Alonso se despertó más temprano al día siguiente. No sabía qué esperar de su cita, así que estaba muy nervioso. ¿El soldado fingiría no conocerlo y lo echaría? ¿Se burlaría en su cara cuando lo viera a la luz del día? ¿O simplemente no le abrirían las puertas del regimiento?
El imperio de Zadur era protegido por los soldados imperiales. Estos cumplían con un entrenamiento más riguroso que los guardias, por lo que contaban con edificios especializados para concentrarlos. En total, había doscientos regimientos que se dividían en cuatro destacamentos generales: vanguardia, logística y mecánica, retaguardia y reserva. Además, la pertenencia de cada miembro a algún regimiento se debía a sus habilidades. Así, los regimientos del 1° al 20° eran de vanguardia, del 21° al 160° de mecánica y logística, los siguientes veinte de reserva y los últimos veinte de retaguardia.
Los regimientos eran numerados con base en sus habilidades y méritos, por lo que pertenecer al octavo regimiento del imperio era decir bastante. No sólo estaban entre los soldados con mejor desempeño, sino que cuidaban una ciudad tan grande y poblada como Leize, de donde provenía la segunda reina.
Como era una ciudad favorecida por una de las reinas, Leize contaba con un regimiento limpio, ordenado y confiable. Las instalaciones del lugar eran amplias y cómodas, los soldados vivían pacíficamente en él y ciudadanos sabían que podían llamarlos en cualquier momento para que salieran a las calles si los guardias no podían contener casos difíciles.
El lugar se encontraba a las afueras de la ciudad, a setenta kilómetros de la catedral, que estaba en el corazón de Leize. Era tan grande como una fortaleza y el edificio de administración y vivienda era minúsculo en comparación con las hectáreas que pertenecían al campo de entrenamiento de los soldados.
No obstante, como era un lugar que quedaba lejos del taller de Marshal, Alonso tuvo que tomar un puñado de sus monedas ahorradas para comprarse un boleto de tren. La experiencia estuvo lejos de ser placentera, porque nunca había viajado en tren y no tenía la más mínima idea de cómo pagar el pasaje. Además, el vehículo era grande, intimidante y se bamboleaba sobre los rieles con una velocidad que le provocó náuseas al muchacho.
Las estaciones, repartidas cada diez kilómetros en una amplia red a lo largo y ancho de la ciudad, se sucedieron en línea recta hasta llegar a las afueras de la ciudad, a una carretera ancha y atestada de ruidosos vehículos y calesas. Alonso, tan pronto como descendió del tren, fue a dar a una taza de baño para vomitar.
Después, con el estómago vacío, salió de la estación de tren para buscar el regimiento. Lo encontró con la mirada, en la cima de una colina que parecía dominar los alrededores. Parecía, en efecto, una fortaleza, con altos muros grises y torres de vigilancia con francotiradores que Alonso estaba seguro de que podrían perforarle el cráneo desde esa distancia.
Con resolución, Alonso emprendió el camino rumbo al regimiento. Estaba a más de un kilómetro de la estación de tren, pero era el lugar más cercano en el que podría dejarlo un transporte público. Si fuese un chico de familia pobre, al menos podría pagarle a un carromatero barato para que lo dejara a las puertas del lugar. Pero como era un cachorro, Alonso no tenía más remedio que caminar hasta allá y subir la pendiente de la colina.
A las diez menos cinco, según el reloj del portero del lugar, Alonso llegó por fin a las puertas del regimiento. Los muros, que se veían pequeños desde la distancia, debían medir nueve o diez metros de alto, y los coronaban rodelas de espinas de alambre que emitían un suave zumbido.
—Necesito una identificación y el motivo por el que estás aquí —exigió el portero, sin mirar a Alonso.
Alonso sintió una pesadez honda en las entrañas. Él no tenía una identificación ni nada que avalara su identidad. Pensó en marcharse, pero segundos después se regañó. Ya había gastado una cantidad considerable en los boletos de tren. Tal vez no era tanto dinero, pero para un sintecho era algo inaudito viajar junto a la gente.
—Yo soy un cachorro, señor. Me llaman Alonso —se presentó, nervioso.
—¿Alonso? Me informaron de un Alonso, pero no me dijeron que sería un cachorro —se quejó el hombre. Levantó el auricular de su teléfono y marcó una extensión. Esperó. Alguien contestó al otro lado—. Llegó un Alonso, señor, pero es un cachorro. Sí, está aquí… Muchacho, ¿a quién buscas?
—Yo, eh… a Sir… Sir Puño de Hierro —anunció. Las orejas se le pusieron rojas cuando el portero le echó una mirada pesada y repitió el absurdo apodo al teléfono.
—Claro que sí, señor. Yo le digo, señor. Que tenga un buen día, señor —colgó el teléfono, sacó una hoja de registro y una pluma y miró largamente al muchacho antes de preguntar—: ¿Sabes escribir?
—Sé escribir, pero mi letra es muy mala, señor.
El portero suspiró. Comenzó a escribir en la hoja la fecha, la hora, su nombre, el nombre de Alonso y algunas particularidades que Alonso no podría leer a menos que torciera su cuello y lo metiera por la ventanilla.
—¿Cuántos años tienes, muchacho?
—Creo que catorce, señor. Eso dicen quienes me cuidan.
—¿Cuál es el negocio de quien te cuida?
—Es un taller de pintura.
—¿De?
—De don Marshal Dril, en el centro de la ciudad, a unas diez calles de la catedral.
—Muy bien. Toma esta tarjeta de visitante, cuélgatela al cuello. Voy a abrir la puerta. Un par de soldados te revisará para comprobar que no llevas nada peligroso encima. Una vez que pases el control de seguridad, camina recto, gira hacia el jardín de cecilias a tu derecha, vuelve a caminar de frente. Verás una puerta con el letrero de “comandante” en grande. Ése es tu destino… ¿Sabes qué son las cecilias?
—Por supuesto, señor. Los pintores me han instruido en toda suerte de flores porque a las damas de alcurnia les gusta verlas en sus retratos.
—Pues eso es todo, muchacho.
—Muchas gracias.
La puerta de hierro junto a la portería se abrió. Un soldado salió a recibir a Alonso. Este entró en un cubículo donde había cinco soldados platicando entre ellos. Pidieron a Alonso que se parara con las piernas abiertas a la altura de los hombros, con las manos detrás de su cabeza. Alonso siguió las indicaciones.
Mientras palpaban sus botas sucias, sus piernas, sus brazos y su torso, los soldados lo miraban atentamente. Le pidieron que se quitara el gorro y lo volteara al derecho y al revés. Le pidieron que vaciara sus bolsillos en una bandeja de aluminio. Le pidieron que se desabrochara los pantalones. Un soldado le indicó que lo examinaría. Alonso se sintió abrumado cuando el hombre metió la mano dentro y palpó suavemente con su dorso aquí y allá en busca de armas o bombas.
—Es seguro, puede pasar —autorizó el soldado que registró sus pantalones.
Alonso se apuró a abrocharse los pantalones y a meter su boleto arrugado de tren, sus trece centavos y su mendrugo duro a sus bolsillos, con las mejillas coloradas. Los soldados abrieron otra puerta, frente a la puerta exterior, y le permitieron el paso. Alonso salió, entonces, y fue consciente de que estaba por primera vez en su vida en un regimiento imperial.
Caminó rápidamente tal como le indicó el portero. Se acercó al edificio principal, giró a la derecha cuando vio un pequeño jardín interior atestado de racimos de brillantes cecilias, rodeó el jardín, giró a la izquierda y reemprendió su camino derecho. Las indicaciones del portero lo llevaron, en efecto, hasta una puerta blanca sobre la que descansaba una placa negra que rezaba COMANDANTE W. RYLOC.
Alonso se sintió aliviado de no haberse perdido en el camino. El edificio parecía bastante grande y los soldados bastante toscos, así que Alonso no sabía lo que le harían si se atrevía a ir más allá del lugar que le habían indicado. Decidido, fue a tocar la puerta, pero esta se abrió de repente y lo hizo saltar hacia atrás.
—¡Ah! Eres tú. Iba camino a buscarte —le dijo un muchacho. Cuando Alonso se fijó mejor, se dio cuenta de que era el soldado al que Nina había jalado el cabello la noche anterior.
—Perdón por lo de anoche —le dijo Alonso, sincero.
—¿Qué? ¡Ah! No te preocupes, era comprensible. Tu hermanita estaba muy asustada. ¿Cómo está?
—Mucho mejor. Ayer cenamos bien. Aunque creo que no descansó bien, la sentí muy inquieta en la noche.
—¿Duermen juntos? —preguntó el muchacho, estupefacto.
—Bueno, no puedo hacerla dormir en el suelo —Alonso se encogió de hombros. Había adquirido muchos de los gestos de Nina en los últimos meses.
—¡Pasa de una vez, alfeñique! —ordenó Sir Ryloc desde adentro de la oficina.
—Lo siento, te bloqueaba la entrada —se disculpó el soldado, apartándose.
Cuando Alfonso entró a la oficina, el soldado cerró la puerta y se quedó junto a ella, con las manos en la espalda. La oficina era grande y estaba atiborrada de libreros y archivos, además de escritorios, sillas y sillones, pero no había tanta gente en el lugar. Tan sólo estaba el soldado joven, una soldado bonita que sonrió ampliamente cuando vio entrar a Alonso, otro soldado con lentes que parecía más acostumbrado a sostener una pluma que una espada y Sir Ryloc, sentado detrás de un pesado escritorio de madera maciza.
—¿Tu nombre es Alonso, alfeñique? —preguntó el comandante.
—Ése soy yo, sir Ryloc.
—Oh, momento, momento. No me llamaste así cuando me conociste, alfeñique.
—Sir… Sir Puño…
El hombre se atacó de la risa, tal como el día anterior. Cuando paró de reír, le dijo—: Voy a soltarte un puño real si no me llamas Sir Puño de Hierro de ahora en adelante, ¿estamos?
—Sí…
—Muy bien, ahora lo que sigue, alfeñique —anunció Ryloc—. Ven, siéntate. ¿Cuántos años tienes?
—Catorce, sir. Creo.
—¿Crees?
—No sé mi verdadera edad, pero don Marshal me cuenta los cumpleaños desde que me recogieron de la calle. Probablemente sea un poco más grande.
—Oh, estoy leyendo tu hoja de registro —le dijo Ryloc. Un profundo surco se formó entre sus cejas. Su boca formó una mueca.
Lo echarían en cualquier momento. Alonso estaba seguro.
—¿Estás aprendiendo el oficio de la pintura, alfeñique?
—No soy bueno en ello, sir. No soy bueno en nada. Lo único que se me da bien es memorizar textos y declamarlos. Así me he ganado la vida los últimos meses.
—¿Declamar? ¿Qué declamas?
—Poemas y canciones, y también el Ekai Ala.
—¿Cuánto has memorizado del Ekai Ala? —preguntó el soldado de lentes.
—Eh, todo. Me lo aprendí completo hace unos meses cuando me enseñaron a leer, antes de conocer a Nina.
—¿Acabas de aprender a leer? —preguntó el de lentes, impresionado.
—¿Antes de conocer a Nina? —intervino la mujer.
Alonso cerró la boca, asustado.
—Responde lo que se te pregunta, chico —exigió Ryloc.
—Sí —dijo, incómodo—. Don Marshal me enseñó a leer hace como un año. Y hace siete meses recogí a Nina de la calle. Creo que ella es una niña noble, pero no lo recuerda. No recuerda su nombre, o dónde vive. Hemos estado juntos desde ese momento.
—¿Entonces la niña no se llama Nina y tampoco tiene apellido, me imagino? —cuestionó Ryloc.
—Así es.
—¿Por qué “Nina”? ¿Nina como en La princesa y el dragón? —preguntó la soldado, curiosa.
—Sí. Le puse ese nombre porque se parece a la princesa que describe el cuento: bonita, de cachetes rosados, ojos como la miel y cabello rubio.
Ryloc suspiró largamente. Observó con atención a Alonso, tal vez evaluándolo. Recargó la cabeza en su asiento, como mirando al cielo. Después de unos instantes de tenso silencio, se enderezó en su lugar y volvió a observar a Alonso. Este le rehuía la mirada, nervioso, pero intentó no temblar de miedo en su lugar.
—Luthiel, explica el proceso para ser un soldado imperial —ordenó Ryloc.
El soldado de lentes se quedó de piedra por un instante, pero rápidamente recuperó el control y carraspeó. Se dirigió a Alonso y comenzó a enseñarle—: Los prospectos deben tener cumplida la mayoría de edad para aplicar como caballeros. Después de dos años de escuela lectiva y entrenamiento, se les somete a un examen de graduación, en el que sólo a los treinta mejores se les da permiso de fungir como guardaespaldas durante un tiempo determinado. A veces una semana, otras un mes. Depende bastante del humor de los emperadores. Superado este último control, los prospectos se vuelven soldados rasos del imperio y son asignados a los regimientos de retaguardia. A partir de entonces comienzan a trabajar para escalar niveles. ¿Hay algo que no hayas comprendido?
—¿Debo ir a la escuela para ser soldado? —preguntó Alonso, apesadumbrado.
—Por supuesto. Debes aplicar para alguna de las academias imperiales y pasar el examen de admisión. Las cuotas se han abaratado bastante desde que yo estuve en la academia, así que es bastante fácil ser soldado si tienes las agallas… —la voz de Luthiel se apagó cuando Alonso escondió la cara entre las manos.
—El dinero es el problema, por supuesto —expresó Ryloc en voz alta—. El entrenamiento preliminar requiere de una cuota que ya es exorbitante para familias pobres. El examen de admisión cobra otra cuota. La inscripción, los papeles de identidad, el uniforme, la comida, el alquiler del dormitorio, las clases y los viajes escolares… Deberías tener al menos dos o tres uniformes de repuesto, zapatos, armas de entrenamiento… Todo esto cuesta una pequeña fortuna que sólo las clases medias son capaces de pagar. Por eso los soldados suelen ser personas con buena solvencia económica.
—Pero… —lo interrumpió la mujer, con suavidad—. Los sacros emperadores son generosos —dijo.
—¡Las becas! —exclamaron el soldado de la puerta y Luthiel a la vez.
Alonso saltó en su lugar y levantó el rostro—. ¿A qué se refieren con becas?
—Los pobres, los cachorros y los indigentes pueden aplicar para el examen de admisión sin necesidad de pagar una cuota por adelantado —explicó Luthiel rápidamente, emocionado—. Si pasan el examen, se les da de tres a seis meses para pagar la cuota del examen. Aquí empieza lo interesante: si entras con un puntaje entre los cien mejores, se te condona la cuota de ingreso.
—Pero es sólo el ingreso, todavía necesitaré…
—Si eres de los cincuenta mejores, Alonso, se te condona la mitad de la colegiatura total del entrenamiento. Un año entero de cuotas.
—Y si entras como uno de los treinta mejores —continuó el soldado joven— ¡el ochenta por ciento!
—Y sinceramente, es mejor pagar el veinte por ciento de una pequeña fortuna que el cien por ciento —coincidió Ryloc—. Tal vez no seas capaz de entrar con un rango más alto, pero entrar entre los treinta mejores, aunque sea un milagro, podría mejorar tu vida bastante, alfeñique. El gran problema es que te hace falta un nombre de familia. Sin una identidad no te dejarán tomar el examen.
—No lo sé. Esto es… demasiado —dijo el muchacho, abrumado—. Incluso el veinte por ciento es algo imposible, sir.
Alonso apretó los dientes. Intentó con todas sus fuerzas no echarse a llorar en ese momento, y lo logró. Suspiró, se levantó de su lugar, se disculpó por haberlos hecho perder su tiempo y se marchó del regimiento, con la cara nublada por el dolor. ¿Qué esperaba? ¿Una tonta prueba de valentía y que de pronto el mismo Ryloc en persona se ofreciera a entrenarlo? La vida no era tan sencilla.
De camino al centro de la ciudad, Alonso encontró un periódico abandonado cerca de su asiento. Un artículo destacaba en la portada con letras grandes y gordas: “EXAMEN DE ADMISIÓN DE ARANTES”. Alonso, pensando en que un poco más de sal no haría doler tanto la herida, se puso a leer el artículo:
La Academia Imperial de la Gloria de Arantes, conocida a lo largo y ancho del imperio por ser semillero de caballeros, guardias y soldados, se prepara para recibir a sus nuevos residentes. Se prevé que, durante el próximo mes, al menos unos quinientos prospectos se presentarán para tomar el examen de admisión.
Durante años, el examen se ha hecho con el mismo formato, puesto que ha dado buenos resultados. Aquel que desee aplicar para el examen, deberá presentar la papelería y el pago correspondiente máximo tres días antes de la aplicación, que será el 19 de noviembre del año en curso, en punto de las siete de la mañana.
Los prospectos realizan primero un largo examen escrito que prueba sus conocimientos en diferentes áreas. Si lo aprueban, son llamados a la Mesa de los Interrogatorios, como suele llamarse a la oficina del director, donde se les hace una serie de preguntas que siempre son diferentes.
Sólo los diez mejores tienen la academia totalmente cubierta directo de las arcas personales de los emperadores. La bondad de nuestros sacros emperadores es maravillosa, porque incluso los tres mejores de cada generación reciben una pequeña pensión durante su paso por la academia.
Así pues, le llegó la hora a quienes acaban de dar paso a la edad adulta. ¿Seremos sorprendidos este año por prospectos interesantes, o volveremos a pasar Ametis sin grandes acontecimientos por registrar en los anales de este diario? Los editores, fieles servidores de usted, lector, esperamos con ansias el gran examen de admisión de Arantes.
¡Quinientas personas! ¡Alonso debía superar a por lo menos cuatrocientas setenta personas bien educadas y con apoyo familiar para poder ser capaz de pagar el mínimo!
No.
Definitivamente no.
Aquello era imposible para él.
Se quedaría el resto de su vida declamando el Ekai Ala en la plaza, durmiendo en un rincón de un taller apestoso a thinner, comiendo pan de vez en cuando. La vida de un cachorro no era tan mala.






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