6. El primer paso de un cachorro

6. El primer paso de un cachorro

En el vasto imperio de Zadur dominaban cinco cuerpos policiales que mantenían el orden y la armonía de las ciudades en nombre de los emperadores. Aunque ostentaran rangos distintos debido a sus habilidades y misiones, todos y cada uno de estos guerreros pasaban por duros entrenamientos que los facultaban para ser los protectores de Zadur.

En el escalafón más bajo se encontraban los guardias. Ellos trabajaban desde cuarteles que se repartían a lo largo y ancho de las ciudades, por lo que su jurisdicción era residencial. Andaban a pie o sobre transportes motorizados, usaban toda clase de armas cortas y espadas, trabajaban en jornadas cortas y muy seguido se involucraban en incidentes a pequeña escala en los que bastaba su presencia para imponer autoridad.

Después estaban los soldados, quienes protegían las comarcas de las ciudades, así como las fronteras del imperio. Este cuerpo de autoridad era el más extenso, y también al que le era destinada la mayor parte del presupuesto imperial. Ellos tenían jurisdicción en todo el territorio del imperio excepto en los palacios de los emperadores y sus esposos. Sabían usar, además, armas largas e incluso un poco de magia, aunque no eran comunes los soldados que pudiesen manifestar un grado de dominio básico sobre la energía natural.

Luego seguían los caballeros, quienes se asentaban en los palacios de los emperadores, pero podían ejercer su autoridad en todo Zadur. Como su nombre lo indicaba, ellos eran expertos cabalgando y casi todos manejaban la lanza o armas de combate a distancia, aunque también había muchos que formaban equipos poderosos con los magos del imperio.

Estos, los magos, eran apodados “flores”, tal vez porque los identificaban por las marcas parecidas a las flores en sus cuerpos. Su comprensión de la energía natural se limitaba a las Seis Aristas Físicas, en las que podían manejar una, dos o todas las formas mágicas del mundo, aunque era raro encontrar a talentosos magos entre los contemporáneos de Alonso. Ellos vivían en las atalayas imperiales, repartidas a lo largo y ancho del territorio, pero era bien sabido que los que pertenecían a la Torre Mayor, ubicada en el centro del palacio del sacro emperador, eran los más poderosos.

Por último, las sombras de la emperatriz eran un conjunto bastante misterioso y que siempre daba de qué hablar. Se sabía que estaba conformado exclusivamente por mujeres y que sólo recibían órdenes directas de la sacra emperatriz, quien las gobernaba desde su trono negro. Se decía que cada una de ellas valía por mil soldados, y que, si intervenían directamente en un conflicto, era porque el asunto se les habría ido de las manos a los otros cuatro cuerpos. Como tal, este conjunto de élite era una reserva a la que sólo se echaba mano en tiempos de inminente peligro, así que los zaduríes podían estar tranquilos mientras las sombras no salieran a las calles.  

Alonso aprendió todo esto los primeros días en su nuevo hogar. Cada mañana, en punto de las siete, Luthiel, Kasteria y Francis se presentaban en la casa para darle clases al muchacho. Ambos hermanos, Alonso y Nina, los querían y necesitaban tanto que decidieron hacer copias de las llaves para cada uno de los tres soldados.

Pronto se estableció una dinámica: por la mañana Luthiel intentaba meter toda la teoría que pudiera en la cabeza de Alonso. El hombre llevaba al principio pesados y complicados libros sobre política, guerra y manuales de geografía y otras cosas de interés para los soldados, pero pronto se dio cuenta de que todo eso era muy avanzado para Alonso. Así que empezó por lo básico: mejorar los terribles jeroglíficos con los que el muchacho escribía, y enseñarle a contar del 1 al 10. Nina, con más luces para los números, pronto llegó a 200 sin que Luthiel le dijera la más mínima pista.

Después, Francis se dedicaba a entrenar a Alonso en el arte de la esgrima y la lucha cuerpo a cuerpo hasta que daban las doce. Si bien es cierto que al principio Alonso desfallecía con cinco minutos de esfuerzo, la comida y el fortalecimiento hicieron que pronto aguantara treinta, cuarenta y cinco minutos, y después una hora de duro entrenamiento. Pasadas dos semanas, aunque no había ganado tanto músculo como deseaba, Alonso se miraba con orgullo al espejo, porque dejó de notar las costillas y sus muñecas delgadas.

Luego de un merecido descanso, en el que todos aprovechaban para comer, Nina se iba de la mano de Luthiel y Francis, ya fuera para ayudar el taller de Marshal o para ir al octavo regimiento, y Kasteria se quedaba en la casa para enseñar a Alonso a tocar algunos instrumentos.

Esto último había sido completamente improvisado. Alonso, que se conmovió ante el enorme regalo de Ryloc, se negó rotundamente a gastar un solo centavo de la cuenta bancaria que el hombre le ofreció al día siguiente. No sabía porqué Ryloc quería mantenerlo de esa forma, pero Alonso sabía que tomar el dinero de un extraño para vivir cómodamente sería descuidado y ruin.

Así pues, Alonso siguió con la idea de declamar cuentos y recitar poesía en las plazas, pero sabía que los bardos amenizaban muy bien sus funciones con la música. No obstante, Alonso nunca había tocado un instrumento en su vida, y no estaba seguro de que supiera cantar a capella. Cuando Kasteria le dijo que ella sabía tocar varios instrumentos de cuerda y el piano, Alonso le rogó que le enseñara a tocar.

Y, contrario a lo que ambos esperaban, Alonso era muy bueno para aprender acordes y canciones sencillas. Unos días después, entusiasmado, Alonso se llevó a Kasteria a la plaza y empezó a ensayar sentado en el césped, concentrado. La gente se reunió a su alrededor, atenta, y las monedas le comenzaron a llover cuando confesó, con la cara enrojecida, que era su cuarto día tocando la guitarra y que no era muy bueno.

Cuando volvía de su nuevo trabajo como declamador, completamente exhausto, Alonso era recibido por un alborotado abrazo de Nina. Ella casi siempre se quedaba en el salón, sentada a la mesa, mientras Francis, Kasteria o la señora Dril la cuidaban. Entonces Nina pedía a Alonso que la cargara y comenzaba a contarle cada pormenor de su día, emocionada. Hoy me dieron una moneda de oro, decía. Jugué a las escondidas con los soldados de Puño, te vi declamar en la plaza, fui a una tienda de helados con Francis, me dieron un nuevo vestido.

Alonso estaba contento con el hecho de que Nina fuese llenada de regalos. Con el tiempo, se había acostumbrado a pensar que la niña se merecía el mundo. No era caprichosa, era obediente, sincera y responsable, y siempre buscaba una forma de hacer sentir mejor a su “hermano llorón e irritable”. Y era bastante cierto: a diferencia de la pequeña y consentida niña, Alonso era malhumorado y sensiblero.

Ambos se acostaban juntos. Alonso tomaba el cepillo del tocador, deshacía los bonitos y complicados peinados que se había acostumbrado a hacer con el largo cabello de la niña y le peinaba el cabello en dos trenzas sueltas mientras Nina terminaba de contar su día. Entonces, cuando ella se quedaba profundamente dormida, Alonso tomaba uno de los libros de Luthiel y lo leía hasta que caía rendido junto a su hermana.

Al cabo de dos semanas siguiendo esta rutina, Ryloc se presentó junto a sus tres subordinados para supervisar personalmente la evolución de Alonso. Ante la sorpresa de todos, Alonso bajó de su habitación con una libreta llena de anotaciones y comenzó a preguntar a Ryloc sobre las dudas que surgían en sus lecturas solitarias por la noche. Después, durante el entrenamiento, aunque recibió algunos fuertes golpes, Alonso se sintió aliviado al saber que podía tenerse en pie si peleaba en serio contra algún tipejo en la calle.

Por la tarde, como Ryloc no tenía habilidad alguna para la música, observó atentamente la función de Alonso en la plaza, quien no dejaba nada al aire. Ryloc lo acompañó mientras el muchacho se ponía una camisa limpia, unos pantalones y botas recién lustradas, se colgaba la guitarra a la espalda y caminaba, con las orejas rojas y las mejillas ardiendo, mientras repasaba una hoja de papel arrugada. Los tres soldados y Nina los seguían a la distancia para presenciar la función.

—¿Qué es eso? —le preguntó el hombre, curioso.

—Eh… es mi función. En la noche anoto algunos pasos. Voy a llegar, voy a saludar y voy a abrir con una canción corta. Después un cuento, un poema o dos, alguna petición del público y cerraré con el Ekai Ala mientras toco la guitarra.

—¿Has planeado así de bien tus funciones cada vez?

—Al principio no lo hacía —confesó el muchacho—. Improvisaba todo con lo que recordara en el momento. Pero he llegado a sentirme menos incómodo al saber exactamente qué hacer. Aunque sigo dejando espacio para improvisar.

—Oooh —exclamó Ryloc, asintiendo.

Pero la sorpresa sólo empezaba para el hombre. Este se sentó en una banca desde la que se veía el pequeño promontorio en el que Alonso hizo su función de esa tarde. Lo vio con la cara roja, y Ryloc pensó por un momento que el muchacho se moriría de vergüenza y saldría corriendo. No obstante, cuando un par de chicas pasó caminando cerca de él, lo escuchó decir:

—Buenas tardes, hermosas señoras, ¿me regalan un minuto de su tiempo para enamorarlas?

Las muchachas rieron entre ellas y aceptaron. Otra señora que pasaba cerca, al escuchar la pregunta de Alonso, se acercó con curiosidad también. Apenas se acomodó Alonso la guitarra en el pecho, ya había cinco o seis personas esperando junto a las dos chicas.

Ryloc lo vio transformarse. Una atractiva sonrisa afloró en su cara. Sus bonitos y alargados ojos de color miel brillaron. De pronto su cabello rebelde y su camisa, con el último botón sin abrochar, enmarcaron una cara que se tornaba gallarda y un par de brazos delgados y torneados. Sumado a su altura y su voz, Alonso provocó una ola de suspiros cuando sólo había cantado el primer verso de su canción.

Cantó las primeras dos estrofas. Era una canción popular, una que todos se sabían, por supuesto. Eran catorce rimas chuscas sobre el amor y el alcohol, que los taberneros solían comenzar a cantar cuando sus clientes estaban demasiado animados y no había un bardo cerca. Cómo había aprendido el inexperto Alonso la canción era un misterio que los adultos nunca pudieron resolver.

Una treintena de personas ovacionó al muchacho cuando terminó la canción. Entonces comenzó a hacer chistes que provocaban la risa de la gente, contó una falsa historia sobre un amor no correspondido, y comenzó a recitar el cuento de La pequeña oruga en el jardín. Este se trataba de una oruga que se enamora de una mariposa bonita, pero no puede cumplir su romance; al final, cuando la oruga se convierte en una mariposa, no recuerda su vida como oruga, así que se marcha volando y deja atrás su capullo roto.

Ryloc vio la atención que le ponían no sólo los niños, sino también los adultos. Todos escuchaban atentamente, como si estuvieran en la catedral con un monje de renombre al frente. Una muchacha comenzó a llorar cuando Alonso terminó el cuento, comprendiendo la moraleja. No todos los cuentos tenían una, pero Alonso no lo sabía en ese momento, porque toda la literatura que había llegado hasta él en los últimos meses era chusca o didáctica, no tenía puntos medios.

Después explicó, mientras tocaba la guitarra de fondo—: Tengo en casa una hermanita preciosa y brillante, que es mejor para los números que yo. Deseo que sea feliz, así que quiero volverme soldado. Por favor, querida audiencia, apóyenme para lograr mis metas. Así que, ¡todos atentos! ¿De verdad el odio es el antónimo del amor? Sir Savior Lutz no pensaba lo mismo. Durante la Guerra de Sucesión, el sacro emperador en persona le ordenó: “Guarda la espada y saca la pluma, Savior”. Lo dijo mientras la sangre de sus enemigos manchaba salvajemente su figura. El hombre, alto e imponente, con una mirada acerada, tan poderoso como un dios, lloró a lágrima viva cuando Savior le recitó el siguiente poema sobre la indiferencia…

Una hora después, había tanta gente en la plaza que Alonso se tuvo que subir a un foro que los vendedores ambulantes improvisaron con tres cajas de madera. Aunque sólo sobresalía metro y medio por encima de la gente, Alonso se veía bastante pequeño entre esas trescientas personas que se habían reunido al escuchar su clara y firme voz recitando el Farhellen de Savior Lutz.

Ryloc vio un carruaje de la nobleza detenerse en la acera de la plaza. Una mujer de alcurnia se quedó para escuchar el resto del poema. Cuando Alonso terminó y agradeció la lluvia de monedas, el cochero de la desconocida se bajó del carruaje con una bolsita del tamaño de un puño y la dejó en el gorrito que Alonso había puesto sobre una de las cajas. El hombre preguntó por el nombre del chico, recibió su respuesta y regresó corriendo al carruaje para informar a su patrona.

No suficiente con esto, Alonso se alió improvisadamente a un vendedor de gorritos e insumos de fiesta y, mientras el hombre hacía sus negocios en la plaza, Alonso comenzó a cantar una animada canción de baile que se amenizó bastante con el ruido que hacían los productos del vendedor. Había cornetas, matracas, silbatos, platillos y demás, que los transeúntes tocaban al ritmo de la canción.

Al final, completamente exhausto, Alonso se sentó encima de la caja, descansó por unos segundos y comenzó a tocar una tonada grave y majestuosa, que se lograba con apenas tres acordes bien ejecutados, y comenzó el final de su presentación—: Muchos rompieron el sacro designio de Amet de no obtener placer entre padres e hijos. Robaban, violaban y peleaban duramente. En medio de una refriega, un hombre mató a otro…

Alonso apenas declamó treinta líneas del Ekai Ala, pero parecía como si hubiese dicho lo más importante de las Sagradas Escrituras. Así era cada día para los que solían escucharlo en las plazas. Un silencio sobrecogedor invadió al público cuando Alonso terminó.

Dijo “¡Gracias, gente mía!” y, de repente, la multitud estalló en ovaciones y comenzaron a dispersarse. Muchos se iban sin más, continuando con sus vidas, pero Alonso siempre tenía que quedarse treinta o cuarenta minutos en su lugar después de cada función, porque siempre lo rodeaba la gente. Le preguntaban su nombre, su edad, donde vivía, qué hacía en sus ratos libres. Las dos chicas del principio se quitaron los listones de sus cabellos y los amarraron en la muñeca derecha de Alonso. Otro joven, de unos veinte años, vestido con el uniforme de los soldados, le regaló un ramo de flores al muchacho. Los que todavía quedaban, sobre todo las mujeres, gritaron de la emoción al ver la reacción cohibida de Alonso.

Ryloc, desde su sitio, se quedó impresionado al ver el crecimiento del muchacho. Lo vio reír y platicar con la gente como si los conociera de toda la vida, y este volvió a ser el chico melindroso y asustadizo que Ryloc conocía tan pronto como la gente dejó de prestarle atención. Esto, desde luego, también impresionó al hombre, porque significaba que Alonso era capaz de sacar a relucir atractivos talentos para embelesar a las personas y llamar su atención.

Luego de la exitosa función del muchacho, Ryloc reunió a sus soldados y a los hermanos y los invitó a cenar en El beso del ángel. Este era un restaurante familiar bastante concurrido, en el que abundaban los menús para niños y donde no servían una sola gota de alcohol. Era perfecto para la comitiva que acompañaba a Ryloc.

El camarero les dio una atención excelente, y pronto la mesa se llenó de platos, guarniciones y bebidas. En medio de la mesa, dos chicas colocaron un horno de mesa con una enorme olla de carne humeante. Nina, sentada en una sillita alta entre Alonso y Kasteria, señaló al horno y dijo—: Miren, brilla igual que las inscripciones de la casa. Como mi cabello.

Ryloc se atragantó, sorprendido. Alonso, el más perdido de todos, se desconcertó al ver las reacciones de sorpresa de los soldados y los comensales que habían escuchado el comentario de Nina.

—¿La inscripción del horno brilla? —preguntó Ryloc, incrédulo.

Alonso cayó en la cuenta en ese momento: las inscripciones de magia eran hechas con tinta negra que siempre se veía negra. En el caso del horno, la inscripción no era diferente de las que Alonso ya había visto: pequeña, negra, casi oculta. En absoluto brillaba con el color dorado del cabello de Nina.

Un sentimiento de aprehensión, y casi de comprensión, se libró en su pecho. ¿Y si Nina…?

¡No te pierdas ninguna novedad!

Únete a otros 3 suscriptores

¿Quieres leer otras historias?

  • Hunter x Kurapika
  • El misterio del asesino
  • Princesa del mar
  • Por el camino de piedra
  • Amasado y dulce

¿Qué te pareció lo que leíste?