9. Un nombre de familia

9. Un nombre de familia

Con la seguridad de que podía vencer a los soldados en combates a manos desnudas, Alonso continuó yendo cada día al regimiento, siempre con la pequeña Nina de la mano. Durante la mañana, nervioso y decidido, Alonso escogía sus combates con los ojos cerrados, esperando que no le tocaran soldados difíciles.

Durante la tarde, golpeado y exhausto, Alonso debía descansar, aunque quisiera ir a las plazas a recitar poesía o cantar canciones para subirse los ánimos. Esto era porque, si bien sólo se usaban puños y patadas al golpear, los soldados no eran los únicos que salían mal parados de aquellos encuentros. El mismo Alonso ya había perdido otro diente, tenía un chichón en la cabeza, hematomas por todas partes e incluso se había roto un dedo. Después de todo, peleaba contra soldados que tenían años de experiencia.

De todos modos, el conteo era de no creer. El martes, decididos a humillar al muchacho, los soldados contrataron a un periodista y a su asistente fotógrafo para que publicaran en un periódico local los encuentros. No obstante, las cosas no salieron como esperaban: Alonso ganó los tres encuentros.

Para el miércoles el periódico ya estaba organizando apuestas. ¿Quién ganará? ¿El cachorro de Leize o los soldados del octavo regimiento? Alonso ganó los primeros dos, pero para el tercero ya estaba tan exhausto que lo perdió. Incluso así, los apostadores a lo largo y ancho de Leize se emocionaron con las noticias.

El jueves por fin ocurrió lo esperado. Alonso ganó el primer combate a pesar de su nariz sangrante, pero un segundo golpe fue demasiado: durante su segundo encuentro, apenas recibió un derechazo en la cara, Alonso se desplomó cuan largo era en el suelo. Sólo alcanzó a escuchar su nombre de la boca de Nina, quien bajó corriendo las gradas.

Cuando recuperó el conocimiento, Alonso estaba en una de las camas de la enfermería, con Nina abrazada a él. Al parecer se había quedado dormida llorando. Francis, el único que estaba con ellos, le ofreció un vaso de agua a Alonso para que se enjuagara la boca.

—Pensó que te habías muerto y lloró durante veinte minutos —explicó Francis.

—Bueno, si muriera por dos puñetazos en la cara sería un debilucho con mala suerte —argumentó Alonso—. Vamos. Me falta una pelea.

—¿Vas a salir con esa cara?

—Siempre he sido feo —se encogió de hombros.

Se levantó lentamente de la cama, pero Nina no daba señales de despertar. Alonso, preocupado, no quería dejarla sola en ese lugar. Pensó en Francis por un momento, pero se rectificó de inmediato. No quería dejarla con él tampoco.

—Despierta, fea, ya es hora de cenar —anunció Alonso.

—¿Cenar? —preguntó Nina, adormilada.

Alonso y Francis rieron.

—Llévala a las gradas, por favor —pidió el muchacho.

Vio a Nina salir animadamente de la enfermería con Francis. Un alboroto nació en el lugar. Alonso, que apenas se enjuagó la cara con agua fría y verificó el resto de su cuerpo, salió detrás de Francis y Nina unos segundos después.

Esta vez se protegería la cara, pero no lo suficiente. Había aprendido que, si se ponía a la defensiva después de recibir golpes fuertes en ciertas áreas, los soldados aprovechaban sus puntos débiles o sus guardias mal hechas para atacar con fuerza. Así pues, prefería hacer fintas y engañar a su contrincante, haciéndole ver que quería defender su cara cuando no era así.

La estrategia, desde luego, funcionó. Su contrincante número tres levantó la pierna izquierda para impactar el torso de Alonso. Este, consciente de lo que el soldado iba a hacer, subió la rodilla, bloqueó la patada, dejó caer el pie hacia adelante, detrás del talón que sostenía al hombre y lo empujó. Cayó de sentón.

—¡Gana Alonso!

Nina, Francis, algunos periodistas y también algunos soldados, celebraron. Si bien el lunes Alonso había recibido bastantes miradas pesadas y había sido menospreciado por casi todos los soldados, ahora no cabía duda de que recibía el apoyo de muchos.

El viernes, de nuevo, consiguió una racha de tres victorias. Sin embargo, consiguió romperse el dedo meñique de la mano izquierda porque el soldado le dio un rodillazo que no alcanzó a llegar a su cuerpo, sino que chocó con su puño. Alonso, inmune al dolor en medio de la adrenalina, regresó el puño a su cuerpo y tiró con el otro. El soldado, distraído con el extraño sonido que había emitido el dedo de Alonso, cayó desmayado cuando un puño impactó en su cara.

—¡Gana Alonso! —gritó otro becario, que no era el mismo que el del lunes. Probablemente cambiaban de lugar cada cierto tiempo.

Segundos después, Alonso vio la extraña posición en la que estaba su dedo. Gritó de miedo, luego un ramalazo de dolor lo invadió. Se había roto un hueso por primera vez en su vida, aunque en el futuro esto le parecería un poco estúpido.

Con un dedo roto, sin dos dientes y la nariz reventada, todo mundo pensaba que Alonso abandonaría. Sin embargo, no podían estar más equivocados. El muchacho sólo necesitaba ganar cuatro combates más para tener derecho a presentar el examen de admisión a la academia. Había hecho de este su requisito preliminar, más que una condición que Ryloc le hubiera puesto.

Ya había vencido en doce peleas en los últimos cinco días, ¿de verdad creían que se rendiría a esas alturas?

Cuando llegó a casa, Alonso sacó cinco monedas de oro del saquito de dinero que J. L. B. le había dado. Corrió a la catedral, se dirigió a los aposentos de los sanadores mágicos y pagó por una “recuperación completa”. Los sanadores, diferentes de los médicos que se podían encontrar en enfermerías y hospitales, eran gente con conocimientos mágicos y médicos que aplicaban magia espaciotemporal a pequeña escala. Se enfocaban en áreas pequeñas del cuerpo e imprimían rapidez en la sanación natural de las heridas.

Así pues, Alonso vio cómo su dedo se desinflamaba y se enderezaba. Su nariz, que la sentía como una enorme bola en medio de la cara, se curó. También el chichón en su frente, del que tanto se había burlado Nina porque se parecía a la cicatriz que ella ostentaba orgullosa.

Además, usó las últimas dos monedas de oro para hacerse crecer el diente frontal que había perdido. No le hubiera dado importancia de no ser porque las señoras le daban más dinero cuando sonreía mientras les cantaba. Sin embargo, la experiencia no fue placentera: en lugar de sentir como que algo salía y se acomodaba entre sus dientes, lo que sintió fue un agudo y estridente dolor, como si unas pinzas se encajaran en el hueco de las encías y sacaran algo a la fuerza.

Un sanador le mostró su cara en un espejo de mano. Había recuperado el diente y su nariz estaba de tamaño normal, pero tenía los ojos hinchados de tanto llorar por el dolor. Qué se le iba a hacer.

—Gresson apostó las siguientes tres peleas por usted, Alonso —le informó el sanador, con una sonrisa emocionada.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó el muchacho. Estaba considerando con seriedad correr a su casa para comprarse el otro diente faltante, aunque lo estaba considerando demasiado; no quería volver a sufrir el mismo dolor.

—Todos los periódicos en Leize están hablando de usted. Dicen que es un cachorro que reta por las mañanas a los soldados y por las tardes canta en las plazas. Aunque ya no se le ha visto cantar. Supongo que sin un diente no puede seducir a las damas.

—Justo eso estaba pensando cuando pagué mis dos monedas de oro —confesó Alonso—. Bueno, dígale a Gresson que intentaré ganar.

Recuperado de sus heridas mayores, Alonso acudió el sábado al regimiento. Fue un buen día, aunque perdió el último combate. Los golpes no fueron tan dolorosos, se sentía más ágil y decidido, y sintió la esperanza, por fin, nacer en su pecho.

No se había permitido en todo el mes, ni siquiera en toda la semana, ilusionarse por la fecha venidera. Pero, si ganaba al menos dos combates de los tres que quedaban, Alonso podría presentarse al examen de admisión.

Aquello se fijó en su mente durante el resto del sábado. Podré ir a clases, tener amigos, vivir por una meta, pensaba. Sólo dos combates más. Sólo dos más… Ya se las arreglaría en el examen, estaba seguro.

 El domingo despertó y el cielo estaba despejado. Hizo el desayuno para Nina, pero no para él. Su ansia se acrecentó con la noche, como si su cuerpo previera lo que Alonso no era capaz de aceptar.

Superficialmente, se veía tan calmado, fresco y confiado que los periodistas pensaron que este sería un nuevo día de victorias para el chico. Se quitó las botas, el cinto, los tirantes y la camisa. Se quedó en camiseta y pantalón. Entonces gritó:

—¡Quiero pelear contra los tres allegados de Sir Puño de Hierro!

Ryloc, sorprendido, llamó—: ¡Capitana Olcina!

Kasteria se sorprendió al escuchar su apellido. Bien, si eso era lo que Alonso quería. La mujer bajó del foro y se dirigió a paso firme hacia el cuadrilátero. Mientras se desabrochaba la casaca y se la quitaba, llegó hasta Alonso y se paró junto a él.

Nunca le pareció, ni le volvería a parecer tan alta como en ese momento. Si se peinara, Alonso sería casi una cabeza más bajo que Kasteria, pero el muchacho siempre andaba por ahí con ese cabello alborotado y largo. Desde su altura, la mujer lo vio como lo que realmente era: un chico de casi quince años con un gran sueño por delante.

No obstante, Kasteria Olcina no llegó hasta su posición compadeciéndose de cachorros con sueños. Cuando nació, Zadur todavía era un lugar nefasto para las mujeres, por ende, también para ella. Sus padres, que huían constantemente de la guerra que devastaba todo a lo largo y ancho del continente, no le pusieron nombre durante su primer año de vida, ni durante el segundo, ni el tercero o cuarto o quinto.

Fue hasta que cumplió seis años, cuando la tercera reina aceptó casarse con el sacro emperador y los zaduríes convirtieron su boda en fiesta nacional. Ernest y Mass Olcina salieron como de un ensueño. Vieron la celebración en la calle y alrededor de las plazas y para ellos fue como si se acabaran los oscuros años de la guerra. Mass escuchó un “¡Salve la reina Kasteria!” en boca de todos, entonces decidió correr al registro civil para ponerle Kasteria Mass Olcina a su pequeña.

Desde entonces, Kasteria decidió que trataría de honrar su nombre con lo mejor que tuviera. Una de sus promesas a lo largo de los años era, por supuesto, nunca perder ante un hombre. Y aunque Alonso no era todavía un hombre, el asunto no cambiaba mucho.

Se quitó las botas y la camisa, revelando un busto en el que Alonso fijó su atención por un momento. Sí, él ya era un hombre. Por eso, Kasteria no se sentiría demasiado mal. También podía ser un bardo durante un año. Se le daba muy bien.

El becario gritó “¡Comiencen!”. Alonso se abalanzó sobre Kasteria para dar el primer golpe, pero lo erró. Ella esquivó dos, tres, cuatro puñetazos. Una patada, dos patadas, se alejó. Alonso se acercó. Sonrió cuando pensó que la tenía acorralada en la orilla del cuadrilátero. Cargó contra ella. Kasteria lo esquivó una vez más, se giró hacia su espalda y lo empujó con una patada.

Alonso cayó a cuatro patas, con los pies dos centímetros fuera del cuadrilátero.

—¡Gana la capitana! —anunció el becario.

—Velo por el lado bueno —le dijo Kasteria. No pretendía burlarse o presumir, aunque Alonso lo vio así—. Tendrás un año para mejorar tus habilidades.

Eso estaba por verse.

Alonso respiró hondo mientras Kasteria se retiraba del cuadrilátero, con los soldados aplaudiendo su victoria. Ahora que estaba en posición de capitana, rara vez la veían actuar, puesto que no era común ver a los jefes trabajando en campo. Por supuesto, Ryloc Puño de Hierro era la excepción a la regla.

—¡Teniente Francis Breil! —anunció el comandante.

Francis era el maestro de Alonso. Él era quien le había enseñado a ejercitarse, practicar y aprender esgrima y artes marciales. Le mostró cada posición, cada finta, cada golpe. De no ser por él, Alonso seguiría siendo un debilucho que no podría ni cargar a su hermana cien metros sin sentirse cansado.

Así que, mientras se preparaba para la pelea, Alonso se sintió derrotado. ¿Cómo podría ganarle a quien se lo había enseñado todo? Debió ser menos codicioso y seguir escogiendo soldados al azar hasta el final.

Si Francis le ganaba esta pelea… Si Francis ganaba…

—Dense la mano —ordenó el becario.

Francis y Alonso se saludaron formalmente. Fue la única vez en la vida que lo hicieron. Se miraron el uno al otro. Alonso vio en los ojos de Francis un fuego que no estaba ahí un segundo antes.

—¿Listos? ¡Comiencen!

Francis fue rápido y poderoso. Golpeó a Alonso una, dos, tres veces, antes de que el muchacho se tambaleara y estuviera a punto de caer de sentón. Se agarró de la mano de Francis y lo jaló hacia sí mismo. Levantó rápidamente la pierna y con la planta del pie impactó en el estómago de Francis, luego cargó contra él y chocó su coronilla contra la cara del soldado.

Francis gimió de dolor, pero se mantuvo firme. Logró tirar un derechazo contra Alonso, pero este se lo regresó. Otro, otro puñetazo, luego una patada, luego una finta, luego esquivar. Si bien era su maestro, también tenía debilidades, porque tontamente había enseñado a Alonso todo lo que sabía sobre pelear sin armas.

Después de todo, aunque le enseñaba con espadas de madera, Alonso decía que era estúpido blandir palos como idiotas. ¿Por qué era estúpido? Todo mundo aprendía esgrima desde lo básico. Pero Alonso siempre desesperaba, impaciente. Le gustaba avanzar a pasos agigantados sin equivocarse. A veces lo lograba, pero casi siempre fallaba por querer hacer más en menos tiempo.

Alonso golpeó a Francis duro, en la cara, en el pecho, en el estómago. Sintió satisfacción cuando un área roja se formó en el brazo de Francis, donde Alonso golpeó. Puño, patada, patada, puño, puño, puño. Intentaba desestabilizarlo para que cayera, o llevarlo a empellones hasta la orilla del cuadrilátero, pero Francis era inamovible y regresaba los golpes con la misma potencia.

—¡Ya no le pegues! —gritó Nina.

La mirada de Francis se desvió por un segundo, y eso fue todo. Alonso aprovechó la brecha. Saltó hacia Francis, golpeó su cara con el pie y Francis cayó de lado, rebotando en el cuadrilátero.

—¡Gana Alonso!

Alonso se dejó caer en el cuadrilátero cuando escuchó el anuncio, acabado.

Segundos después, tuvo a Nina a un lado, quien le tiró una patada en las costillas. Alonso se dobló sobre sí mismo, adolorido, mientras la niña daba otra patada a Francis, molesta.

—¡Los amigos no pelean! ¡Tontos! ¡Idiotas!

—Es parte de los combates para… —intentó argumentar Francis, sobándose el estómago, pero Nina comenzó a llorar a lágrima viva en ese momento.

Luthiel, si bien no tenía mucha experiencia tratando con niños pequeños, acudió de inmediato para tranquilizar a Nina. Llevaba con él un pequeño oso de tela que hace mucho quería darle a la niña, pero por una u otra razón seguía olvidándolo, así que Nina se calmó sobremanera al ver el juguete.

—Es para ti —reveló Luthiel—. Pero si me acompañas a comer una porción de helado.

—¡Sí! —aceptó Nina.

Luthiel le dio el oso y la tomó de la mano para llevarla fuera del gimnasio.

Tan pronto como la niña se fue, los soldados comenzaron a abuchear y a vitorear a partes iguales. Unos celebraban la victoria de Alonso, otros estaban decepcionados de que Francis hubiese perdido contra su alumno. No obstante, el ruido fue haciéndose cada vez más estridente a cada segundo que pasaba, porque los soldados se dieron cuenta de que Luthiel había salido corriendo.

—¡Ese maldito secretario! —gritó uno de los soldados. Alonso lo reconoció: era Jarry, el idiota que se saltaba los deberes—. ¡Huyó de la pelea!

Alonso, visiblemente preocupado, se preguntó si ganaría en automático, ya que su contrincante no estaba. Sin embargo, era obvio que no tendría tanta suerte. Lo supo tan rápido como Ryloc gritó—: ¡Comandante William Ryloc! —y un silencio sepulcral se hizo en el gimnasio.

Apenas se recuperó de la golpiza de Francis y la patada de Nina, Alonso se paró en el centro del cuadrilátero, junto al becario. Francis, todavía sobándose el estómago, se apartó, pero no se marchó del todo. Alonso no comprendió porqué se quedaba, o al menos no lo entendió al principio.

Ryloc se paró frente a él. Era más grande y alto que todos los soldados contra los que Alonso había peleado. Sus manos eran pesadas, sus pies del doble de tamaño que unos pies normales. Sus brazos y piernas eran gruesos, también su cuello. Tenía un pecho fornido y abdomen ancho.

Sólo entonces, Alonso se dio cuenta de que Ryloc no llevaba armas. Ni pistola, ni espada. Ni un triste cuchillo. Y con esa misma confianza se paró ante Alonso sin quitarse más que la casaca, que lanzó de un movimiento hasta los brazos de Francis.

—Dense la mano —ordenó el becario, tan intimidado como Alonso se sentía.

Alonso sintió una extraña electricidad subir desde su mano, su brazo, hasta sus entrañas. ¿Qué era ese sentimiento de reconocimiento y anticipación?

—¿Listos? ¡Comiencen!

Alonso se quedó en posición de pelea, y vio la mano de Ryloc descender hacia él. Cinco dedos se apretaron en su cabeza y lo alzaron del cuadrilátero. Alonso gritó, intentando asirse al brazo de Ryloc, pataleando.

El hombre caminó tranquilamente hacia la orilla del cuadrilátero, se quitó las manos de Alonso del brazo y lo lanzó como si fuera un balón. Él surcó el aire en un arco perfecto y cayó de espaldas sobre una colchoneta que, estaba seguro, no estaba ahí segundos antes.

—¿Qué esperas? —cuestionó Ryloc al becario.

El chico, estupefacto y con la mirada fija en Alonso, tartamudeó—: ¡Ga-gana… el comandante!

El encuentro terminó.

Los periodistas se marcharon. Los soldados comenzaron a desfilar por la entrada. Los becarios, Kasteria y Ryloc. Todos se marcharon. Nadie se atrevió a acercarse a Alonso, quien permaneció completamente inmóvil encima de la colchoneta, mirando al techo del gimnasio.

Cuando al fin se incorporó, con el cuerpo dolorido, Alonso se dio cuenta de que estaba atardeciendo. Bueno, qué importaba. Ese día no necesitaba entrenar, o estudiar, o cantar. Ese día podría darse por perdido y no importaría.

Con los músculos gritando de dolor, Alonso arrastró la colchoneta hasta alinearla con las demás y salió caminando del gimnasio. ¿Dónde estaba Nina? Deberían irse cuanto antes. Ahora que lo pensaba, tal vez Luthiel se hubiese llevado a Nina hace horas.

—¡Eh, cachorro! —le habló uno de los soldados. Era uno de los tipos que lo habían vencido—. El comandante te espera en su oficina. Dice que no vas a salir del regimiento si no vas con él.

—Gracias —murmuró Alonso.

Cabizbajo, se dirigió a la oficina de Ryloc. Este hombre debía conocerlo muy bien, porque de lo contrario, ¿cómo sabía que Alonso pensaba marcharse para siempre del regimiento, como la primera vez que fue hasta ahí?

Alonso tocó dos veces en la puerta de Ryloc y entró cuando escuchó un firme “Pase”. Ryloc lo observó desde su lugar en la ventana.

Contrario a lo que pensaba, Alonso no vio a ninguno de los tres que siempre acompañaban a Ryloc de un lado a otro, lo que era bastante raro. Alonso suponía que Ryloc quería regañarlo sin público. Bueno, ya estaba ahí.

—Siéntate, alfeñique. ¿Cómo te sientes?

Alonso no se sentó. Tan pronto como escuchó la pregunta, algo se sacudió en su pecho. Comenzó a llorar. Nina tenía razón: él era un bebé llorón.

—¿Qué va mal? ¿Te dolió la caída? —preguntó Ryloc, nervioso. Se acercó de inmediato a Alonso, solícito.

Alonso, desbordado de sentimientos, comenzó a balbucear algo, pero Ryloc no lo comprendía del todo. Tuvo que escucharlo varias veces, esperar a que Alonso se calmara lo suficiente para poder hilar palabras y entonces comenzó a reír a mandíbula batiente. Recibió una mirada de furia de parte del muchacho.

—¿Quién no te dejará presentar el examen? ¿Yo? ¿Después de ver tu potencial? —Y siguió riendo a carcajadas.

—Pero el trato… —dijo Alonso entre sollozos, sin aire.

—¡Era obvio que no me ganarías! ¡Soy el comandante, ja, ja, ja! De hecho, me habría dado bastante miedo si perdía contra ti. Pero alégrate, Alonso —le dijo.

Alonso levantó la mirada cuando lo escuchó llamarlo por su nombre por primera vez. No alfeñique, ni idiota, ni chico. Vio que Ryloc casi bailaba de felicidad. Y esta felicidad empapaba la oficina entera, como un perfume suave y delicioso.

—Cada regimiento tiene una tabla de posiciones y está en una tabla anual de clasificaciones —comenzó a explicar, emocionado—. El año pasado, el octavo regimiento se colocó en el lugar número cinco de los veinte regimientos de vanguardia. Y más de la mitad de nuestros soldados clasificaron entre los primeros mil de todo el cuerpo militar de Zadur. Tú peleaste contra algunos de ellos y los venciste. Sí, perdiste contra Kasteria, pero Francis, el mejor del octavo regimiento, perdió contra ti. 

Alonso asimiló esta información por unos instantes.

—Así que toma —le dijo Ryloc, ofreciéndole un sobre cerrado—. Mañana tienes que presentarte en Arantes a las siete de la mañana sólo con este sobre. Te formas en la fila de varones y le das el sobre a quien esté anotando en las listas. Él o ella sabrá qué hacer.

El muchacho tomó el sobre. Leyó primero el destinatario: “Señor/a quien se encarga de la inscripción”. Luego el remitente, en letras más pequeñas: “Sir William Dimo Ryloc, padre de Alonso William Ryloc”. 

Alonso abrió la boca. Volvió a mirar a Ryloc. Este volvió a sonreír.

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