plaza muy parecida a la que había a tres calles de la del taller. Intentó ir en dirección hacia el lugar, pero regresó cuando se dio cuenta de que esta plaza no era la misma en la que Alonso le había limpiado la cara la primera vez. Era otra plaza, con la misma distribución y el mismo diseño, pero que Nina no conocía en absoluto. Unos minutos después, la niña vio otro carro negro que, casualmente, se detuvo en la acera frente a la plaza. Ella se asustó y echó a correr en cualquier dirección.
Cuando el cielo se pintó de naranja, Nina se acercó a una señora para preguntarle por el taller. Pero tan pronto como se acercó, la señora le palmeó la cabeza, le dio un poco de pan y le dijo—: En la ciudad hay más de trescientos talleres de pintura. ¿De quién es el taller que buscas?
—De Alonso. Ahí vive Alonso.
—¿Alonso qué, pequeña? ¿Cuál es el nombre de su familia?
Nina no supo qué responder. Alonso era sólo Alonso. ¿Debía tener otro nombre aparte de Alonso?
—¿Cómo te llamas? Puedo llevarte al cuartel para preguntar por tus padres.
—Me llamo Nina —respondió ella.
—¿Nina qué?
Nina era sólo Nina. ¿Debía tener otro nombre?
Agradeció a la amable señora por el pan y se alejó, pues notó que se estaba impacientando ante las respuestas a medias de la chiquilla.
Caminó sin rumbo por largo rato, hasta que la noche azul pesó sobre su cabeza. Aunque los transeúntes la veían, no se acercaban a ella. Entonces el hombre de la tarde se paró repentinamente frente a ella, la cargó antes de que Nina pudiera escapar y comenzó a caminar con tranquilidad. Nina comenzó a forcejear con él y a llorar, asustada.
—Eres una niña traviesa, ya verás en la casa cuando tu madre te de una tunda —la regañó con cariño el hombre, pero la sostenía con una fuerza inusitada—. ¡Basta! ¡Deja de hacer un berrinche! ¡Llevo todo el día buscándote!
Los desconocidos no movieron un dedo para ayudar a Nina. El hombre que la cargaba debía ser su padre. Podían intuirlo por la forma en que la regañaba. No obstante, la tranquilidad de la noche se fue cuando la voz de un muchacho exclamó a pulmón lleno—: ¡Es un secuestrador! ¡Tiene a mi hermana!
Nina se revolvió en los brazos del desconocido y comenzó a gritar con todas sus fuerzas—: ¡Alonso! ¡Alonso!
Los transeúntes se abalanzaron sobre el hombre, pero ya era tarde: este comenzó a correr tan rápido que nadie le daba alcance. A media carrera, intentó tapar la boca de la niña, pero esta lo mordió tan fuerte que perdió un diente en el proceso. Con la boca ensangrentada por el diente perdido, Nina no dejó de gritar el nombre de Alonso lo más alto que podía.
Él también gritaba tan alto como podía hasta que se le quebró la voz.
—¡Es mi hermana! ¡Es mi hermanita! ¡Ayúdenme, por favor! ¡Ese hombre se la lleva! —las lágrimas le nublaron la vista. Tropezó y cayó de bruces al suelo, y el hombre ganó otros treinta metros de distancia antes de que Alonso pudiera recuperarse y levantarse.
Tres hombres perseguían al desconocido junto a Alonso, gritando “¡Secuestrador, secuestrador!”, pero no lograban darle alcance. Cuando estaba a punto de darle alcance, con los pulmones quemándole, Alonso volvió a caer al suelo.
Levantó la cara bañada en lágrimas, pensando que sería la última vez que vería a Nina.
Entonces, unos soldados, como aparecidos de la nada, cubrieron las salidas de la calle por la que iba el secuestrador y se acercaron con rapidez.
Llevaban puesto el uniforme ceremonial, sin chalecos antibalas ni cascos, sino sus pesadas casacas, sus boinas con el escudo del imperio y sus armas largas. Uno de ellos disparó al pie del secuestrador, otro se acercó para golpearle la entrepierna y arrebatarle a Nina, que lloraba a lágrima viva, y un tercero, el más alto, el más ancho, el más fuerte, cerró su enorme mano en un puño y lo lanzó sobre la cara del adolorido hombre. Este salió despedido del lugar y se impactó contra el muro de una casa. Cayó laxo, como muerto.
—¡Bájame! —exigió Nina al soldado que la cargaba—. ¡Bájame! ¡Bájame!
La niña lo pateó en el pecho y le jaló el cabello. El soldado, ofuscado por la reacción de la niña, la dejó sobre sus pies antes de que el cabello le fuera arrancado. Uno de los soldados se acercó a él para palmearle el hombro, partido de la risa. Con el conflicto resuelto, los soldados comenzaron a despejar la calle de curiosos mientras otros dos se afanaban en esposar al secuestrador para subirlo a un caballo.
Mientras tanto, apenas fue dejada en el suelo, Nina corrió tan rápido como le permitieron sus cortas piernas. Con la cara empapada en lágrimas, abrazó a Alonso y se aferró tan fuerte a él que le encajó las uñas. No dejó de llorar en un largo rato.
Alonso, todavía lloroso y cansado, la cargó y se acercó al pelotón de soldados. Eran anchos e intimidantes, y el más grande de ellos era el que había soltado el terrible golpe al delincuente. Sus manos eran tan grandes como las de Marshal, pero tenía una fuerza terrible con la que repartía justicia en las calles.
A Alonso se le iluminó la mirada.
—¡Señor Puño de Hierro! —lo llamó. Alonso sintió su cara enrojecer cuando el soldado se giró en redondo y fijó su mirada en él. Con ese semblante serio y escrutador, cualquiera pensaría que el hombre estaba siempre preparado para tirar golpes a diestra y siniestra.
—¿Me hablas a mí, alfeñique? —su voz era atronadora y grave. Alonso se estremeció al escucharlo.
Todos se quedaron en silencio, expectantes.
—¡Quiero ser como usted! —declaró con voz ronca y temblorosa. El cansancio de la carrera le pesaba en el cuerpo, pero no se amilanó—. ¡Dígame qué es lo que necesito para ser un soldado imperial, por favor! —la voz se le quebró. Lágrimas se deslizaron por sus mejillas—. ¡No quiero que algo le vuelva a pasar a Nina!
Apretó a la niña en sus brazos cuando dijo esto.
La mandíbula del soldado tembló. Alonso se asustó. Pensó que le daría un puñetazo por esa idea tonta y repentina. Segundos después, el hombre compuso una amplia sonrisa. El corazón de Alonso dio un vuelco en su pecho.
—Ven mañana al octavo regimiento a las diez, pregunta por… Mmm, ajá, por Sir Puño de Hierro, ¡ja, ja, ja!
El soldado se marchó riendo del lugar.
Alonso, que no comprendía porqué reía el hombre, se sintió más feliz que nunca. Había recuperado a Nina y, además, una puerta se abrió frente a él.
El muchacho besó la frente sudorosa de Nina y, con tranquilidad, agradeció a los transeúntes antes de marcharse caminando rumbo al taller.






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