Tan pronto como Luthiel supo del comentario de Nina, arribó a la casa de los hermanos por la mañana, apurado y expectante por comprobar sus sospechas. Ryloc, Francis y Kasteria se olvidaron por completo del entrenamiento de Alonso aquel día, pero al muchacho no podría haberle importado menos. Nina era la protagonista en ese instante.
Luthiel se sentó junto a Nina y le pidió permiso para examinar sus manos, sus brazos y las plantas de sus pies. La niña, ajena a la atención de sus allegados, se retorció entre risas cuando Luthiel le revisó los pies. Este hizo unas anotaciones frenéticas. Volvió a su examen. Revisó el cuello de la niña, la nuca, las axilas y el estómago. Cuando no fue capaz de ir más allá, pidió a Kasteria que la ayudara.
—¿Qué tal si nos bañamos juntas, Nina? —le preguntó ella, alegre.
—¿Puedo jugar con el señor pato? No, es mejor jugar con todos. Así la señora pato no se siente celosa.
—Mete todos tus patos a la bañera —concedió la capitana. La niña subió corriendo las escaleras, emocionada—. Vuelvo en un rato, señor.
—Adelante, capitana —la despidió Ryloc.
Al principio los hombres se quedaron en el salón hablando de banalidades. Luthiel aprovechó para hacer un corto examen de conocimiento a Alonso, pero, tan pronto como hizo dos preguntas, Kasteria gritó impresionada: “¡Por el éter de Amet! ¡Es increíble!”. Los hombres se sumieron en un silencio contenido, mirándose los unos a los otros.
La capitana bajó unos veinte minutos después, con el cabello húmedo y sin la casaca del uniforme. Cargaba a Nina en brazos, quien seguía jugando con un par de patitos de goma, ignorando la cara de estupefacción de la mujer.
—¿Y bien? —preguntó Luthiel.
—Es del tamaño de mi mano —anunció Kasteria—. La flor… en su pecho… es del tamaño de mi mano.
Alonso vio la impresión en las caras de los soldados, a cada cual más pasmado. Abrió la boca, por puro impulso, para preguntar a Nina—: ¿Por qué no me dijiste que tienes una flor en el pecho?
—No preguntaste —respondió ella, encogiéndose de hombros.
A pesar de la situación, Francis se rio entre dientes.
—Vamos por el último paso —anunció Luthiel, saliendo de su estupor—. Siéntate conmigo, Nina.
—Pero no me hagas cosquillas —le advirtió la niña, volviendo a su lugar.
Luthiel se quitó los lentes y se puso otros con cristales completamente negros. Alonso se impresionó al ver esto, preguntándose si el hombre podía ver con ese extraño par de anteojos. Él sacó una hoja de papel cualquiera, un tintero cualquiera y una pluma de ave cualquiera. Remojó la pluma en el tintero e hizo una línea chueca en la hoja. Alonso frunció el ceño.
—¿Esta línea brilla? —preguntó Luthiel.
—Por supuesto que no. Esa línea es tan fea como las que hace Alonso cuando intenta dibujar.
Luego de una pequeña pausa, Luthiel dibujó un círculo y comenzó a inscribir un hechizo dentro de él. Los hechizos de inscripción solían colocarse dentro de figuras geométricas de hasta seis lados, dependiendo del poder que el mago quisiera conferirles. Más tarde, Alonso sabría que el círculo era el más básico de los tipos de inscripción.
—¡Está brillando! —gritó Nina emocionada, aunque Alonso seguía viendo sólo tinta sobre papel—. ¡Ah! ¡Para Luthiel, me voy a quedar ciega! —le gritó la niña. Cerró los ojos con fuerza y se tapó la cara.
Luthiel, frenético, sacó una nueva hoja e hizo otro hechizo de inscripción dentro de un círculo. Este parecía más sencillo que el anterior, con menos trazos, pero seguía siendo negro para los soldados y para Alonso. En cambio, Nina fue persuadida de abrir los ojos, y entonces anunció:
—Bueno, este brilla menos. Creo que se te acabó la pintura en el otro.
—Hice un hechizo de pacificación y uno de juntura de agua. El de pacificación es más poderoso, por eso “brilla” más, Nina —explicó Luthiel—. No me cabe la menor duda. Eres una niña mágica.
—¡¿Voy a poder volar como la bruja Merisel en Traicionera boca roja?! —preguntó, saltando en su lugar.
—¡Los niños mágicos tienen ojos azules! ¡Por eso ese imbécil…! —gritó Alonso, cayendo en la cuenta. Se cortó de tajo cuando vio la pesada mirada de Ryloc. Respiró con dificultad e intentó serenarse antes de que perdiera el control.
—Pero los ojos de la bruja Meri…
—¡A la mierda con esa bruja! —la interrumpió Alonso.
Nina compuso una cara compungida y rompió en llanto.
—Por Amet, ¡tranquilízate, Alonso! —le ordenó Luthiel, aunque el llanto de la niña era alto y hería los tímpanos. Francis y Kasteria intentaron calmarla—. Nina está segura. Nadie va a intentar arrebatártela de nuevo.
—Pero los niños mágicos siempre terminan…
—¿No quieres ser un soldado por ella? —lo cuestionó Ryloc duramente. Alonso apretó la mandíbula, con una marea de sentimientos encontrados—. Nina no volverá a estar en peligro, y de eso me encargo yo si tú no tienes las agallas.
Alonso lo miró, desafiante—. YO soy su hermano y YO seré quien la cuide. ¡Cállate, Nina, si quieres ser Merisel serás Merisel! Pero sin ese maldito labial rojo. No usarás labial hasta que te cases.
—¡Yo no me quiero casar! ¡No sé qué es eso!
—¡Pues mejor si no te casas! ¡Hay cada estúpido en este mundo!
—¡Pues no me caso con un estúpido y ya! —le gritó Nina, con la cara mojada. Le sacó la lengua, pero dejó de llorar.
Más tranquilo, Alonso preguntó a Luthiel sobre las personas mágicas del imperio. Sólo sabía lo que les pasaba a los niños mágicos en las calles, pero no cuando tenían la fortuna de entrar a las academias imperiales.
—Los niños mágicos se dividen en dos tipos —explicó el hombre, mientras volvía a sus lentes habituales y guardaba sus enseres—: los que sólo pueden ver magia y los que pueden realizarla. Hay adultos que también pueden realizar complicados hechizos, pero generalmente toma años de esfuerzo. No es así con los pequeños; ellos tienen un don natural para la magia. Los que sólo pueden ver magia son asignados a la división de apoyo y generalmente se vuelven soldados de logística. No hay muchos que aprueben los exámenes para entrar en las atalayas. Pero lo que pueden realizar magia son asignados a la división de magia para aprender a controlarla.
—Aquí tenemos un pequeño problema —intervino Francis, con Nina abrazada a su cuello. Alonso se sintió celoso por un instante, pero no podía hacer mucho porque ambos hermanos acababan de pelear—. Si ella puede hacer magia, tendrá que ingresar a la academia cuando cumpla los ocho años. La ley imperial lo exige, por la seguridad de todos.
El alma se le cayó a los pies a Alonso.
—No sé cuántos años tiene Nina —dijo.
—Tengo seis años —dijo Nina, completamente segura.
—¿Cómo sabes cuántos años tienes, pero no sabes cómo te llamas? —le preguntó Alonso.
—¡Claro que sé cómo me llamo! ¡Me llamo Nina!
—Así que seis años y ya puede ver inscripciones —concluyó Luthiel—. Tenemos dos grandes años por delante, Nina.
—Quiero volar como la bruja Merisel —exigió ella.
—No creo que yo pueda enseñarte algo tan complicado, pero si posees magia, seguro que en la escuela te enseñan.
—Trato hecho. Vamos a la tienda de dulces, Francis.
Francis rio entre dientes y accedió.
Alonso los observó en silencio mientras se marchaban, pero volvió a concentrarse en Ryloc cuando este lo llamó por su nombre.
—Vas a comenzar tu tercera semana de entrenamiento, alfeñique —le dijo—. Pero creo que te lo estoy poniendo demasiado fácil.
—¿De qué habla, sir Puño?
—Te voy a pagar la cuota del examen de ingreso. No acepto rechazos, antes de que lo hagas —le dijo—. Pero tienes que cumplir con una condición.
—Sabía que no me lo daría gratis. Bueno, es mejor si puedo retribuirle.
—¡Excelente, muchacho! Empiezas a pensar como yo —lo felicitó el hombre, contento. Le palmeó la espalda. Si el suelo no fuera de piedra, Alonso se hubiera hundido diez centímetros—. A partir del próximo lunes, cada mañana irás al regimiento para pelear a puño limpio contra tres soldados distintos. Debes ganar al menos dos peleas para tener derecho a ir al día siguiente. Si pierdes las tres peleas… No te vas a inscribir este año al examen de ingreso.
Alonso se quedó en silencio por unos minutos. Después se dio cuenta de que se había tardado bastante en contestar, porque Nina regresó corriendo a la casa, con una enorme bolsa llena de helados para compartir con todos.
—Está bien —accedió, muy a destiempo.
A Ryloc le brillaron los ojos. Dijo—: Ése es mi muchacho —y se concentró en la paleta de chocolate que Nina le ofrecía.
Conforme se acercaba el lunes, Alfonso estaba cada vez más nervioso. Quemó la cena, así que Kasteria los invitó a comer. Un plato se le resbaló de las manos mientras se abstraía en sus pensamientos, y se hizo añicos a sus pies. Lo mismo pasó con un pesado libro de historia, que le aplastó el dedo pequeño del pie y le dejó un hematoma que le duró tres semanas. Además, se equivocó al cantar una canción, aunque por fortuna casi nadie se dio cuenta. Después, angustiado, se despertó a mitad de la noche empapado en sudor, asustado del puño gigante que lo perseguía en sueños.
El domingo por la mañana, Alonso estaba tan intranquilo que decidió no ir a la plaza. Estaba seguro de que se le rompería una cuerda, o tartamudearía, o le pasaría algo similar, y no quería pasar vergüenzas a esas alturas. En cambio, se quedó todo el día haciendo ejercicio, dando puñetazos al aire y patadas torpes que lo tiraron varias veces al suelo. Un sentimiento de opresión le rodeaba el pecho.
El lunes, a eso de las cinco de la mañana, Alonso ya no pudo dormir. Se sentó en la quietud del salón oscuro, con una taza de limonada con miel entre las manos, y se perdió en un remolino de inquietudes que no hicieron más que acrecentar la zozobra que ya sentía.
Un año era demasiado tiempo para un joven sin trabajo ni dinero. No podía darse el lujo de ser un bardo de poca monta durante un año, con Nina ganando monedas de oro por entregar pinturas. Se sentiría como un inútil de pacotilla que era mantenido por los encantos de una niña de seis años. Jamás lo permitiría.
A eso de las siete y media, Nina bajó corriendo las escaleras, nerviosa porque no encontró a Alonso junto a ella. Se calmó cuando lo vio en el salón, aunque fue contagiada por la ansiedad del muchacho.
—¿Te duele algo? —le preguntó. Alonso negó con la cabeza—. Tú eres muy fuerte, Alonso —comentó ella, como si supiera exactamente qué decir—. Hace como tres días Francis caminaba como pingüino y me sobornó con un pastel para que no te dijera que le dolía donde le habías pegado. ¡Ah! No debía decirte. Bueno, me dijo: “El soborno consistite en pagarte algo a cambio de que guardes un secreto”. Pero no era un secreto —se encogió de hombros—. Incluso Luthiel se estaba riendo de él cuando lo vio caminar.
—¿Luthiel sabe reírse? —preguntó Alonso, divertido.
—¡Sí! ¡Es muy guapo!
—Ni se te ocurra decir que quieres casarte con un tipo así…
—¡Pero si tú mismo dijiste que Luthiel no es nada estúpido! Y además es guapo… cuando se ríe.
—Lo que no pasa casi nunca, así que no te casas y punto —sentenció Alonso. Más animado, se levantó de la mesa y comenzó a subir las escaleras—. Vamos a cambiarnos. Hoy vamos al regimiento.
—¡Genial!
Nina corrió a su habitación y se quitó el pijama al instante, aunque volvió a ponerse, como siempre, una camisa blanca sin desabotonar. Nina era muy densa para hacer ciertas cosas sola, como vestirse, comer con cubiertos y bañarse. Alonso y los soldados estaban de acuerdo en que Nina tenía tan arraigado el hábito de ser servida que no se le había olvidado ni siquiera con la pérdida de memoria.
Por eso, tan pronto como la cabeza se le atoró en el cuello de la camisa, Nina salió corriendo de su habitación gritando el nombre de Alonso. Este, sorprendido, la salvó de caer al vacío cuando se acercó demasiado a la baranda del pasillo. Su corazón le golpeó el pecho con fuerza. En ese momento decidió que pondría un techo falso encima del salón de la casa, sólo para que la niña no se terminara matando en el proceso.
—¡Te he dicho que debes desabotonar la camisa! —la regañó Alonso, molesto. Le arrebató la camisa y comenzó a desabrocharla.
—Es que no puedo, es muy difícil —se quejó la niña, desanimada.
—Dice la que puede hacer operaciones matemáticas sin fallar —comentó con mordacidad el muchacho—. A ver, la mano derecha. La derecha Nina, esa es la izquierda. Voltéate. Bien, ahora sí la izquierda. ¿Ves? Ahora póntela tú sola… Ahora agarras este botón y lo pasas por este agujerito. Y el otro, el que sigue. Hazlo tú. No podré vestirte toda la vida… y ¡listo! ¿Por qué andas en calzones? Ponte el pantalón y las botas. Cuando estés lista me das los tirantes para ponértelos.
—¿Por qué no me pongo un vestido y ya? —se quejó la niña, volviendo a su habitación.
—¿Quieres que esos vestidos bonitos se arruinen cuando estés corriendo por ahí? Ni loco tiraría a la basura toda esa ropa cara.
Alonso fue a su propia habitación. Estaba llena de juguetes y libros de colorear de la niña, pero también tenía un montón de cosas que ahora pertenecían al muchacho. La cama ancha, siempre destendida, tenía dos almohadas en ella: una con estampados de flores y otra con estampados de corazones. Alonso dormía con la de corazones, porque Nina pensaba que así se volvería un romántico que enamoraría siempre a las chicas cuando saliera a las calles a cantar.
También había un escritorio, siempre desordenado, que ahora, después de tres semanas de convivencia con su nuevo dueño, se caía bajo el peso de libros gordos, montones de notas hechas con letra fea y todo tipo de diagramas chuecos. Había libros de filosofía, de historia, de política y de geografía que pertenecían a Kasteria o a Luthiel y que contenían, entre otras señas personales, anotaciones y gráficos hechos por ellos mismos durante su paso por la academia. Francis y Ryloc, lastimosamente, no eran hombres de libros, por lo que, tan pronto como se graduaron de la academia, donaron los pocos libros que tenían en buen estado e intentaron olvidarse de las terribles y aburridas horas sentados tomando lecciones.
En un pequeño rincón despejado del escritorio, un par de objetos saltaban a la vista casi de inmediato. El primero era un Ekai Ala que Alonso había conseguido en la librería con su propio dinero, aunque había sido un poco caro. No le importaba el precio, de todos modos. Los Ekai Ala se imprimían sólo para sus dueños, por lo que todas las copias que se podían comprar eran de personas que ya habían muerto.
El segundo de los objetos era una pequeña cajita de madera con tapa y bisagra, con forma de cofre. Nina había llegado un día, especialmente largo, cargando la cajita para Alonso. Le dijo, extasiada, que unos soldados valientes se la arrebataron a peligrosos piratas en altamar, y que ahora sería un cofre del tesoro en donde Alonso podría guardar todos los botines que consiguiera en la plaza.
—Lo de los piratas es mentira —confesó Francis—, jamás he visto el mar. ¿Pero verdad que es bonita? La vi en un anticuario y creí que le gustaría a Nina. No sabía que te la iba a regalar tan pronto como te viera, ja, ja, ja.
—Lo siento. Se la puedo regresar a Nina si te sientes incómodo —le había dicho Alonso, aunque no quería. No porque le hubiese gustado el objeto; se sentía nervioso al saber que Nina se llenaba de regalos de Francis.
—Vas a hacerla llorar si rechazas algo que ella te dio. Considéralo un regalo de mi parte también —Francis le palmeó el hombro, y no se habló más del asunto.
Alonso abrió su cofre del tesoro. Tenía un montón de cintas regaladas, varias cartas de amor escritas a mano, una horquilla de piedras preciosas que una chica le había depositado en la mano antes de irse corriendo y otros pequeños y caros regalos que Alonso no se había atrevido a tocar demasiado por miedo a romperlos. Entre los objetos estaba la bolsita de dinero que un apurado cochero le dejó a los pies unos días atrás, cuando Ryloc lo vio actuar. Alonso tomó la bolsita, la abrió y miró su contenido, como cada mañana: tenía una pulsera de oro y un par de pendientes a juego, hechos con cristales en forma de lágrima, además de un puñado de monedas de oro y una pequeñísima notita escrita en un papel de calidad. Releyó la notita: “Desde los días en que el Sacro Emperador se enamoró de la reina Kasteria y cantaron odas en sus nombres, no he escuchado una voz tan preciosa. Este día has ganado mi afecto, pequeño bardo sin nombre. -Siempre tuya, J. L. B.”.
El muchacho volvió a guardar todo en la bolsita, cerró el cofre y se vistió, con las iniciales de J. L. B. en la mente. La señora de quien se había ganado el afecto debía ser una mujer de alcurnia de veinte o treinta años, como mínimo. Después de todo, la reina Kasteria se había casado con el emperador cuando Alonso ni siquiera había nacido.
—¡Los tirantes! ¡Alonso! ¡¿Me estás escuchando?! ¡Ya me vestí!
Alonso fijó la mirada en Nina. Su corazón dio un vuelco cuando la vio enojada con él porque no le ponía atención. Sonrió dulcemente. Nina, desconcertada, se dejó abrazar por el muchacho y que este le besara las mejillas, riendo.
—¡Eres mi ángel, Nina! —exclamó, dando vueltas con la niña en brazos.
Alonso sabía, tan bien como todos, que su vida dio un cambio drástico el día en que decidió extenderle la mano a esta pequeña.






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