8. El reto preliminar en el regimiento

8. El reto preliminar en el regimiento

Alonso se presentó a las nueve y media de la mañana en las puertas del regimiento, tan nervioso que un sudor frío le recorría la espalda y le mojaba las manos. Nina, en cambio, corrió hasta la oficina del portero y se colgó de la mesita que sobresalía de la ventanilla para estar a la altura de la cara del hombre.

—¡Buenos días, don Jerome!

—¡Hola, Nina! —exclamó el señor—. ¿Viniste sola hasta acá? El comandante no ha salido en toda la mañana.

—¡Vine con Alonso!

—¿Alonso?

—Buenos días, señor portero —saludó Alonso, acercándose.

Jerome se quedó de piedra por un momento al verlo. A diferencia de los soldados y Nina, que lo habían visto fortalecerse día con día, otras personas tenían la oportunidad de verlo nuevamente después de mucho tiempo. Tal era el caso de Jerome, porque miró boquiabierto al muchacho y sólo atinó a decir:

—¡Sólo ha pasado un mes!

—Oh… no creí que se acordaría de mí —mencionó Alonso, cohibido.

—¡Mira esos brazos, muchacho! Y si no me equivoco incluso te hiciste más alto. ¿Qué te dan de comer? Y ya tienes mejor semblante. Con la cara huesuda que traías no hubiera podido decir que eres tan bien parecido. Pasa chico, el comandante te está esperando.

Alonso se acercó a la puerta, pero notó que no había soldados para revisarlo. En cambio, Kasteria les dio la bienvenida a él y a la niña. Esto lo confundió, porque preguntó:

—¿No me van a revisar?

—¿Acaso quieres que meta mi mano en tus pantalones? No soy una pervertida, chico.

—¡No me refería a eso! —exclamó, cerrando por sí mismo la puerta exterior. Kasteria se rio de él, pero no hizo ningún comentario al respecto.

Él y Nina siguieron a Kasteria al interior del regimiento. Tan pronto como ingresaron, Nina salió corriendo como si ya conociera el lugar, e hizo oídos sordos a Alonso, que la llamaba con enojo.

—Ella sabe dónde está la oficina del comandante, no te preocupes… ¿Cómo te sientes? ¿Listo para barrer el suelo?

—Estoy casi seguro de que hoy mismo podré olvidarme de tomar el examen.

Kasteria se rio a mandíbula batiente, divertida, aunque poco tenía de graciosa la situación de Alonso. Le palmeó el hombro con calidez y le preguntó—: ¿Sabías que los nobles de la ciudad están comenzando a hablar del muchacho que se pone a cantar en las plazas, diciendo que quiere volverse soldado? —Alonso negó con la cabeza, sorprendido—. Pues ahora lo sabes. Incluso escribieron sobre ti en un pequeño artículo en un periódico extranjero. A ver, de acuerdo, no escribieron sobre ti, sino que te mencionaron de pasada. Algo así como “ahí tenemos el ejemplo de ese pequeño bardo sin nombre en las calles de Leize, que dice que quiere ser uno de los protectores del imperio”. Pero es lo mismo que escribir sobre ti, porque no hay otro “pequeño bardo sin nombre” cantando en las plazas de Leize. Así que, por favor, Alonso, deja de creer que si lo arruinas aquí tu vida estará acabada. ¿Entiendes? Tú mismo te abriste otra puerta con tus propias manos. Encontraste la llave sin que nadie te diera una sola pista. ¿Quién sabe? Puede que dentro de unos años el emperador o la emperatriz te oigan y te vuelvan un vocero del imperio.

Alonso recordó su secreta fantasía de andar en traje y zapatos lustrados por los pasillos del palacio del emperador. Sonrió por un instante. Y entonces, al escuchar estas interesantes noticias de Kasteria, se relajó por completo.

Era más alto, más ágil, más fuerte. Ahora sabía leer y escribir, y contar del 1 al 10 y sumar, restar y dividir. Sabía tocar la guitarra y la armónica, y Kasteria le mostraría esa semana su instrumento más preciado: un violín tricentenario que todavía podía emitir canciones. Las chicas le regalaban sus listones y sus horquillas e incluso había uno que otro muchacho que suspiraba por él, como ese soldado con su ramo de flores. Incluso si no tenía un oficio “digno” ante los ojos de la sociedad, Alonso sabía que se las podía arreglar un año. Después de todo, ya lo había hecho durante catorce.

Kasteria no lo llevó, como la primera vez que fue ahí, a la oficina del comandante. En cambio, se desviaron hacia la izquierda cuando estaban cerca del edificio administrativo. Doblaron hacia la derecha en un amplio pasillo entre este y otro edificio y, cuando llegaron al final, otro edificio los esperaba con las puertas abiertas, a veinte metros de ellos.

Kasteria y Alonso entraron al edificio. Era un amplio gimnasio rectangular, con tragaluces en lugar de techo. Las tres paredes frente a la entrada tenían gradas, llenas casi por entero de soldados. Alonso se sintió observado por los cuatrocientos pares de ojos, y el corazón le comenzó a martillear el pecho.

—Imagina que estás a punto de dar una función —le recomendó Kasteria, pero Alonso no la escuchó del todo. Estaba rígido y congelado en la entrada, intentando encontrar alguna cara conocida o apoyo entre los desconocidos—. Vamos al foro. El comandante va a observar desde ahí.

Alonso, mudo, siguió torpemente a Kasteria mientras los ojos lo seguían a él. Los soldados cuchicheaban entre ellos, pero era como si estuviesen hablando en otro idioma; Alonso no los comprendía en absoluto.

El foro del gimnasio estaba en la pared frente a la entrada. Este era flanqueado por dos puertas, pero Alonso no supo de momento a dónde iban a dar. Sin embargo, fue observado por todos y cada uno de los soldados mientras atravesaba los cien metros que medía el gimnasio.

Kasteria y Alonso se subieron al foro, desde donde se podía ver muy bien todo el gimnasio, desde las gradas hasta la pista. En el centro de esta había un ring hecho de suelo de esponja, con dos asistentes vestidos de azul, cuidándolo. Alonso sabía que estos chicos eran becarios de Arantes por lo que, si la suerte le sonreía, él también podría estar dentro de un año haciendo lo que ellos hacían ese día.

Conforme pasaban los minutos, los soldados dejaron de interesarse en Alonso, parado como un tonto, y comenzaron a platicar y a reír entre ellos. Todos parecían intimidantes y poderosos, pero la mayoría tenían una contextura similar a la de Luthiel o la de Francis.

No obstante, apenas dieron las diez en punto, Nina entró al gimnasio de la mano de Francis. Platicaba animadamente con él y, mientras subía las escaleras para conseguirse un asiento en las gradas, no se dio cuenta de que su hermano estaba como un estúpido en el foro.

Detrás de ellos entró Luthiel, con unos papeles en las manos. Luego Ryloc, quien cerró la puerta y se dirigió al foro. Cuando lo vieron, los soldados hicieron un silencio absoluto, y esta vez fue Ryloc el que concentró las cuatrocientas miradas mientras se encaminaba al fondo. Alonso lo vio caminar con soltura sobre sus enormes botas, con la barbilla altiva y los gruesos brazos balanceándose a sus lados. Pisaba con paso marcial, encajando los talones en el piso, completamente erguido.

Su mirada acerada se fijó en Alonso, luego en Kasteria, luego en los alrededores. Se detuvo de golpe al detectar algo, y llamó con voz potente—: ¡Jarry!

—¡Sí, señor!

—¡Luthiel te dijo anoche que era tu turno de limpiar el gimnasio!

—¡No lo…!

—¡Y con un demonio que no lo iba a decir! ¡Estamos hablando de Luthiel Simon Geert! ¡Quinientas sentadillas en tu lugar, imbécil! ¡Y será mejor que te subas a tu asiento para que pueda verte! ¡Casey!

—¡Señor! —respondió el soldado al costado de Jarry.

—¡Te encargas de contar! ¡Si lo ayudas serán el doble y todos las harán!

—¡Como ordene señor!

Terminado este intercambio, el soldado llamado Jarry se subió a su asiento y comenzó a contar “Uno, dos, tres…”, mientras sus compañeros se burlaban de él. Ryloc reemprendió su camino hacia el foro. Cuando llegó y se paró de cara a los soldados, el único sonido en el gimnasio era el de Jarry haciendo sentadillas.

—Hoy, 12 de noviembre del año en curso, yo, comandante sir William Dimo Ryloc, he convocado en pleno al noventa por ciento de la plantilla que conforma el octavo regimiento militar del sacro imperio de Zadur. ¿Lo tienes? —preguntó, dirigiéndose a Luthiel.

—Siéntase cómodo de hablar a su propio ritmo, señor.

—Perfecto. El motivo —volvió a subir la voz para dirigirse a sus subordinados— es poner a prueba a este alfeñique que tiembla como pollo mojado para…

—No puedo poner eso en el informe, señor —lo interrumpió Luthiel.

—Oh —Ryloc pareció sorprendido por un momento—. Bueno, preséntate tú mismo, alfeñique. ¿Tu nombre?

—¡Ah! A-Al-Alonso —tartamudeó.

—Preséntate con los soldados, hombre.

—Sssoy Al… onso…

—¡Espabílate, chico! —le ordenó Ryloc, soltándole un manotazo en la espalda.

Alonso carraspeó, nervioso. Entonces captó lo que había querido decir Kasteria con imaginarse en una función. Él estaba en un foro, y su audiencia lo observaba. La única enorme diferencia era que el público eran aguerridos e intimidantes soldados, y eran siete u ocho veces más que su público normal.

Sin gritar, sino modulando su voz, el muchacho hizo una breve reverencia y les dijo—: Yo soy Alonso, antiguo cachorro de un taller de pintura. Quiero ser soldado porque sir Puño de Hierro dejó una profunda impresión en mí.

Su voz, diáfana y alta, alcanzó cada rincón del gimnasio como si tuviera en las manos un amplificador de sonido. Algunos soldados quedaron impresionados al saber que este chiquillo podía hablar de esa forma, con palabras claras y bien pronunciadas.

—¡Bien! —intervino Ryloc de nuevo—. Este chico está aquí para retarlos en peleas a manos desnudas. Tres peleas por día, por siete días. Debe ganar dos de tres peleas para tener derecho a venir al día siguiente. Él será quien escoja a sus contrincantes. Todos son elegibles. Excepto tú, Jarry, maldito bastardo. ¡Hagamos esto más interesante, muchachos! Cualquiera que logre derribar o sacar del ring a este alfeñique ganará una semana extra de vacaciones y mil monedas de oro de mi propio bolsillo.

Los soldados ovacionaron a Ryloc, felices. Sólo un máximo de veintiún soldados tendría la fortuna de ganarse esa recompensa de manos del comandante, pero todos dudaban que Alonso fuese a pasar del primer día de peleas. El mismo Alonso pensaba lo mismo.

¡Lo que sea! Ya estaba ahí. No saldría corriendo con la cola entre las patas.

—Con esto dicho… —dijo Ryloc, tomando de los hombros a Alonso—. Adelante, escoge. ¿Quién será tu primer adversario, alfeñique?

Alonso tragó saliva, asustado de nuevo. Señaló tímidamente a un chico al que le sacaba una cabeza de altura. Era flaco, de cara blanca y ojos rasgados.

El soldado se quitó la casaca y el cinturón del uniforme, bajó de las gradas mientras se arremangaba las mangas de la camisa y se quitó las botas cuando estuvo junto al cuadrilátero. Todo el momento mantuvo una sonrisa de suficiencia en la cara.

—Vamos, Alonso —le dijo Kasteria—. Quítate el cinturón, muerde esto, acomódalo bien en tu boca si no quieres perder un diente, es mejor que te quites la camisa si no quieres arruinarla. Tus botas. ¿Llevas monedas o llaves en tus bolsillos? Dámelas.

—¿Qué tengo que hacer?

—Derribar o sacar a Wisy del cuadrilátero.

Alonso entró al cuadrilátero, descalzo y sin más protección que la boquilla de goma que Kasteria le proporcionó. Uno de los becarios se posicionó entre él y Wisy y comprobó que ninguno de los dos tuviera armas ocultas u objetos contundentes. Cuando ambos pasaron su revisión, el becario dijo:

—Dense la mano. Bien. Tienen un minuto para derribar o expulsar a su contrincante. Si después de sesenta segundos la pelea sigue, declararemos ganador a quien se encuentre en mejores condiciones. ¿Comprendieron? Bien. El cronómetro, Alis.

—Ya.

—¿Listos? —preguntó el becario. No. Alonso no estaba listo, pero no le quedaba más que asentir junto a Wisy—. ¡Comiencen!

Wisy, tan pronto como el becario se quitó de en medio, corrió hacia Alonso. Tomó impulso, saltó, lo golpeó con las piernas juntas en la boca del estómago y Alonso salió disparado de su lugar, con los pies a dos centímetros del suelo. Se desplomó boca arriba con un fuerte golpe, y los soldados comenzaron a aplaudir a Wisy de pie.

—¡El soldado gana! —anunció el becario, aunque era bastante obvio.

Wisy se puso las botas y regresó a su lugar sin siquiera mirar a Alonso. Este, en cambio, se levantó tan pronto como tocó el suelo y se quitó la camisa, ahora sucia. Maldijo a Jarry por no limpiar el gimnasio. Este, exhausto, continuaba con sus sentadillas. “Ciento setenta y dos, ciento setenta y tres, huf, huf, ciento setenta y cuatro…”.

Algunos soldados se sorprendieron al ver que Alonso se levantaba casi de inmediato. Suponían que el muchacho se quedaría tirado, muerto de vergüenza.

—¿Quieres descansar un poco? —le preguntó Kasteria, preocupada.

—¿De qué estás hablando? No han pasado ni diez segundos —comentó Alonso.

Se sintió un poco desanimado ante sus propias palabras. No había estado durante diez segundos de pie y un soldado más pequeño que él ya lo había mandado a volar. Si así iban a ser todas las peleas, prefería no pensar mucho en la contextura de su contrincante y pelear contra cualquiera que le saltara a la vista.

Alonso volvió al cuadrilátero, sobándose el estómago. Se tapó los ojos con la mano izquierda, extendió la derecha con el dedo índice apuntando a las gradas e hizo un movimiento cualquiera antes de señalar a un tipo cualquiera.

—Él será el segundo.

El sujeto en cuestión era más alto que Alonso, y también más ancho. Este, en lugar de bajar las escaleras de las gradas, saltó entre sus compañeros mientras se quitaba la casaca, el cinturón y las botas. Tenía una sonrisa exultante, producto de la confianza que le dio ver a Wisy ganando al cachorro en menos de diez segundos.

Los soldados lo comenzaron a vitorear. ¡Brieto, Brieto!, gritaban, aplaudiendo. Brieto alzó los brazos para recibir los aplausos. Se puso frente a Alonso y cuando este le ofreció la mano, Brieto lo manoteó, arrogante, mientras adoptaba una postura de pelea. El becario gritó “¡Comiencen!”.

Alonso, que reconoció la postura de Brieto de una de las múltiples que Francis le había mostrado, vio con sorpresa que el soldado hizo movimientos puramente de manual. Patada derecha, patada izquierda, gancho a la barbilla. Alonso se movió rápidamente al adivinar sus movimientos: se deslizó a la izquierda, luego a la derecha y, cuando Brieto descuidó su guardia para tirar el gancho, Alonso golpeó su muslo interior derecho con el pie derecho.

Brieto tembló sobre sus piernas con un gancho fallido, y eso fue todo lo que Alonso necesitó. Con la pierna derecha todavía flexionada, Alonso tomó impulso, tiró una patada de látigo en el torso de Brieto, escaló sobre sus brazos, se sentó en sus hombros, rodeó su cuello con los brazos, hizo perder el equilibrio al hombre y, antes de que cayera sobre su espalda, Alonso se subió a su pecho y evitó tocar el ring. Que Brieto fuera ancho le fue bastante útil en ese caso.

—¡Gana Alonso!

—¡Sí! —Exclamó Nina desde su lugar, la única que aplaudió el resultado.

Brieto, terriblemente molesto, empujó a Alonso para quitárselo de encima y regresó a su lugar. En lugar de abrirse paso entre sus compañeros, fue cabizbajo hasta las escaleras, donde Nina aprovechó para sacarle la lengua. Francis se tapó la boca para que no lo vieran reír.

Alonso, sorprendido por su propia destreza, se dio cuenta de que no tenía que seguir al pie de la letra las reglas de combate. En un combate mano a mano reglamentado era imposible despegar ambos pies del suelo, como Wisy lo había hecho, o como él mismo al subirse encima de su contrincante. Así pues, Alonso estaba seguro de que podría usar cualquier táctica a su alcance para despistar a sus enemigos y hacerlos caer.

Se revisó minuciosamente, pero sólo le dolía un poco el golpe de Wisy. Suspiró, esperó unos segundos y volvió a escoger a un contrincante cualquiera con los ojos cerrados. Este nuevo hombre, un tipo que era más grande y ancho que Brieto, recibió la bendición de sus compañeros mientras se quitaba la casaca para ir al encuentro contra Alonso.

—¡Acábalo por Brieto, Itsuki! —le gritaban.

Itsuki fue menos altanero que Brieto, pero mostró la misma superioridad que Wisy. Estaba seguro de sus talentos, así que probablemente sería él quien ganara este combate. Alonso estaba de acuerdo. Por lo menos había podido derribar a un soldado con años de experiencia, lo que no estaba del todo mal.

Tan pronto como el becario gritó “¡Comiencen!”, Itsuki alargó un poderoso brazo y le dio una bofetada a Alonso con la mano abierta para descolocarlo. Un segundo después usó la misma mano para golpearlo entre las costillas y el estómago.

Alonso sintió que el aire se le iba de los pulmones, pero se aferró a la manaza del hombre. Este lo levantó un metro del suelo y golpeó su costado derecho con la otra mano. Alonso gimió por el dolor, pero aprovechó para patear el torso de Itsuki. El hombre ni siquiera se dio por enterado.

Itsuki golpeó dos, tres, cuatro veces a Alonso en el abdomen, luego le rompió la camiseta y lo golpeó una vez más en la cara. La boquilla salió expulsada de su boca, junto a un molar ensangrentado.

—¡Aaah, esho duele, imbéshil! —gritó Alonso con voz pastosa.

Con un diente menos, Alonso ni siquiera recordó las zonas prohibidas en un combate reglamentado. Tomó impulso, golpeó la entrepierna de Itsuki con la espinilla y, cuando el hombre aulló de dolor, Alonso lo tomó de los hombros y le dio un cabezazo en la cara. Itsuki lo soltó.

Alonso cayó sobre sus dos piernas, temblequeando, y cargó contra Itsuki sin pensarlo demasiado. Metió un pie detrás de los pies del hombre, y este cayó pesadamente encima de la esponja, con la nariz ensangrentada y todavía quejándose por el dolor en la entrepierna.

—¡Gana Alonso! —exclamó el becario, impresionado. El molar de Alonso había caído a cinco centímetros de sus pies.

Cuando Alonso escuchó el resultado cayó de rodillas, sosteniéndose el estómago. Vomitó el desayuno sobre sus piernas y se volvió a quejar del dolor.

Entonces supo que la puerta a la derecha del foro daba a una enfermería. Lo supo porque cinco soldados corrieron a auxiliarlos y los llevaron adentro, donde un fuerte olor a desinfectante se concentraba en el ambiente.

—Hombre, qué vergüenza, no me habían hecho sangrar desde la academia —se quejó Itsuki—. Tienes madera, muchacho. Espero que no te hayas asustado después de vomitar así, ¡ja, ja, ja!

—¿Cuántosh añosh tiene como sholdado? —preguntó Alonso, con un sabor a mierda en la boca por el vómito y la sangre.

—En diciembre cumpliré veinticuatro años.

Alonso sonrió con descaro.

Bueno, perder un diente no había sido tan malo.

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